La noche era tranquila. Extrañamente tranquila.
Después del arresto de Sebastián Lamorte, el aire se sentía menos denso.
Los árboles ya no murmuraban advertencias.
Las sombras no dolían tanto.
Cora estaba sentada en el borde del muelle, con los pies rozando el agua.
Sentía el cuerpo agotado, pero el alma... ligera.
Escuchó pasos detrás de ella.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Tadeo, con voz baja, casi temiendo interrumpir la paz del momento.
Cora asintió.
Él se sentó a su lado, sin tocarla.
El silencio entre ambos no era incómodo. Era necesario.
—Pensé que hoy iba a morir —dijo Tadeo finalmente.
—Yo también —respondió ella sin mirarlo.
—Pero aquí estamos. Y tú estás viva.
Y el Clan Lamorte ya no tiene cómo tocarte.
Ella giró el rostro, sus ojos encontrando los de él por primera vez esa noche.
—No es solo eso, Tadeo.
Hoy recordé... todo.
Recordé tu mirada en el hospital de Medellín.
Tus visitas silenciosas. Las veces que creí que alguien me cuidaba y eras tú.
Recordé las cartas.
Las palabras sin remitente que aún me dolían.
Y entendí que, desde hace mucho, estabas intentando salvarme.
Él tragó saliva. Por primera vez en mucho tiempo, no era el hombre frío que todos temían.
—Desde que te vi... supe que algo en mí ya no iba a sobrevivir sin ti.
—Tadeo...
—Déjame decirlo —interrumpió él—.
Cora, yo te amé en silencio, desde la oscuridad más sucia de la que vengo.
Pero aún ahí, aún cuando no sabía cómo salir, tú eras la única cosa limpia que tenía.
Ella lo miró con los ojos llenos de agua.
—Te dije que me lo dijeras cuando ya no corriéramos peligro...
—¿Y ahora? —preguntó él, con la voz quebrada.
—Ahora es cuando más necesitamos amar sin miedo.
Entonces, sin decir más, ella tomó su mano.
No hubo beso, no aún.
Pero hubo verdad.
Y en medio del silencio, mientras el agua se mecían suavemente bajo sus pies, supieron que todo había cambiado.
Tadeo ya no era un hombre huyendo.
Cora ya no era solo una doctora escapando de sombras.
Eran dos sobrevivientes.
Dos luchadores.
Dos que, contra todo pronóstico, seguían vivos.
Juntos.