La lluvia por fin comenzó a caer. No de golpe, sino como un suspiro largo del cielo. Cora sostenía una taza de café caliente entre las manos, sentada al lado de su madre. Claudia la observaba como si aún fuera aquella niña que temía las tormentas, y en cierto modo... lo seguía siendo.
—Yo no sabía nada —susurró Cora, la voz apenas un hilo—. Todo este tiempo... y no sabía de los Lamorte, ni de lo que hiciste por nosotros, papá.
Daniel suspiró y asintió, con los ojos húmedos.
—No podías saberlo. Te queríamos lejos de todo. Vos tenías que vivir sin mirar sobre el hombro. Y lo lograste... hasta ahora.
Tadeo estaba sentado en el rincón opuesto del comedor, con el rostro aún amoratado, las manos temblorosas. Paula se mantenía cerca, atenta a cada gesto. Su mirada no buscaba aprobación, solo comprensión.
—Yo les fallé —dijo Paula al fin, con un hilo de culpa—. Lo sabía. Sabía lo de Nicolás, lo que podía hacer. Nunca pensé que llegaría tan lejos. Nunca pensé que te buscaría, Cora. Y mucho menos que usaría a Tadeo así.
Cora la miró sin odio, solo con un cansancio que dolía en los huesos.
—¿Sos familia de él?
Paula bajó la cabeza.
—Prima. Mi mamá es hermana de la suya. Pero nunca fui como ellos. Siempre quise salir... y cuando encontré a Tadeo, pensé que él también quería huir. Pero los Lamorte no perdonan. No sueltan. No olvidan.
—Y ahora están más cerca que nunca —murmuró Cameron, mirando por la ventana como si el monte escondiera ojos—. No sé por cuánto tiempo podremos mantenernos a salvo.
Daniel se acercó a Tadeo. El silencio se tensó como un hilo entre los dos hombres.
—Te vi en el funeral de tu padre —dijo con voz firme—. Te advertí. Te dije que la vida con los Lamorte no era vida. Pero hiciste tu camino. No me arrepiento de haberlo dicho... pero tampoco puedo ignorar lo que hiciste por Cora. Ni lo que hiciste por nosotros.
Tadeo alzó la mirada. Y por un segundo, no fue el hombre endurecido por el crimen y la sangre. Fue solo un hijo herido. Un hombre que había perdido todo menos la voluntad de proteger.
—Lo volvería a hacer —dijo—. Y si algún día Cora está entre la vida y la muerte por mi culpa, juro que me pondré frente a la bala antes que verla caer.
Claudia se llevó una mano al pecho. Cameron cerró los ojos. Paula soltó una lágrima silenciosa.
Cora se levantó, cruzó el espacio que los separaba y se detuvo frente a Tadeo. Su mirada no temblaba. Ya no.
—No quiero mártires —dijo—. Quiero sobrevivientes.
Tadeo la sostuvo con la mirada, y algo en él se suavizó. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba solo.
Eran seis en ese comedor. Y todos tenían algo que perder. Pero esa noche, bajo la lluvia y los secretos, el apellido Castillo dejó de ser solo una herencia. Se convirtió en escudo.
Y ninguno iba a soltarlo.