Paciente 314

Capítulo 67: Lo que se incendia no siempre se destruye

La madrugada olía a tierra mojada y a tensión.
El cielo estaba cubierto, como si hasta las nubes quisieran esconder lo que estaba por suceder.

Un convoy sin logos, sin insignias, avanzaba lento entre la bruma. En el asiento trasero, Sebastián Lamorte, esposado, ensangrentado, con el rostro aún altivo, no decía una palabra.

A su lado, el hermano que lo había traicionado por justicia —no por odio— lo observaba en silencio.

—¿Y crees que esto cambia algo? —murmuró Sebastián, con la voz ronca.

—Ya lo cambió —fue lo único que recibió como respuesta.

Mientras tanto, en un lugar discreto cerca de la brigada, los medios ya habían tomado el país por asalto. La noticia corría como pólvora:
Sebastián Lamorte sería entregado a la Corte Penal Internacional.
La doctora Cora Castillo, figura clave en el operativo.
El clan Lamorte fracturado. El clan Castillo, resurgiendo.

Tadeo entró al cuarto donde Cora se refugiaba del caos mediático. Aún tenía vendajes en las costillas, un corte en la ceja y los nudillos amoratados.
Cora estaba de espaldas, mirando la ventana. Sus hombros no temblaban, pero su silencio gritaba.

—¿Puedo...? —preguntó él, apenas entrando.

Ella asintió sin volverse.
Tadeo caminó lento.
Había tanto que quería decir. Tantas veces en que se lo imaginó, pero no así. No después de tanta sangre.

—¿Recuerdas cuando te vi por primera vez? —dijo él, casi en un susurro—. En el hospital, en Medellín. Yo estaba herido. Tú eras la interna que todos querían evitar porque eras demasiado exigente... y yo solo quería verte sonreír.

Ella giró entonces, despacio. Lo miró. Y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos estaban llenos, pero no rotos.

—Tadeo... —su voz era baja, como si estuviera intentando protegerlo de sus propias palabras—. Yo ya lo sabía. Lo que sentías. Lo que hiciste. Pero prométeme algo...

Él dio un paso más.

—Dímelo.

—No me digas que me amas... hasta que esto termine. Hasta que no tenga miedo de abrir la puerta, de contestar una carta, de mirar atrás.
No me digas que me amas... hasta que pueda respirarte sin pensar que me vas a morir entre los brazos.

Tadeo bajó la mirada, pero su sonrisa fue real.

—Entonces, prepárate. Porque te lo voy a decir. Cuando todo esto termine... te lo voy a decir todos los días.

Afuera, el convoy llegó a su destino.

El sargento Gustavo Reyes esperaba con un grupo especial. Nadie de la policía local. Nadie que pudiera vender información.

Sebastián Lamorte fue entregado bajo protocolo internacional.
Con cámaras. Con pruebas. Con escoltas de otras banderas.

Y cuando finalmente el helicóptero despegó, llevando al hombre que por décadas había marcado de muerte al país, la tierra pareció suspirar.

En un rincón del pueblo, una mujer lloraba con una foto en la mano.
Un nombre: Efraín. Su hijo.
Desaparecido desde 1996.
Uno de los tantos.

En la brigada, Cora salió al patio y vio a la gente reunida. Algunos rezaban. Otros aplaudían. Muchos solo miraban.

Y supo que todo, todo lo que dolía, había valido la pena.




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