Paciente 314

Capítulo 64: Atrapado entre la verdad y el fuego

El sol cayó despacio sobre las colinas, como si el mismo cielo supiera que algo estaba por suceder. El aire estaba tenso. La brigada médica se había cerrado por seguridad, y cada persona de confianza ocupaba ya su posición.

El hermano de Sebastián cumplió su palabra. A las 5:17 p. m., una llamada cifrada confirmó la ubicación exacta de la reunión: una finca a las afueras de Choluteca, vieja propiedad de los Lamorte, con vigilancia reducida por tratarse de un círculo cerrado. Era la oportunidad perfecta.

Cora lideraba el comando de apoyo. Cameron, armado con una radio, supervisaba la ruta de escape. Tadeo, al volante de una camioneta negra, llevaba a Paula, al sargento Gustavo Reyes y a dos miembros infiltrados del Clan Castillo con insignias ocultas en sus armas.

—Vamos en silencio, rápido, sin provocar —dijo Tadeo, con la mirada fija en la carretera—. La prioridad es que nadie muera.

—Y que Sebastián pague —añadió el sargento, con voz grave.

La finca apareció entre los árboles, recortando su silueta contra la luz crepuscular. Las puertas estaban abiertas, con dos vigilantes fumando. No esperaban ataque, no así. Entraron por la parte trasera. Tadeo descendió primero, con las manos levantadas.

—Vengo a hablar con Sebastián. Nada más —gritó.

Uno de los guardias lo reconoció, dudó... y luego asintió.

Adentro, Sebastián Lamorte estaba de espaldas, sirviéndose un trago. Al darse la vuelta y verlos entrar, soltó una carcajada.

—¿Tú? ¿Con la doctora y el sargento? Qué decepción, Torres... te hiciste blando.

—No —dijo Tadeo, firme—. Me hice libre.

Y entonces, el sargento Reyes levantó su arma. —Sebastián Lamorte, queda arrestado por asociación ilícita, homicidio, secuestro, corrupción y crimen organizado.

Sebastián intentó sacar su pistola, pero Paula se adelantó, le puso una en la cabeza y dijo, en voz baja:

—Por Cora.

Sebastián soltó el arma. Los demás no se resistieron. En segundos, estaba esposado.

Mientras lo sacaban de la finca, Cora lo esperaba afuera. Lo miró, sin miedo. Sebastián intentó hablar, pero ella solo dijo:

—Mi nombre es Cora Castillo. Y tú ya no me das miedo.

A lo lejos, el pueblo comenzó a aglomerarse. La noticia se estaba esparciendo: los Lamorte habían caído.




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