Paciente 314

Capítulo 69: Semillas de justicia

El pueblo se despertó con una mezcla extraña en el aire: el olor del café recién colado... y el sonido de una radio encendida desde temprano.

"Hoy inicia la primera audiencia preliminar del caso Sebastián Lamorte, acusado de crímenes internacionales. La Interpol y la Corte de La Haya han recibido nuevas pruebas provenientes de Honduras, México y Colombia..."

Cora alzó el volumen mientras atendía a una niña con fiebre.
La madre de la niña, una mujer campesina de rostro curtido, detuvo el movimiento con un suspiro.

—¿De verdad lo atraparon, doctora?

Cora asintió.
—Sí. Y esta vez no va a salir tan fácil.

Afuera, los niños jugaban con confianza. Algunas casas ya levantaban nuevas tejas, otras limpiaban vidrios que estuvieron rotos por semanas.
Las paredes, antes pintadas por miedo, ahora tenían murales nuevos. Flores, manos entrelazadas, palomas.

Ese mismo día, la brigada recibió una donación anónima de medicamentos. Y más personas del pueblo llegaban a ayudar, como si la captura de Sebastián Lamorte hubiera desbloqueado algo en ellos.
No era sólo un alivio.
Era valor.

Cameron llegó con su padre al final de la tarde. Ambos venían de Tegucigalpa, tras haber dado su declaración oficial como testigos.
Paula los esperaba en la entrada. Había estado trabajando con Gustavo Reyes en la organización de las pruebas.

—Ya empezó el juicio, —dijo Cameron en cuanto vio a Cora—. Pero hay algo más.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Las Naciones Unidas están considerando abrir una investigación sobre vínculos entre redes criminales y gobiernos locales. Lo que hicimos aquí... despertó a otros.

Cora lo procesó con la mirada fija en el horizonte.
La idea de justicia ya no era solo personal.
Ahora era un eco.

Esa noche, Tadeo la acompañó a dejar víveres a una familia del cerro.
Cuando bajaron, él le dijo:

—Vi el juicio en la tele del cuartel. Sebastián no dijo nada. Solo se quedó mirándolos a todos con desprecio.

—Lo va a negar hasta el final —murmuró Cora.

—Sí, pero no importa. Esta vez, no tiene a quién comprar.

Se detuvieron junto a un árbol florecido. El mismo donde días atrás colgaban carteles de desaparecidos.

—¿Te acuerdas cuando me dijiste que te hiciera la confesión cuando ya no estuvieras en peligro?

Ella asintió, apenas sonriendo.

—Todavía no es ese momento —agregó él—. Pero estamos cerca.

Cora bajó la mirada, pero esta vez no fue por miedo.
Era por la intensidad con la que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Tadeo... la paz me está costando más de lo que pensé.

—A todos —respondió él—. Pero ya sabemos cómo se ve. Y eso lo cambia todo.

Al día siguiente, los medios internacionales anunciaron que Honduras recibiría apoyo para reforzar su sistema judicial.
Que los aliados de Sebastián estaban huyendo.
Y que el juicio continuaría con pruebas aún más contundentes: una serie de grabaciones entregadas por el hermano menor de Sebastián , aquel que había escapado del clan años atrás.

La comunidad, antes olvidada, era ahora el corazón de una historia que comenzaba a sanar un país.

Y Cora, sentada entre cajas de vacunas y una libreta llena de nombres, sonrió por dentro.

No porque todo estuviera bien.
Sino porque, por fin, todo estaba cambiando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.