Querido Tadeo,
Hoy no hay guerra.
No hay disparos.
No hay nombres que susurrar con miedo.
Solo el eco de tu respiración dormida, y el calor de esta casa que ya no tiembla.
No sé cómo empezó todo.
A veces me pregunto si nacimos marcados.
Si éramos un presagio.
Si tú, con tus ojos de noche y tus silencios de plomo, y yo, con mis ganas locas de curar lo que no sabía que estaba roto... éramos inevitables.
Recuerdo cuando llegaste herido a la brigada.
Tu cuerpo hablaba un idioma que solo yo entendí.
Era el idioma de los que han perdido demasiado y aún así regresan.
Te recordé.
Te vi.
Por fin, te vi de verdad.
No como el hombre del pasado.
Sino como el que sobrevivió para quedarse.
Y desde entonces, Tadeo, estoy aprendiendo a vivir sin trincheras.
A amar sin esconderme.
A nombrarte sin miedo.
No sé qué venga mañana.
Pero si algo aprendí en esta historia que casi nos traga, es que la ternura no es una debilidad.
Es una trinchera.
Una espada.
Una forma de resistir.
Y tú...
Tú fuiste mi resistencia cuando ya no podía más.
Fuiste mi torre en el medio de la guerra.
Así que, si alguna vez lo dudas, si alguna vez el pasado regresa a morderte los talones...
Recuerda esto:
Sobrevivimos, Tadeo.
Juntos.
Y eso, amor, ya es una victoria.
Siempre tuya,
Cora Castillo.
La oficina de Cora huele a café recién hecho y a lavanda. Afuera, las voces del nuevo centro de salud se mezclan con el canto de los pájaros y el sol que entra por las ventanas cae en líneas doradas sobre su escritorio. Cora está sentada, con una libreta en las manos, su pluma favorita entre los dedos y el corazón lleno.
El mundo por fin se ha detenido lo suficiente como para dejarla respirar.
Escribe despacio, como si cada palabra necesitara tiempo para asentarse.
"Tadeo,
Nunca pensé que volvería a escribirte con tanta calma en el pecho.
Con la guerra terminada y nuestras heridas cicatrizando juntas en esta tierra que alguna vez nos dolió.
Nunca imaginé que lo que nos uniría no sería el miedo, sino la fe.
Fe en lo que construimos, en lo que somos cuando estamos juntos, cuando ya no hay máscaras ni armas ni huidas.
Este centro, este espacio que ahora sana y cuida, lleva tu nombre en los rincones aunque no esté escrito.
Tus manos están en las paredes, en la madera que cargaste, en las risas de los niños a los que les enseñaste que la fuerza también puede ser ternura.
No sabía que podía amar así.
No después de todo.
Y sin embargo, te miro...
Y todo duele menos.
Gracias por quedarte.
Gracias por ser mi casa en medio de todo este mundo que a veces no entiendo.
Y aunque lo sabes, te lo digo una vez más:
Sí, también te elegí a ti.
Con todo lo que soy,
Cora"
Ella deja la carta sobre la mesa y la cubre con una pequeña piedra con forma de corazón, que Tadeo le trajo un día cualquiera, después de una tormenta.
Escucha pasos afuera. Su voz.
—¿Cora? ¿Terminaste?
Ella sonríe, se pone de pie y abre la puerta.
Ahí está él.
Esperándola.
Como siempre.