El motor de la moto murió frente al pequeño centro comunitario del pueblo. Estaba amaneciendo, y el cielo ardía en tonos rosados. Cora se bajó tambaleándose, cubierta de polvo, con la chaqueta manchada de barro y los ojos aún cargados de miedo... pero estaba viva.
Un grupo de personas corrió hacia ella. Paula fue la primera en abrazarla, temblando.
—Dios mío, Cora... —susurró entre lágrimas—. ¿Cómo saliste?
—Me ayudaron —dijo ella, aún en shock—. Gente de ellos... del Clan Lamorte.
Los presentes se miraron en silencio, incrédulos.
Tadeo apareció segundos después, con el torso vendado y el rostro aún hinchado. Caminaba con dificultad, apoyado en Cameron. Cuando vio a Cora, sus ojos se abrieron como si el alma se le hubiera regresado al cuerpo.
—No puede ser... —murmuró, soltando el brazo de Cameron.
Ella corrió hacia él. Y por un instante, solo existieron ellos dos.
—¿Estás bien? —le preguntó él, tocándole el rostro como si no creyera que fuera real.
—Estoy bien. Estoy aquí. Salí sola... o al menos, eso pensaba.
Cameron frunció el ceño.
—¿Cómo que sola?
—Alguien del clan Lamorte... me sacó. Me dijeron que mi familia alguna vez protegió a la suya. Y que Sebastián ya no representa a todos. No sabían si me iban a ayudar, pero lo hicieron.
Tadeo apretó los puños. El desconcierto en su rostro era evidente.
—Cora... vos saliste de allá sola. Lograste hacer lo que ninguno de nosotros ha podido. Que alguien de ese clan... traicione por vos. ¿Sabes lo que eso significa?
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No soy una estratega, Tadeo. Solo... fui humana con ellos. Escuché. Me mostré como soy. Nada más.
Cameron, que había visto guerras, fuego y sangre, se cruzó de brazos y murmuró:
—Esa gentileza tuya... es peligrosa. Pero para ellos.
Tadeo asintió, con una mezcla de orgullo y reverencia en el pecho.
—Vos tenés un tipo de poder que ni siquiera yo entiendo. No con balas. No con miedo. Sino con esa forma tuya de ver a la gente. De tocar lo que está roto.
Paula se acercó también, con la mirada firme.
—Y si hay personas en ese clan que están dispuestas a arriesgar su vida por vos, entonces esto no está perdido. Se puede romper el muro desde adentro. Tal vez no ganemos con más armas, sino con más gente que recuerde lo que es la lealtad verdadera.
En ese momento, las campanas del pueblo sonaron. Un grupo de campesinos armados, algunos con machetes y otros con fusiles viejos, llegó a la plaza.
—Venimos a proteger a los Castillo —dijo uno de ellos—. Si esta muchacha logró que traicionaran a los Lamorte... entonces vale la pena seguirla.
Cora tragó saliva.
No sabía si estaba lista para liderar nada, pero sabía que ya no era una simple doctora en una brigada.
Ahora, era la chispa que podía incendiar un imperio... o devolverle la esperanza a su pueblo.