Paciente 314

Capítulo 61 (Segunda parte): Voz desde la sombra

La noche anterior al operativo, mientras el grupo afinaba los últimos detalles del plan, una camioneta oxidada se detuvo a las afueras del campamento médico. El motor sonaba irregular, y el conductor bajó lentamente con las manos levantadas.

—¡No disparen! ¡Vengo en paz! —gritó.

Gustavo Reyes, que hacía la ronda perimetral, fue el primero en encarar al hombre con la linterna apuntando directo a su rostro. Tenía barba descuidada, ropa sucia y una mirada cansada. Pero en sus ojos brillaba algo más profundo: urgencia.

—¿Quién eres?

—Me llamo Ignacio Lamorte. Soy hermano de Sebastián. Y necesito hablar con Cora Castillo y Tadeo Torres... antes de que sea demasiado tarde.

En el centro del campamento, todos lo miraban con una mezcla de recelo y tensión. Tadeo tenía la mano sobre su pistola, mientras Cora mantenía la distancia. Cameron y Paula observaban desde un costado, atentos a cualquier movimiento extraño.

Ignacio los miró uno a uno antes de hablar.

—No vine a detener su plan. Vine a advertirles. Sebastián no está tan solo como creen. Sabe que van a ir por él. Tiene gente de afuera. Mercenarios. Pero eso no es lo más importante...

Hizo una pausa. Se le quebró la voz.

—Mi padre... Nicolás Lamorte... dejó una carta antes de morir. Su último deseo no fue que el clan siguiera gobernando con miedo. Fue que alguien terminara con ese ciclo de odio. Él quería que Sebastián pagara por lo que hizo con el nombre de nuestra familia. Me pidió que lo entregara a la justicia si algún día cruzaba esa línea. Ya la cruzó hace años... y yo no hice nada. Hasta ahora.

Sacó un sobre sellado, viejo, casi roto. Lo puso frente a Cora.

—Esto es para ti. Él... te conoció. Por ti y por lo que representas, escribió esto. Dijo que eras la única persona que podía entender el valor de no responder violencia con más violencia.

Cora lo abrió lentamente. Las primeras palabras la estremecieron.

"Si estás leyendo esto, es porque el ciclo está a punto de romperse..."

Ignacio se levantó, mirando a Tadeo directamente a los ojos.

—Te odié cuando supe que querías cambiar. Pero ahora lo entiendo. Mi padre vio algo en ti. Y yo también lo veo. Esta guerra ya se llevó demasiado. No dejes que se lleve también lo que nos queda de humano.

Tadeo no respondió, pero bajó la mirada por primera vez.

Esa noche no se durmió. Nadie lo hizo. Porque ahora sabían algo más: el enemigo estaba más armado, más preparado... pero también más solo.

Y en el corazón de esa guerra, una carta escrita con palabras de arrepentimiento comenzaba a abrir la grieta más inesperada de todas: la que podía salvarlos.




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