Paciente 314

Capítulo 58: Los movimientos invisibles

La noche era espesa en las afueras de Choluteca. Tadeo se ajustó la gorra negra, revisó la pistola sin seguro que ahora era más símbolo que arma, y bajó del jeep oxidado sin hacer ruido. El sudor le corría por la espalda, pero no por miedo: era el peso del pasado.

Se dirigía a una antigua bodega que había sido punto de reunión del clan Lamorte. Sabía que allí aún llegaban documentos, que uno de los contadores seguía operando bajo las narices de Sebastián. Sabía que ese hombre alguna vez lo admiró. Tadeo iba a usar eso. Como una sombra, desapareció entre las calles de tierra.

Mientras tanto, en Tegucigalpa, Paula Prado caminaba por un callejón estrecho con un sobre en la mano. Dentro, los nombres de tres exempleados del clan que habían aceptado hablar... bajo una condición: proteger a sus familias.

Entró a un café discreto y se encontró con quien había sido su compañera de facultad de Derecho, ahora periodista en el extranjero. Le entregó el sobre sin una palabra. Sabía que no debía quedarse mucho. Que su apellido, aunque lo negara, aún ardía en la memoria de muchos.

—Esto puede prender fuego el país —le dijo la periodista, abriendo el sobre con los ojos bien abiertos.

—Entonces grábalo todo —susurró Paula—. Porque lo vamos a necesitar.

Cora estaba sentada frente a una laptop en la improvisada sala de operaciones en el pueblo. A su lado, Daniel, el ingeniero rebelde, ajustaba planos y conexiones de comunicación segura. Tenían una lista de nombres, ubicaciones, y una red de contactos. Ella no era experta en espionaje, pero entendía la lógica del cuerpo humano, y ahora usaba esa intuición para leer el cuerpo podrido de una organización.

—Este hombre —dijo Cora, señalando una foto—. Es el que manejaba los movimientos bancarios en Panamá. Si conseguimos que testifique...

—Ya lo contactamos. Pero necesita una garantía —respondió Daniel.

—¿Qué tipo?

—Que tú estés ahí cuando hable. Dice que confía más en una doctora que en cualquier abogado.

Cora sonrió sin alegría.

—Entonces vamos a darle esa garantía.

En la madrugada siguiente, un mensaje llegó al teléfono de Tadeo, cifrado, directo de Paula:

"Confirmado. Sebastián se reunirá con un contacto político en dos días. Lugar: finca en Santa Lucía. Van a mover fondos. Necesitamos pruebas. Cora prepara contacto con Fiscalía internacional. No falles."

Tadeo lo leyó dos veces. Luego miró a lo lejos, donde las luces del pueblo titilaban como esperanzas encendidas. Respiró profundo. Por primera vez en años, no se sentía como el arma de alguien más. Se sentía parte de un cambio.

Desde un rincón de Honduras, con ayuda de gente que había sufrido, resistido y despertado... el plan para acabar con Sebastián Lamorte avanzaba. Sin disparos, sin muerte. Solo con la verdad y una red de corazones valientes que se negaban a seguir temiendo.

Y al centro de todo, como columna vertebral, estaba Cora Castillo. La mujer a la que quisieron quebrar y que ahora sostenía la guerra con el poder de su convicción.




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