La mañana siguiente amaneció con el rugido de los helicópteros y la vibración metálica de los micrófonos.
El caso Lamorte ya no era un susurro entre pasillos. Era un titular a nivel mundial.
"Cae Sebastián Lamorte: líder de uno de los clanes criminales más antiguos de Centroamérica."
"El clan Lamorte vinculado a la detención secreta del capo hondureño."
"Filtraciones indican que Sebastián Lamorte será entregado a la justicia internacional por crímenes de lesa humanidad."
Las imágenes se filtraron: un convoy saliendo de la selva, hombres armados cubriendo la retirada, un hombre encapuchado herido siendo cargado por quien parecía ser uno de los suyos. Pero la foto que lo cambió todo fue una: Cora Castillo bajando de una camioneta con sangre encima, el rostro endurecido y los ojos clavados en el suelo.
Ella, que nunca pidió estar en ese lugar. Ella, que había llegado a servir como médica.
Ahora, era parte de algo que rompía con generaciones de impunidad.
Los medios se agolparon en la entrada del puesto médico donde funcionaba la brigada. Periodistas de todos los canales querían una palabra, una reacción, una historia.
Pero Cora no habló.
No aún.
Porque al mismo tiempo, en un lugar no revelado, Sebastián Lamorte estaba secuestrado.
No por enemigos, sino por aquellos que habían decidido que la justicia de su país no era suficiente.
Una escisión del mismo Clan Lamorte, liderada por el hermano que había escapado años atrás, estaba a punto de entregarlo directamente a la Corte Penal Internacional.
Querían cumplir el último deseo de su padre, Nicolás Lamorte:
—"Que se rompa el ciclo."
Tadeo observaba todo desde la distancia. Herido, pero de pie.
Cameron, con el rostro endurecido, no se despegaba de Cora.
Paula organizaba todo detrás de cámaras: pruebas, conexiones, declaraciones.
Y mientras tanto, en cada noticiero del país, Honduras se miraba a sí misma.
Con miedo.
Con esperanza.
Con rabia contenida.
Cora se encerró en un cuarto improvisado como oficina, y finalmente alzó el teléfono.
Marcó un número.
El sargento Gustavo Reyes contestó.
—Estamos listos para recibirlo —dijo él, voz tensa pero decidida—. Aunque el país no esté listo para esta verdad.
—Lo estará —respondió Cora, firme—. Porque si no lo está... lo haremos estar.
Afuera, el pueblo comenzaba a marchar. Con pancartas. Con flores. Con nombres de desaparecidos.
Porque cuando la verdad arde, o se apaga... o se convierte en fuego para otros.
Y esta vez, el fuego ya había empezado a propagarse.