Pacto Corazón de Dragón

Capitulo 2: Emboscada en la Vía

El traqueteo del tren me ha arrullado, pero no he conseguido dormir. Hay algo en Keila, en su silencio, en la forma en que sostiene el arco sin esfuerzo, que me mantiene despierto. Sigo pensando en el golpe de su mano sobre la mía. Apenas un roce, pero me dejó una advertencia clavada bajo la piel.

Un chirrido metálico, agudo, corta el aire. El tren frena de golpe. Me lanzo contra el respaldo con un golpe seco.

“¡Mierda!”, grita Sara.

La veo perder el equilibrio, y sus dagas golpean el metal del asiento mientras se agarra como puede. Javi se aferra a su sitio con los nudillos blancos. Riven ya está en pie, una mano sobre la empuñadura de su espada. Keila, en cambio, no se mueve. Ni un parpadeo. Solo mira por la ventana.

El tren se detiene con un último y agónico arrastrón. El silencio que le sigue es casi ensordecedor, roto solo por el vaho del vapor saliendo de las locomotoras.

“¿Estás bien, Sara?”, pregunto, tratando de ponerme en pie. Me duele la espalda.

Sara se incorpora, frotándose el codo. “Sí, sí. Solo un golpe. ¿Qué ha pasado?”

Riven ya está junto a la puerta del vagón, forzándola para abrirla. “Hemos frenado demasiado rápido. Escombros. Lo que sea que esté bloqueando la vía”.

Desde mi ventana veo sombras en la distancia. ¿Rocas? ¿Trocos? Parece un muro. Nada natural.

“Goblins”, dice Keila, su voz un susurro. No suena sorprendida, solo constata un hecho.

Riven empuja la puerta con un gruñido. Se abre con un chirrido metálico. El aire del exterior es frío y húmedo. Un olor a tierra mojada y, sí, a algo más. Un olor rancio, metálico. Goblins.

Salimos del vagón. El tren ha frenado en una curva. Delante de nosotros, la vía está completamente cubierta. Un montón caótico de troncos, piedras, vagones volcados. Y entre los escombros, siluetas pequeñas y torpes se mueven. Demasiadas.

“Maldición, tienen una barricada”, murmura Javi, desenvainando su martillo con un sonido seco.

Más goblins empiezan a asomarse por entre los escombros. Armas improvisadas brillan bajo el cielo plomizo. No son solo unos pocos rezagados. Es una emboscada en toda regla.

“Necesitamos una posición elevada. Riven, Javi, por los flancos. Sara, conmigo. Keila, ¿puedes dar cobertura?”

Riven asiente, su rostro endurecido. “La carga será brutal, Brandom. No te confíes”.

Los gruñidos de los goblins se intensifican. Empiezan a avanzar. Pequeñas figuras verdosas, piel parda. Algunos son más grandes, con armaduras rudimentarias.

“No me confío”, respondo, sintiendo la adrenalina en las venas. Mis manos sudan sobre la empuñadura de mi espada. “Vamos a limpiar esto”.

Keila ya tiene una flecha en su arco. Sus ojos ámbar brillan, la fina pupila. Respira profundo.

“A cubrir la retirada a la barricada”, digo. “No podemos dejar que nos flanqueen desde el tren.”

Los goblins gritan. Una flecha silba en el aire y se clava en la madera del vagón. El combate empieza.

El primer goblin cae con un chasquido seco. La flecha de Keila lo atraviesa antes de que el grito llegue a salirle de la garganta. Se desploma sobre la vía, un bulto verde y silencioso. Keila, a mi derecha, ya está tensando de nuevo el arco. No pestañea.

Riven y Javi, a la izquierda, cortan el aire con metal. Riven choca con su bastón contra un escudo rudimentario; el impacto hace retroceder al goblin, que se tambalea con un brazo colgando a un lado. Un instante después, el martillo de Javi baja con un golpe brutal y la calavera del siguiente goblin revienta con un crujido húmedo. Otro, que intentaba rodear a Riven, cae de lado antes de llegar a tocarlo. La barricada empieza a teñirse de verde.

“¡Mantenemos la línea!”, grita Sara mientras se desliza entre los escombros a mi derecha.

Sus dagas brillan en un torbellino corto y preciso. Esquiva un golpe torpe, gira sobre sí misma y abre un arco limpio con cada cuchilla. Un goblin chilla. Otro cae. Se mueve como agua entre piedras.

Yo levanto el escudo. El metal frío se ajusta a mi brazo. El primer goblin que se abalanza sobre mí no es rápido, pero sí desesperado. Desvío su ataque con el borde del escudo. Sus garras raspan el metal con un chillido agudo que me revuelve los dientes. Busco una abertura y lanzo un tajo con la espada.

Demasiado lento.

El goblin salta hacia atrás y gruñe, enseñando los dientes.

Otra flecha silba sobre mi hombro. El segundo goblin, que venía detrás, cae de rodillas con una perforación limpia en el cuello. Se ahoga con un gorgoteo húmedo. Keila sigue concentrada. Su arco es una extensión de su brazo; apenas se mueve, solo gira el torso, busca la siguiente silueta y suelta otra flecha.

“A cubrir los flancos”, grito, empujando mi escudo contra otro goblin que aparece de frente.

Gano unos pasos. No es un simple grupo de exploradores. Son demasiados. El tren, al fondo, parece una fortaleza atrapada en medio de la batalla.

Riven se mueve con una elegancia brutal. Un giro de su bastón, una estocada, otro goblin al suelo. Detrás de él, Javi cubre su espalda con el martillo subiendo y bajando en una cadencia feroz, casi perfecta. El aura alrededor de Javi se espesa, blanquecina, como si el aire temblara con cada golpe. Yo, en cambio, siento el sudor frío deslizarse por mi espalda bajo la cota de malla. No tengo ese lujo. Tengo que medir cada respiración, cada movimiento, cada empuje.

Empujo el escudo contra el siguiente que se acerca. El goblin tropieza con un pedazo de hierro salido de la vía. Aprovecho el hueco: una patada corta para desestabilizarlo y un tajo rápido para terminar el trabajo. La sangre verde mancha el borde del escudo.

Es el tercero que cae frente a mí. Y siguen viniendo.

Una oleada constante. Sin pausa. Sin respiro.

“¡Brandom, detrás de ti!”, grita Sara.

La advertencia me llega un segundo antes del impacto. Me giro por instinto y alzo el escudo. Un hacha improvisada golpea el metal con un estruendo seco.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.