El chirrido de los frenos me taladra los oídos. Abro los ojos de golpe.
El techo.
El metal rasgado. La madera astillada. Sangre seca. Muevo la cabeza, siento un tirón en el cuello y un dolor sordo en todo el cuerpo. Estoy cubierto de heridas, rasguños y costras de sangre seca. Me toco la cara. También tengo sangre. Me duele todo. Cada músculo protesta.
Estoy tumbado en un asiento, mi cabeza apoyada en algo suave. Calor. Un calor amable y constante. Levanto la vista. El cabello. La cara.
Keila.
Está dormida. Sentada, la cabeza ladeada contra la ventana. Su pelo naranja se extiende como una manta sobre sus muslos. Mis sienes arden. Me ruborizo al instante. No es el calor de la batalla. Es la vergüenza. Estoy sobre su regazo.
Me levanto de golpe. La cabeza me da un golpe seco contra su barbilla.
“¡Ay!”
Keila abre los ojos. Un parpadeo, luego otro. Sus pupilas se dilatan. Están cansadas, rojas, vidriosas. Su cara, pálida y marcada por la tensión, es la de una muñeca de porcelana a punto de romperse.
“¿Brandom? ¿Estás… despierto?” Su voz es un susurro.
El mareo me golpea. Me agarro de las manos, tembloroso. Las rodillas me fallan. ¿Cómo es que estoy vivo? Me miro el pecho. La herida. La tengo. Una cicatriz informe, roja y fresca, me cruza el pectoral, pero está cerrada. Imposible. ¿cómo estoy aquí?
“¿Cómo… cómo es que no estoy muerto?”, pregunto. La boca se me seca. Toco la cicatriz con un dedo. El tacto me duele.
Keila me mira. Sus ojos se nublan de nuevo. Su dolor es palpable, una presión en el aire.
“Javi… Sara… Riven…” Susurra, y una lágrima le corre por la mejilla. “Ellos… no.”
La busco con la mirada. Un sudor frío me recorre la espalda.
Sara.
Está sentada en el asiento de enfrente. Con los ojos abiertos. La cabeza echada hacia atrás. La herida en el costado, ahora, es un agujero negro y seco. Su piel está blanca, sus labios azules. El tren sigue su traqueteo monótono, ajeno a ella.
“No…” Las palabras se me atascan en la garganta.
Javi. Lo busco por la ventana, por los vagones de fuera. Nada.
El dolor es físico. Un puñetazo en el esternón. El martillo de Javi. Las dagas de Sara. Las risas. Las promesas de sacarnos los estudios. Me desplomo en el asiento. Tengo la cabeza entre las manos. No. No otra vez. No puedo perder a nadie más.
Quiero ser médico. Quiero una vida normal, un trabajo normal. Solo quiero paz.
Keila se acerca. Sus manos, pequeñas y frías, me rozan la espalda.
“No sé cómo lo he hecho”, me dice, con la voz ahogada. Pero te sanó, Brandom. Te salvó”.
El vínculo. La siento. Una conexión. Algo dentro de mí responde a su cercanía, a su tacto. No es visible, no es una cadena. Es algo más profundo, algo que resuena en mi sangre. Un eco.
Algo nos une.
Y no sé qué es. Pero me da miedo.
El traqueteo del tren llena el vagón. Ya no suena cómodo; suena vacío.
Keila sigue a mi lado, con la espalda recta y la mirada perdida en la ventana. Yo todavía siento el eco de su calor en el pecho, la cicatriz cerrada bajo la camisa, el latido raro que no termina de parecer mío. Cada vez que respiro, me acuerdo de que sigo vivo por algo que no entiendo.
“¿Qué era exactamente esa medicina?”, pregunto al fin, en voz baja.
Keila tarda un momento en responder. Tiene el rostro pálido, los ojos cansados, como si hablar le costara más de lo que quiere admitir.
“Algo de mi linaje”, dice. “Mi abuela me la dio. Dijo que solo debía usarla si no quedaba otra opción.”
“¿Y por qué la usaste en mi?”
Se encoge apenas de hombros, pero no me mira.
“Porque no sabía si funcionaría. Y porque tu eras su mejor amigo.”
El silencio cae otra vez entre nosotros. El tren avanza, ajeno a todo, y yo noto que ya no me asusta solo lo que pasó en combate. Me asusta la forma en que el cuerpo me responde cuando Keila está cerca, como si algo en mí siguiera el ritmo de su respiración.
“¿De verdad no puedes decirme más?”, murmuro.
Keila baja la mirada a sus manos.
“No sé más que tú”, responde. “Solo sé que te salvó. Y que ahora… esto existe.”
No dice el resto, pero no hace falta. Sé que se refiere al vínculo, a esa presión extraña en el pecho, a la sensación de que su miedo y el mío ya no viajan separados.
Me paso una mano por el rostro. Estoy demasiado cansado para discutir, demasiado vivo para fingir que esto no importa.
Entonces Keila habla otra vez, casi en un susurro.
“Brandom… si alguien pregunta, di solo que fue una medicina especial. Nada más.”
Asiento despacio. No porque lo entienda, sino porque noto que ella tiembla al decirlo.
El tren empieza a reducir la velocidad.
Por la ventana aparecen luces. Una plataforma. Movimiento. Voces lejanas.
Keila aprieta mi mano con fuerza.
“Ya llegamos”, murmura.
Y en su voz hay algo peor que el miedo: la certeza de que lo que viene después será mucho más difícil de explicar.
El chirrido de los frenos casi me arranca la piel de los dientes esta vez. El tren se detiene con un golpe seco. La puerta se abre. Una ráfaga de flases me ciega. Voces. Muchas. Se amontonan, un caos sin sentido.
“¡Aquí están!”
“¡Los sobrevivientes!”
“¡Keila Drakos y Brandom Holt!”
El brazo de Keila se tensa en el mío. Siento una punzada en el pecho, un pinchazo frío que no es dolor, pero me congela la sangre. Miro hacia fuera.
La plataforma es un hervidero.
Periodistas. Micrófonos. Susurros. Cientos de ojos curiosos. Mi visión se nubla con las luces. La multitud es una mancha borrosa.
“¡Keila!”
Una voz rompe el tumulto. Dos figuras se abren paso entre la gente. Un hombre y una mujer. Los reconozco, son los padres de Keila. El padre, alto y con el pelo rojizo como el de ella, la abraza con una fuerza que me parece excesiva. La madre, pálida y temblorosa, la envuelve también.
“¡Mi hija! ¡Estás bien! ¡Gracias a los dioses!”