El aire en la sala estaba tenso. Era la primera reunión táctica real para ejecutar el plan. En la mesa de madera desgastada, Daniel había desplegado los planos satelitales de la finca de los Lamorte , junto con rutas alternativas de entrada y salida. Paula, con una carpeta repleta de documentos, explicaba los puntos débiles del perímetro, marcados con tinta roja.
Tadeo, serio, no dejaba de mirar los accesos laterales. Cameron, en un rincón, afilaba con una piedra su cuchillo táctico mientras su padre —el ingeniero Castillo— terminaba de programar unos sensores de movimiento que aún funcionaban del viejo equipo de construcción.
Fue entonces que el Sargento Gustavo Reyes se puso de pie. Su uniforme desgastado no decía nada del rango, pero su voz sí.
—Tengo algo que decir.
Todos se giraron hacia él.
—Cuando capturen a Sebastián... yo lo quiero vivo —dijo. Su voz no temblaba, pero su mirada tenía un peso de años—. No por compasión. Ni por perdón. Lo quiero arrestado. Legalmente. Quiero que el mundo lo vea esposado. Que sepa que alguien le puso un alto con justicia. Y quiero que sea usted, doctora Castillo, quien lo firme. La que dé la orden médica para que lo estabilicen si es necesario. Porque usted representa algo distinto. Algo que nosotros —miró a Paula, a Tadeo, a los demás— ya no podíamos creer que existía.
Cora se quedó en silencio. No se lo esperaba. Apretó las manos sobre la mesa y, por unos segundos, su mente viajó a todos los pacientes que había sostenido, a las veces que le habían dicho que la medicina no servía para luchar contra el poder.
—Lo haré —dijo finalmente—. Pero si en algún momento alguien corre peligro... no puedo prometer que lo protegeré a él antes que a los míos.
—No espero eso —respondió el sargento—. Pero si llega vivo... yo me encargo del resto.
Esa noche, dividieron roles. Paula y Cameron irían a la zona del generador eléctrico, para dejar fuera de combate las cámaras. Daniel y Tadeo entrarían por el flanco norte, donde Valerio aseguraría la entrada del viejo depósito de almacenamiento. Raúl y Diego manejarían un vehículo de distracción. Cora, con una mochila médica, iría en la última línea, junto a Gustavo Reyes, para actuar si algo salía mal.
Antes de irse, Paula tomó la mano de Cora.
—Sé que esto no es lo que soñabas cuando decidiste estudiar medicina.
—Pero es donde estoy ahora —susurró Cora—. Y no pienso retroceder.
A kilómetros de ahí, en la finca Lamorte, Sebastián dormía tranquilo, sin saber que la siguiente vez que escuchara su nombre completo sería en voz de un juez.
Y tal vez... también en voz de la mujer que jamás pensó que le daría guerra: la doctora Cora Castillo.