La noche cayó pesada sobre las montañas hondureñas. Un silencio denso envolvía la finca donde los Castillo se refugiaban con Tadeo y Paula. En el interior, los ojos de todos estaban fijos en las armas recién llegadas. Cada una contaba una historia. Cada una era un juramento.
Las armas del clan Castillo no eran solo herramientas de defensa. Eran símbolos: de lealtad, de resistencia, de sangre derramada y memoria.
Cora sostenía la suya entre las manos, sin terminar de creérselo. Negra, con líneas rojas como venas vivas, y el símbolo de un castillo grabado en el cañón. Su hermano la miraba en silencio. Sabía que, al ponerle esa pistola en las manos, le estaba entregando no solo una protección, sino una verdad que debió conocer desde que era niña.
—Papá estaría orgulloso —susurró Cameron—. No por el arma, sino por la decisión de pelear de pie.
A un lado, Daniel revisaba el resto del arsenal con Tadeo. Él cargaba la suya con movimientos lentos. La torre tallada en su arma tenía un aire antiguo, como si estuviera esperando su momento desde hacía décadas.
—No se trata solo de quién dispara primero —murmuró Tadeo—. Se trata de por quién estás dispuesto a morir.
Paula los observaba desde una esquina. Aferraba su pistola con fuerza, como si sintiera que su decisión de ponerse del lado de los Castillo era también una sentencia. Había traicionado a su sangre. Y aunque no lo dijera, sabía que Sebastián Lamorte no se lo perdonaría jamás.
En otro punto de la ciudad, Sebastián Lamorte golpeaba la mesa con violencia. Su rostro estaba descompuesto por una furia silenciosa que lo carcomía por dentro.
—¡¿Cómo que Tadeo está vivo?! —gritó—. ¡¿Cómo que tiene armas del clan Castillo?!
Uno de sus hombres bajó la cabeza, sin atreverse a responder.
—Y Paula... —murmuró Sebastián—. Paula fue a verlos. Estuvo con ellos. Me mintió en la cara.
Otro de sus aliados, más viejo, con la voz ronca, se atrevió a hablar.
—Los Castillo se están moviendo como antes, jefe. Esto ya no es una amenaza pequeña. Están armados. Y están preparados.
Sebastián respiró hondo, con las manos temblando. Miró un retrato antiguo de su padre con los fundadores del clan Lamorte. Entre ellos, una figura que reconocía ahora con claridad: el padre de Cora y Cameron.
—Todo esto empezó cuando ese maldito se fue —masculló—. Y ahora sus hijos vuelven con fuerza... como si la historia no hubiera enseñado nada.
Se levantó, se acomodó el saco, y miró a su asistente.
—Prepárate. Vamos a cerrar esto como se cierran las deudas de sangre. Si los Castillo quieren guerra, la tendrán. Pero esta vez... nadie se va a salvar.