Paciente 314

Capítulo 57: El plan sin sangre

—A Sebastián hay que destruirlo. Pero no con armas —dijo Cora, con voz firme, mientras el mapa del valle y sus conexiones cubría la mesa de madera en la pequeña sala comunal del pueblo.

Tadeo, Cameron, Paula y los padres de Cora la escuchaban atentos. También estaban algunos líderes de las comunidades que se habían unido para resistir, sentados en silencio, observándola como si nunca la hubieran visto tan clara, tan fuerte.

—Si lo atacamos de frente, morirá más gente. Ellos... siempre matan por orgullo. Pero si lo desarmamos desde adentro... si lo exponemos por lo que es realmente...

—¿Qué propones? —interrumpió Cameron, con el ceño fruncido.

Cora respiró hondo. No temblaba. No dudaba.

—Conozco personas. Pacientes. Víctimas. Algunos de ellos tienen vínculos, conexiones. Sé de una periodista que investigó al clan Lamorte hace años, pero la silenciaron. También hay un excontador que vive escondido. Y uno de los abogados que se cansó de lavar dinero para ellos... yo lo atendí cuando vivía en Medellín. Me debe un favor.

—¿Quieres construir un caso legal? ¿En este país? —preguntó uno de los hombres, con tono escéptico.

—No solo legal. Público. Viral. Internacional. El mundo tiene que ver quién es Sebastián Lamorte. Si conseguimos los documentos correctos, las grabaciones, las cuentas falsas, los movimientos en la frontera... Si logramos unir todas las piezas... se puede presionar desde fuera. Congelar sus activos. Dividir a los suyos. Mostrarle al resto del clan que seguirlo es suicidio.

Paula dio un paso al frente.

—Yo puedo hablar con la gente que aún queda en Tegucigalpa. Abogados, activistas, incluso algunos que trabajaron con los Lamorte pero quieren salir. Gente que tiene miedo, pero también sed de justicia.

Tadeo asintió. Aunque la idea no era la suya, algo en su pecho se infló al ver a Cora así.

—Yo sé por dónde empezar. Sebastián dejó muchas grietas. Y yo fui parte de esas sombras. Si me meto de nuevo... no como su socio, sino como su sombra, tal vez pueda sacar lo que necesitamos.

—No será fácil —advirtió Cameron—. Pero si hay una posibilidad de acabar esto sin perder más vidas... entonces la tomamos.

Cora se acercó al mapa y clavó una aguja roja sobre el lugar donde sabían que Sebastián se estaba moviendo.

—La idea es simple. Cortar su poder desde dentro. Y cuando esté más vulnerable, entregarlo. No a nosotros. A quien no pueda comprar. Al mundo.

El silencio fue unánime. No por miedo, sino por la fuerza que se empezaba a construir en ese cuarto. Ya no era una guerra de plomo. Era una guerra de verdad. Y Cora, la doctora que una vez solo quería salvar cuerpos, ahora estaba dispuesta a salvarlos a todos... destruyendo al enemigo desde su raíz.

—Vamos a cazar a Sebastián—dijo finalmente—. Pero esta vez, sin disparar una sola bala.




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