La brigada médica vibraba con movimiento constante. Llantos de niños, pasos apurados, voces de voluntarios. Cora, con el cabello recogido y la bata ligeramente manchada de sangre seca, sonreía mientras limpiaba la herida de una niña.
—Ya casi, mi amor, ya casi... —susurró con ternura, sosteniéndole la mano a la madre.
Era un día como cualquiera, hasta que no lo fue.
Los motores de las camionetas rompieron la rutina. No eran ambulancias. Eran negras, polarizadas. Silencio de tumba tras los motores apagados.
Tres hombres entraron.
Vestían de civil, pero sus movimientos eran tácticos. Calculados. Cora apenas tuvo tiempo de mirar hacia la entrada cuando ya tenía un brazo en el cuello y un cañón helado en la sien.
—¡CÓRRELE, MÉDICO, CÓRRELE! —gritó alguien.
Daniel intentó salir por la parte de atrás, pero uno de los hombres lo detuvo a golpes. Paula gritó, corrió hacia la camioneta, pero ya era tarde.
Cora desapareció entre puertas blindadas y rostros sin nombre.
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Horas después, Tadeo llegó al centro médico. Entró con la camisa manchada de tierra y la mirada desencajada.
—¿Dónde está?
Paula no pudo responder.
—¿DÓNDE ESTÁ?
—Se la llevaron —susurró Daniel, con la cara hinchada—. Fue el clan Lamorte. Vinieron directo por ella. Sin decir una palabra. La estaban esperando.
Tadeo apretó los dientes hasta que dolieron. Dio un golpe seco contra la mesa. Su respiración se aceleraba.
—¿Y Sebastián?
—Dijo que... —Paula tragó saliva— dijo que ya es hora de hablar.
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Cora despertó con un ardor en la garganta. Estaba atada a una silla de metal, en una habitación oscura, con olor a moho. Su bata médica rasgada, su reloj ausente. El único sonido: pasos lentos.
La puerta se abrió.
Sebastián Lamorte.
—Hola, doctora. Nos volvemos a ver... pero ahora, usted sí me va a escuchar.
La sonrisa en su rostro no alcanzaba los ojos.
Cora lo miró, temblando de rabia y miedo.
—¿Por qué yo?
—Porque vos sos la última pieza. Y si vos no entendés quiénes son los Castillo... nadie más lo hará.
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En el exterior, mientras la lluvia comenzaba a caer, Tadeo Torres sacó su pistola con forma de torre, la besó con rabia contenida y murmuró:
—Si querían guerra, la van a tener.
Y esta vez, no había marcha atrás.