Sebastián Lamorte no era un hombre que se rindiera con un par de esposas.
Cuando sintió el clic metálico cerrarse en sus muñecas, sonrió. Esa sonrisa suya, torcida, venenosa.
—¿Creen que esto termina aquí? —murmuró, mientras lo sacaban de la finca—. Ni siquiera han empezado a entender lo que está en juego.
Cora lo observó desde la entrada. Tadeo se adelantó para cubrirla, como si pudiera leer en los ojos de Sebastián lo que venía.
Y entonces pasó.
Sebastián gritó una palabra clave—"Gavilán". Como si fuese un conjuro. Y desde el follaje que rodeaba la finca, comenzaron a salir hombres armados. Un grupo leal, escondido, su última carta.
Los disparos comenzaron. Cameron gritó que se cubrieran. Paula empujó a Cora al suelo. El sargento Reyes recibió un impacto en el hombro, pero mantuvo su posición, protegiendo a Sebastián a la fuerza.
Tadeo, con rabia en los ojos, tomó su arma de torre y respondió fuego. Su objetivo era claro: mantener a Cora a salvo. En medio del caos, la camioneta blindada se acercó. Daniel al volante, gritó:
—¡Súbanse, ahora!
Cora, Paula y el sargento herido lograron subir. Cameron cubrió la retirada. Tadeo tomó una decisión arriesgada: arrastró a Sebastián con él, asegurándose de que no escapara, aunque eso significara arriesgar su vida. Cuando subieron todos, Daniel pisó el acelerador, atravesando la maleza, entre balas y gritos.
La huida fue brutal. Nadie hablaba. Solo se oía el jadeo de la respiración, el golpeteo del corazón colectivo.
Sebastián, empapado en sudor, herido en la pierna, miró a Cora con una expresión de odio seco.
—Tú no entiendes lo que has hecho —susurró—. Hay cosas más grandes que los Lamorte... y tú las despertaste.
Cora no respondió. Solo lo miró. Por primera vez no como la médica, ni la hija de un ingeniero, ni la joven temerosa. Sino como alguien que había sobrevivido a su propio infierno.
—Tal vez —dijo ella al fin—. Pero no pienso volver a callar.
Y aunque el enemigo estaba en su poder, todos sabían que aquello no era un final. Solo el principio de una guerra más silenciosa, más peligrosa, más despiadada.
Una guerra donde las armas no serían siempre las que disparan balas, sino las que desentierran verdades.