El cielo amaneció gris sobre la aldea de San Ignacio. Era uno de esos días donde el aire parecía presagiar fuego. Las hojas de los árboles no se movían, como si también contuvieran el aliento. Y entonces... llegó el eco.
Primero fueron los rumores. Luego, los disparos lejanos. Y finalmente, las camionetas negras del clan Valle, bajando por la colina como una amenaza oscura que había tardado demasiado en cumplirse.
En la finca de los Castillo, las alarmas se encendieron.
—¡Vienen! —gritó uno de los vigías—. ¡Vienen con todo!
Daniel corrió hacia la entrada, su rifle listo. Paula se colocó junto a él, los ojos firmes. Tadeo revisó el cargador de su pistola-torre, y al girar la cabeza, la vio: Cora, con su arma en la mano, temblando... pero no huyendo.
—¿Estás lista? —le preguntó.
—No —respondió—. Pero ya no me pienso esconder.
Cameron reunió al grupo en el patio. Su voz, clara y fuerte:
—No podemos solos. Pero no estamos solos.
Y entonces sucedió lo impensable.
Desde los caminos de tierra, comenzaron a llegar. Hombres, mujeres, algunos ancianos, jóvenes con machetes oxidados, escopetas viejas, palos en mano y el corazón inflamado de coraje. Eran habitantes de San Ignacio. Gente que conocía el miedo... y lo había dejado atrás.
—Basta de los Lamorte—dijo un campesino con una cicatriz cruzándole el rostro—. A los Castillo los sacaron una vez. Esta vez, no más.
—Nuestro pueblo ha llorado suficiente —dijo una mujer con un bebé en brazos y un machete colgado del hombro—. Si vamos a morir, que sea con dignidad.
Cameron los miró, sin palabras. Su madre apretó su hombro, conteniendo las lágrimas.
—Este es nuestro pueblo —le susurró—. Nuestro hogar.
Tadeo observó en silencio, sintiendo una fuerza distinta dentro de él. Por primera vez, no era solo por Cora. Era por todos ellos.
Y cuando la primera camioneta del clan Lamorte apareció en el horizonte, no hubo huida.
Hubo un grito.
—¡Por San Ignacio!
—¡Por los Castillo!
—¡Por los que ya no tienen miedo!
Y la resistencia comenzó.