El sonido no es un zumbido, sino un crujido. Como huesos rotos.
La pared de fuego se abre entonces. No es que se apague; es que algo la atraviesa.
Una figura enorme, reptiliana, emerge de las llamas. No se detiene. Camina, lenta pero constante, hacia nosotros. El fuego no le afecta. Las brasas lamen su piel escamosa sin dejar marca. Su silueta es demasiado grande, demasiado torcida para ser humana. Una cabeza larga. Ojos rojos que brillan en la penumbra. Garras afiladas.
“¡Lizardman degradado!”, grita Riven. La voz le sale rasposa, cargada de pánico. “¡Corran! ¡Despejen la puta vía, Bran! ¡Ahora!”
La diferencia de poder es brutal. El aire a su alrededor se siente denso, pesado, cargado de una podredumbre fría que no había percibido con los goblins. El fuego de Riven, tan potente hace un momento, ahora parece una hoguera de campamento frente a la mole.
Riven vuelve a elevar el bastón. Sus brazos se tiñen de un rojo intenso, venas marcadas bajo la piel, una luz interna que lo consume. La tensión es visible en cada músculo. Está usando todo lo que tiene. Su piel se estira, casi brillante.
Keila, a mi lado, aprieta los puños. Sus ojos, antes dorados, ahora son dos brasas. Pequeñas llamas danzan en sus pupilas.
“No lo hagas, hermano”, murmura. La oigo apenas. “Somos demasiado débiles. No podemos con una criatura así… todavía.”
Pero Riven no la escucha. La bola de fuego que lanza esta vez es más grande, más concentrada que la anterior, pero cuando impacta contra el pecho de la criatura solo logra hacerla tambalear un paso. El Lizardman le devuelve la mirada con sus ojos rojos, sin el menor rasguño.
“¡No sirve!”, grito, más para mí que para ellos.
Javi y Sara empujan con desesperación el último tronco que bloquea la vía. El hierro cruje bajo el esfuerzo. El tren, herido pero todavía capaz de moverse, espera a pocos metros. El conductor sigue allí, gritándonos que nos apuremos, mientras el motor ruge con impaciencia.
“¡Casi está, Bran!”, grita Javi, el sudor deslizándose por su frente.
Yo corro hacia ellos y me lanzo contra el tronco. El peso me sacude los brazos, pero logro moverlo unos centímetros más. Sara se coloca del otro lado y Javi empuja con todo el cuerpo. La vía empieza a quedar libre.
Riven no aparta la vista del monstruo.
“¡Suban al tren!”, ruge. “¡Ahora!”
“¡Bran, tú con la barricada!”, grito.
Me lanzo. La adrenalina me quema la garganta. El último tronco es enorme, demasiado pesado para mí solo, pero lo empujo con toda la fuerza que tengo. El motor del tren silba, impaciente. El convoy entero vibra a mis pies.
Javi y Sara están al otro lado, tensando los músculos y empujando con una furia desatada. El tronco se mueve, lento, milímetro a milímetro. La vía al fin se libera.
Entonces oigo un grito desgarrador.
“¡NOOO!”
Me giro.
Keila.
Se ha adelantado y ya ha disparado tres flechas. El arco en sus manos es un borrón. Las flechas vuelan rápidas, precisas, pero no bastan para derribar a la criatura. Solo la enfurecen más.
El Lizardman.
Riven cae de rodillas. Su bastón aún sostiene una llama anaranjada, débil, a punto de apagarse. Le falta un brazo. Donde debería estar su hombro izquierdo, solo hay un muñón roto y sangrante. Ha intentado esquivar, pero ha sido demasiado lento.
“¡NO DEJES QUE LA TOQUE!”, ruge Riven.
Su voz sale de lo más profundo, rota por el dolor, pero la orden es clarísima. Me mira a los ojos. No hay duda en él. Solo desesperación.
Obedezco.
Me lanzo hacia Keila.
No lo pienso. Solo corro.
El Lizardman se abalanza sobre Riven. Su garra atraviesa el pecho de mi amigo con un sonido húmedo y brutal. Sangre. Demasiada sangre. Con un gesto violento, lo lanza contra Sara. El cuerpo de Riven golpea a la chica y la derriba de espaldas, aturdida.
Javi está demasiado cerca, intentando ayudar. El Lizardman se gira hacia ellos.
Llego junto a Keila. La agarro del brazo y la fuerza con la que tira me sorprende. Es frágil, pequeña, pero su piel arde. Quiero arrastrarla al tren.
Ella forcejea. Llora, pero sin sonido. Solo lágrimas calientes.
Riven, moribundo, se incorpora con una furia imposible.
Su brazo derecho. El único que le queda.
El bastón cae al suelo con un tintineo metálico.
Su puño desprotegido empieza a enrojecer. La piel del brazo se espesa. Escamas pequeñas, incipientes, brotan bajo la luz del calor. Como si se estuviera convirtiendo en otra cosa. El aire a su alrededor se distorsiona. Humo leve se eleva de su piel.
No sé cómo lo hace.
Con un movimiento brutal, arranca el brazo del Lizardman con su propia mano. Un corte limpio. Imposible. Como si su puño fuera magma puro.
El grito de la criatura retumba en el valle.
“¡Brandom, al tren!”, grita Javi, cojeando. Agarra a Sara y la jala hacia la puerta del vagón.
El Lizardman herido ruge de rabia. Fija su mirada en Riven y se lanza de nuevo, ignorando todo lo demás.
Riven me mira por última vez. En sus ojos hay una determinación brutal. Me regala una sonrisa breve, dolorosa. Luego hace un gesto apenas perceptible:
“Llévala”.
Agarro a Keila.
Ella grita. Un chillido puro, desesperado. Le cubro la boca con la mano y la aprieto contra mi pecho.
Corro.
El tren nos espera. El silbato retumba.
El tren arranca con un tirón brutal. Mis piernas tiemblan mientras arrastro a Keila al interior del vagón. Ella sigue forcejeando contra mí; sus uñas se clavan en mi brazo. Su piel quema como brasa.
“¡Suéltame! ¡SUÉLTAME!”
Un estruendo metálico revienta detrás de nosotros. El techo del vagón se abolla, se rasga. Pedazos de metal llueven sobre los asientos. Una garra enorme atraviesa la pared lateral como si fuera papel.
El Lizardman.
Ha alcanzado el tren. Sus ojos rojos brillan a través del agujero que acaba de abrir. Y en su muñón sangrante, pegado por el calor extremo, cuelga el cuerpo de Riven. Inmóvil. Los ojos cerrados. Fundido a la carne de la criatura por las propias escamas que brotaron de su brazo.