La noche cayó como un manto espeso, y en la vieja finca donde la tenían encerrada, solo se escuchaba el croar de los sapos y el zumbido lejano de insectos. Cora no dormía. No podía. Desde que Sebastián le había revelado la verdad, su mente no encontraba descanso.
Escuchó pasos. Luego, el chirrido leve de la cerradura.
La puerta se abrió y una figura apareció en el umbral. No era Sebastián. Era una mujer joven, con los ojos claros y una cicatriz en la ceja. Le hizo una señal con el dedo en los labios.
—Silencio, doctora —susurró—. Si quiere salir con vida, me sigue ya.
Cora dudó por un instante.
—¿Quién sos?
—Mi nombre no importa. Solo sepa esto: no todos en el Clan Lamorte estamos de acuerdo con lo que están haciendo. Usted no debería estar aquí.
La doctora se levantó, con las piernas temblorosas, pero sin soltar la mirada de la mujer. Había sinceridad en sus ojos. Dolor también. Dolor viejo.
Caminaron por un pasillo angosto, pasaron una sala con hombres dormidos y armas en la mesa, hasta llegar a una puerta trasera. Allí esperaban dos personas más: un joven delgado con una mochila, y una mujer mayor que parecía conocer cada rincón de la propiedad.
—Por aquí —dijo la mayor—. Hay una moto a unos metros. Usted se va. Nosotros vamos a desaparecer después de esto.
—¿Por qué me ayudan? —preguntó Cora mientras le colocaban una chaqueta.
—Porque su familia alguna vez protegió a la nuestra, hace años, cuando los Lamorte todavía tenían algo de honor —respondió la joven de la cicatriz—. Y porque Sebastián... ya no representa a nadie más que a su propia sed de poder.
Cora tragó saliva, emocionada. No dijo más. Corrieron entre la maleza, se deslizaron por un camino oculto detrás de una pared rota, y allí, como prometieron, estaba la moto.
La joven encendió el motor.
—Tiene que llegar al pueblo. Hay gente de su lado allá. Gente que ya está preparándose. Vaya, doctora. Y no mire atrás.
Cora subió, agarrándose fuerte, y por primera vez en mucho tiempo, sintió el viento en el rostro.
No sabía qué pasaría ahora, pero algo había cambiado.
Los Lamorte tenían grietas. Y esas grietas... podrían romper el imperio desde adentro.