Paciente 314

Capítulo 52: Fuego viejo, armas nuevas

La brisa nocturna traía consigo olor a pólvora y sudor. En el patio trasero del centro médico, los hombres del pueblo levantaban barricadas improvisadas. Palas, alambres, botellas con gasolina. Lo que alguna vez fue una comunidad sumisa, ahora se transformaba en una resistencia silenciosa.

Tadeo estaba al frente.
Sus costillas aún dolían. El cuerpo lleno de moretones, pero la mirada, firme. A su lado, Cameron sostenía una caja de madera oscura. Cuando la abrió, todos quedaron en silencio.

Armas del clan Castillo.

Pistolas con grabados dorados, bordes rojos. Una en forma de torre fue entregada a Tadeo. Él la miró como si fuera un legado. Como si, por fin, algo suyo tuviera sentido.

—Estas armas... —dijo Cameron— fueron hechas para defender algo más que territorio. Fueron hechas para defender memoria.

Los hombres asintieron. Algunos eran viejos, otros jóvenes. Unos habían perdido familia. Otros, silencio. Pero todos estaban hartos.

—No dejaremos que los Lamorte vuelvan a gobernar nuestro miedo —murmuró Tadeo, con voz baja pero firme.

**

Mientras tanto, en una habitación alejada del bullicio, Cora enfrentaba a su padre.

—Ya basta, papá. Necesito saberlo todo. ¿Qué fue lo que nos hicieron? ¿Por qué nos fuimos? ¿Por qué los Lamorte me quieren muerta?

Don Daniel Castillo se quedó callado unos segundos. Luego, se sentó. El hombre que había sido su ejemplo, su pilar, parecía encogido por el tiempo.

—Tu madre y yo no queríamos que crecieras con miedo. Pensamos que si no sabías nada, te salvarías. Pero los Lamorte... nunca olvidan. Y nosotros tampoco.

Cora se cruzó de brazos.

—¿Y Tadeo?

Su padre la miró con cansancio.

—Tadeo estuvo allí cuando mataron a su padre. Yo también. Le advertí que no siguiera con los Lamorte. Pero no me escuchó. Aún así, el día que supe que te había encontrado en Medellín... recé para que estuviera dispuesto a morir por ti.

Cora tragó saliva.

—¿Y tú lo estás?

Don Daniel levantó la vista.

—Si llega el día en que estés entre la vida y la muerte, hija... espero que me maten a mí primero.

**

Horas después, Cora salió al patio. La luna bañaba el polvo, y en el centro, Tadeo organizaba las defensas. Cuando la vio, bajó la vista. Ella caminó hacia él, sin decir nada, y le entregó una carta.

—¿Qué es esto?

—Una promesa —respondió Cora—. Si esto termina mal... que se sepa que al menos luchamos. Juntos.

Tadeo la tomó, sin abrirla. Su mano temblaba apenas.

Detrás de ellos, Paula hablaba por teléfono, intentando una última vez razonar con Julian.

Pero del otro lado, el silencio.

La primera ofensiva no había sido de balas.

Había sido de palabras.
De verdades.
De memoria.

Y aún no ardía todo... pero el fuego ya tenía nombre.




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