Paciente 314

Capítulo 47: No somos presa fácil

—¿Y si se esconden otra vez? —preguntó Paula, rompiendo el silencio de la madrugada—. ¿Y si vuelven a México, a otro país...?

—Ya no —dijo Cameron con firmeza—. Esta vez no vamos a huir.

La sala era una mezcla de mapas, planos y papeles. Claudia anotaba en un cuaderno nombres de personas confiables. Daniel hacía llamadas a contactos que aún le debían favores. La última bala no siempre está en el arma, pensó. A veces está en saber a quién llamar.

Cora hojeaba un expediente sobre seguridad privada. Su rostro, antes tan joven, parecía ahora cincelado por la tensión. Desde que recibió la última carta —la más explícita, la más amenazante— dormía con el arma cargada bajo la almohada. Pero la determinación le brillaba en los ojos.

—Vamos a hablar con las comunidades donde trabajamos —dijo—. Si los Lamorte creen que vamos a encerrarnos, están equivocados. Vamos a seguir con la brigada. Con más cuidado, sí, pero no vamos a cederles nada. Ni una pulgada.

Tadeo asintió. Aún con los vendajes en el torso y la costilla rota, se mantenía cerca, como un perro guardián herido pero dispuesto a morir peleando.

—Sebastián no va a parar —dijo—. No mientras yo esté vivo. Pero eso también es una ventaja: está concentrado en mí.

—¿Y si ataca por otro lado? —preguntó Claudia con voz temblorosa—. ¿Si va por ustedes, por los niños de las brigadas?

—No va a llegar tan lejos —interrumpió Daniel—. Hay líneas que incluso los Lamorte saben que no deben cruzar.

—Lo dice un hombre que les debía la vida —dijo Cameron con cierto reproche.

—Precisamente por eso —respondió su padre, sin mirarlo—. Sé de qué son capaces. Por eso me fui. Por eso me callé. Pero ahora me tienen de frente.

Paula sacó un papel doblado de su bolso. Lo puso sobre la mesa. Era un croquis, antiguo, de una de las propiedades de los Lamorte.

—Esto lo saqué hace años, cuando aún pensaba que podía salvar a mi primo —dijo—. Es de una de las fincas que usan como punto de encuentro. Ahí es donde se esconden cuando la cosa se pone fea. Si quieren presionarlos, este es un lugar clave.

—No vamos a atacarlos —dijo Cora—. No con armas. Vamos a quitarles el poder donde más les duele: en sus rutas, en sus contactos, en sus nombres.

Tadeo la miró, y por primera vez, sonrió.

—Hablas como alguien que ya no tiene miedo.

—Tengo miedo —confesó ella—. Pero aprendí a dispararle de vuelta.

Todos se quedaron en silencio. Afuera, los grillos empezaban a callar. El amanecer no tardaría en llegar.

Y con él, el primer movimiento de una guerra silenciosa.




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