Paciente 314

Capítulo 62: Cuando todo pase

La noche era densa, con una humedad que se pegaba a la piel como una advertencia. En el campamento, todos afinaban los detalles del operativo. Pero Cora se había apartado unos minutos, buscando un poco de aire, o quizá un poco de silencio. Caminaba por el sendero de tierra que bordeaba el río, con el farol en mano y la cabeza llena de voces.

—¿Estás bien? —preguntó Tadeo, apareciendo a su lado, como siempre lo hacía últimamente: sin anunciarse, pero sin imponerse.

Ella asintió y no detuvo el paso. Sabía que él la seguiría. Siempre lo hacía.

—¿Recuerdas lo que me dijiste? —dijo él, rompiendo el silencio—. Que a veces hay verdades que no se dicen porque el momento no es seguro.

Cora lo miró de reojo. Lo sabía. Sabía qué venía. Pero no lo detuvo.

—Sé que lo sabes, Cora. Siempre lo supiste. Desde que te vi por primera vez en ese hospital en Medellín, cuando estabas tan metida en tu mundo que ni notaste que me quedé diez minutos frente a la puerta, sin poder entrar. Me pareciste... inalcanzable. Pero no por altivez, sino por lo brillante que eras.

El río seguía corriendo, indiferente. Ella no dijo nada.

—He hecho cosas terribles, Cora. Y no digo esto esperando redención. Solo quería que supieras que desde que apareciste, me hiciste cuestionarlo todo. Y que, sí, estoy enamorado de ti. Y lo he estado desde hace mucho.

Cora se detuvo.

Lo miró.

—No digas más —susurró—. No todavía.

Él frunció el ceño, confundido.

—No porque no quiera oírlo. Ya lo sabía. Pero... no me hagas escuchar una verdad hermosa mientras todavía estamos en medio de tanto miedo. No quiero tener que recordarla con sangre.

Tadeo bajó la mirada. Asintió.

—Cuando todo pase —dijo ella, acariciándole apenas la mano—. Cuando ya no corramos.

Y entonces volvió a caminar, con él siguiéndola, como una sombra de lealtad y amor que aguardaba su momento.

El cielo estaba oscuro, pero no amenazante. Las estrellas comenzaban a asomarse como testigos silenciosos del encuentro.

Cameron estaba sentado junto a la fogata improvisada, limpiando un arma con gesto mecánico. Paula se acercó sin hacer ruido, pero él la sintió antes de que hablara.

—No te escondes bien —dijo ella, cruzando los brazos.

—Y tú nunca dejaste de encontrarme —respondió, sin mirarla.

Silencio. Largo, espeso.

—¿Cuánto tiempo vamos a fingir que no dolió? —preguntó Paula, al fin—. Que no dolió dejar de ser nosotros. Que no dolió vernos convertidos en extraños.

Cameron dejó el arma a un lado. La miró por fin.

—Nunca fuiste una extraña, Paula. Solo... te convertiste en un dolor que no sabía cómo sostener.

—Yo tampoco supe qué hacer con todo esto —dijo ella, y su voz tembló—. Con los secretos, con los Lamorte, con la culpa.

Él la miró con una ternura contenida, la misma de antes.

—¿Aún me quieres? —preguntó él, como si le costara cada palabra.

Paula se acercó, despacio, como si caminar hacia él fuera cruzar un puente roto.

—Nunca dejé de hacerlo. Pero ahora no quiero hacerlo con miedo.

Cameron se levantó, la tomó de la mano.

—Entonces empecemos desde aquí. Desde la verdad. Desde esta guerra. Desde el fin de los silencios.

Y ella lo abrazó. No como antes. No con la urgencia del pasado, sino con la certeza de lo que aún quedaba. Porque el amor, cuando sobrevive al caos, regresa con raíces más profundas.

Y esa noche, sin promesas apresuradas ni juramentos, Paula y Cameron volvieron a ser "nosotros".




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