El aire seguía siendo denso. Las armas estaban listas. El pueblo, unido, formaba una muralla viva de cuerpos decididos. Los Castillo y sus aliados esperaban lo inevitable. Pero lo que vino... no era lo que esperaban.
Las camionetas del clan Lamorte se detuvieron al borde del pueblo. De ellas descendieron hombres armados, sí, pero no dispararon. En medio de ellos, con gafas oscuras, camisa blanca perfectamente planchada y una sonrisa de veneno, apareció Sebastián Lamorte.
—No hemos venido a pelear —dijo, alzando las manos—. No hoy.
Los murmullos estallaron entre la gente. Las armas temblaban en las manos. Cameron dio un paso al frente, la mandíbula apretada, mientras Daniel no bajaba su arma ni por un segundo.
Sebastián clavó sus ojos en Cora. Ella, armada, con el alma hecha un nudo, lo miró como si pudiera quemarlo con la sola fuerza de lo que sentía.
—Vengo a hablar con ella —dijo Sebastián, como si fuera algo lógico, cotidiano.
—¿Estás enfermo? —soltó Cameron—. ¿Después de todo vienes con palabras?
Sebastián levantó la ceja, indiferente.
—La guerra es el último recurso. Prefiero saber hasta dónde llegan las cartas antes de volar la mesa.
Tadeo dio un paso adelante. Aún con los vendajes frescos, las marcas de la paliza visible, no temblaba.
—No vas a tocarla. Ni siquiera vas a acercarte.
—No necesito hacerlo —respondió Sebastián, sin perder la calma—. Ella ya sabe todo. Y eso cambia el tablero.
Paula, de pie junto a Cora, se mantuvo en silencio, sus ojos clavados en su primo. Sabía lo que venía. Sabía que Sebastián nunca hablaba sin veneno.
Sebastián se volvió entonces a la multitud.
—Esto no es contra ustedes. Pueden irse a casa. Pueden seguir con su vida. Nadie quiere una guerra. Pero si eligen quedarse, entonces quedarán en medio de una tormenta que no empezó con ustedes.
Silencio.
Cora dio un paso al frente.
—Tú no sabes lo que es una tormenta —dijo con voz firme—. Y si viniste a verme, aquí estoy. Pero no vas a intimidar a nadie aquí. No otra vez. No más.
Sebastián la miró... y por un segundo, su sonrisa desapareció.
—Entonces ya hablaremos, doctora —dijo, y se volvió para subir a su camioneta—. La guerra no siempre grita. A veces susurra antes de explotar.
Y se fueron.
Sin disparar. Sin sangre.
Pero la tensión que dejaron fue más peligrosa que cualquier bala.
Tadeo se acercó a Cora.
—¿Estás bien?
Ella no respondió de inmediato. Solo apretó el arma con fuerza y murmuró:
—No va a terminar aquí. Acaba de empezar.