La habitación era pequeña, húmeda. Una sola bombilla colgaba del techo, lanzando sombras largas y temblorosas sobre el rostro de Sebastián Lamorte. Estaba de pie frente a Cora, con un cigarro encendido y las manos detrás de la espalda, como si el mundo aún le debiera respeto.
Cora, aún atada, intentaba mantener la respiración firme. Su corazón era un tambor de guerra en su pecho.
—¿Qué querés? —logró decir con la voz rota pero firme—. Si es por Tadeo, él no va a volver a ser uno de ustedes.
Sebastián rió, una carcajada seca que sonó como una grieta abriéndose.
—Esto no es por Tadeo, doctora. Es por vos.
—¿Por mí? No sé quién sos. ¡No tengo nada que ver con ustedes!
Sebastián se agachó frente a ella, fumando lento.
—No sabés porque así lo quisieron tus padres. Pero no se puede esconder el pasado para siempre. ¿Querés saber la verdad? ¿Querés entender por qué estás aquí?
Cora tragó saliva, y por primera vez, asintió.
Sebastián se incorporó, caminó por la habitación y comenzó a hablar como si ensayara una historia muchas veces callada.
—Tus padres trabajaron con nosotros. Sí, los Castillo. Cuando vos ni siquiera habías nacido. Tu papá fue parte del círculo más estrecho de nuestros negocios. Sabe todo. Códigos, rutas, secretos. Hasta que un día... decidió desaparecer. Se llevó cosas. Documentos. Información. Y nos traicionó.
Cora lo miraba, paralizada.
—Lo dejamos ir por respeto. Porque nos salvó el pellejo muchas veces. Pero pensábamos que estaba muerto. Hasta que vos apareciste. Con el apellido Castillo. En Honduras. Con una bata blanca y la cara de tu madre.
El silencio se volvió espeso.
—Vos despertaste a los muertos, Cora. No sabés lo peligrosa que puede ser tu existencia.
—¿Y qué querés que haga? ¿Qué me desaparezca?
—Quiero que elijas. —Sebastián se acercó de nuevo—. O te volvés parte del trato. O nos aseguramos que no quede nada del legado Castillo. Ni tu padre, ni tu hermano. Ni vos.
Cora lo miró a los ojos, y por primera vez, supo que estaba frente al verdadero enemigo.
—No soy como ustedes —susurró—. Y si pensás que me voy a quebrar, es porque no sabés lo que es sobrevivir.
Sebastián apagó el cigarro sobre la mesa metálica y sonrió.
—Eso lo vamos a ver, doctora.
La puerta se cerró con violencia, dejándola sola. Pero Cora ya no sentía miedo. Sentía rabia. Y ahora, tenía algo que nunca antes tuvo: la verdad.
Y con eso... podría armar su propia guerra.