Pacto Corazón de Dragón

Capitulo 1: Saldo en Rojo

Un mensaje de texto de mi banco vibra en mi bolsillo. Miro la pantalla con la misma sensación de frío que provoca un baño helado. “Saldo: -300 créditos. Pago pendiente de universidad: 1500 créditos. Fecha límite: viernes”.

Riven se apoya en el pupitre, su bastón recostado contra el asiento. Sus ojos ámbar, serios como siempre, se mantienen fijos en la pizarra llena de ecuaciones complejas.

“¿Otra vez con los números rojos, Bran?” Su voz grave apenas supera el murmullo de la clase.

Guardo el móvil. El sudor frío ya me recorre la nuca. “Debo pagar la mensualidad el viernes. Si no consigo la mitad de una misión para entonces, no entro a clase el lunes”.

Riven suelta un suspiro áspero. Ya conozco ese sonido. “Misión fácil en dos días. Tienes que pagar la cuota, ¿no? No vas a encontrar nada de bajo riesgo que pague tanto. No para un E.”

“Lo sé, joder. Preguntaré a Mirel”. Abro el celular y busco su contacto. El tono de espera se arrastra. Me muerdo el pulgar.

“¿Diga?” La voz de Mirel es tranquila, eficiente. El ruido de fondo de un gremio lleno de vida casi la engulle.

“Mirel, soy Brandom. Necesito un favor. ¿Hay alguna misión de bajo rango, algo que pueda finiquitar en uno o dos días, tú sabes… con buena paga?” La pregunta me suena a súplica. No puedo creer que la diga yo.

Ella no se ríe. No juega. “Hola, Brandom. ¿Urgencia de universidad otra vez? Nada para dos personas, lo siento. Las fáciles, las de verdad fáciles, piden equipos de cinco. Algo de limpieza de rutas. Cobran bien si son cinco por los turnos, pero el gremio no las deja coger a menos”.

Cierro los ojos. “Joder”. Mi espalda golpea el respaldo del asiento.

“Podría preguntar a otros, supongo”.

Riven me da un leve golpecito en la pierna con el pie. Niego con la cabeza; sé lo que piensa.

“Tengo a alguien para el grupo”, interrumpe Riven, con la mirada fija al frente. “Le pregunto en el descanso”.

Saco mi móvil. Entro en el chat de mi grupo de práctica de primer año de combate. “¿Alguien para misión rápida, cobro por día? Equipo de cinco, buscamos dos puestos. Salimos hoy al terminar”. Envío el mensaje.

Dos notificaciones llegan casi al instante, con los nombres de Javi y Sara. Son de mi clase. Un alivio minúsculo me recorre.

“Perfecto. Diles que nos vemos en la entrada principal al salir de clase, ¿de acerudo?” Riven asiente. Cuatro. Solo un puesto más.

Salimos al gentío de los pasillos. El murmullo de cientos de voces choca contra las paredes de la Universidad. Me dirijo a la salida principal, esquivando a un grupo de estudiantes de segundo año que discuten sobre la potencia de su aura. Los miro como si fuesen de otro mundo. ¿Cuándo aprenderé a controlar el aura como ellos?

En la entrada, junto a las columnas de piedra, distingo a Riven. Está con una chica. Pelo naranja, recogido en una coleta alta, con algunas hebras sueltas enmarcándole la cara. Baja, casi esquelética. Me recuerda a una gacela. Viste el uniforme de la secundaria, pero la holgura de la tela solo hace que parezca todavía más delgada. Su rostro tiene líneas suaves, y la forma en que sus ojos dorados, casi transparentes, observan cada movimiento a su alrededor me dice que hay algo en ella que no encaja con su aspecto.

Me acerco, y Riven asiente con la cabeza.

“Bran, ella es Keila”, dice con su voz grave de siempre.

Keila me mira de arriba abajo. Sus ojos se detienen en mis manos, en mis brazos. Una evaluación silenciosa. No cambia la expresión.

“Hola, Keila. Encantado”. Levanto la mano en un saludo. Ella apenas mueve los dedos. “Bueno, Riven, ¿estás seguro? No quiero ofender, pero… ¿no es un poco joven para esto?” Hago un gesto vago hacia ella, intentando suavizar la pregunta. “Las misiones pueden ser duras. Y de cinco personas…”.

Riven se coloca a su lado y posa una mano grande sobre el hombro de la chica.

“Es mi hermana.”

“¡Ah!” Un escalofrío me recorre. Ella no tiene que estar aquí. Es solo una cría. “Con razón se parecen… aunque ella es… más adorable”. Una sonrisa estúpida se me dibuja en la cara.

Sin pensarlo, llevo la mano a su cabeza y le acaricio el pelo. Es suave, como algodón, pero el gesto dura poco.

Keila aparta mi mano con un golpe seco que me pilla los dedos. No me lastima, pero me sobresalta. Su mirada es de hielo. Un gruñido bajo se le escapa de la garganta, casi imperceptible, como el roce de dos piedras.

“Tiene dieciséis”, suelta Riven con los brazos cruzados. Su cara no muestra enfado, más bien una resignación que ya conozco.

Mis ojos se abren de par en par. “¿Dieciséis? ¡Pero si parece de catorce, a lo sumo!” Miro a Keila. Sigue con la misma cara de piedra. El rubor me sube de golpe. “Mierda. Lo siento, de verdad. Creí que era… ya sabes. Mucho más pequeña”.

El silencio se estira.

“No me subestimes”, dice Keila. Su voz es más profunda de lo que esperaba. No suena a niña. Es un contralto bajo, oscuro, que cala. Suelta mi mano y me clava la mirada. “Estoy aquí porque soy la mejor. Y no estoy para caricias ni para niñerías de críos”.

Trago saliva. El calor me sube a la cara. Mis mejillas arden. Miro a Riven, tan calmado como siempre.

Este va a ser un viaje largo.

“Bueno, como sea.” Riven rompe el silencio. “Los otros dos deben estar por llegar. Tenemos que ir por vuestro equipamiento”.

Unos pasos pesados resuenan por el pasillo. Javi, una mole rubia con armadura ligera y un martillo que parece de juguete en la espalda, aparece junto a Sara, ágil y de pelo oscuro, con dos dagas brillando en la cintura. Ya están listos. Verlos me alivia un poco; su presencia es como una manta de seguridad, una promesa de fuerza bruta y experiencia.

“Bran”, dice Javi, y me da una palmada en la espalda que casi me deja sin aire. No tiene idea del desastre que acabo de pasar con Keila. “Listo para la acción, eh”.

Niego con la cabeza, todavía con las mejillas calientes. “Necesito mi equipo”. Miro a Keila. Ella se cruza de brazos, con una ceja levantada, los ojos fijos en Riven. Estoy seguro de que el golpe en mi mano no fue solo un reflejo.




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