Pacto Corazón de Dragón

Capitulo 5: Lo que no dije

Los pasillos del gremio me resultan extraños ahora. Cada paso resuena con un eco hueco que no recuerdo de antes. Mirel camina a mi lado, pero no habla. Sus ojos azules me observan de vez en cuando, como si buscara grietas en mi compostura.
Detrás de nosotros, los padres de Keila mantienen un silencio denso. El padre, alto y de pelo rojizo casi granate, tiene una presencia que hace que el aire se sienta más pesado. Sus pasos son precisos, controlados. La madre, elegante pero con los ojos rojos de haber llorado, no aparta la mirada de su hija.
Saúl Brigs, el líder del gremio, nos guía hacia su despacho. Es una mole humana que ocupa todo el ancho del pasillo. Sus cicatrices brillan bajo la luz fluorescente, marcas de batallas que sobrevivió a pura fuerza bruta. Cuando habla, su voz retumba como un trueno.
"Necesito entender qué pasó ahí fuera", dice sin girarse. "Perdimos a tres aventureros. El gremio no puede permitirse misiones fallidas sin explicación."
Mi garganta se seca. Las palabras se me atascan antes de salir.
"Fue... fue una emboscada", consigo decir.
Brigs se detiene frente a la puerta de su oficina. Me mira con esos ojos grises que han visto demasiada muerte.
"¿Una emboscada de goblins mató a un mago rango D y dos aventureros entrenados?"
Su voz no es acusadora, pero sí pesada. Sé que no me cree.
Keila aprieta mi mano. Su pulso se dispara de golpe, y a través de algo que no entiendo, siento ese pánico como si fuera mío. Una oleada de calor me sube por el pecho. Sudor ajeno me empapa la espalda. Ella me mira, sabiendo que puedo sentirla.
El padre de Keila se adelanta, su voz controlada pero firme.
"Sé que es difícil hablar de esto, Brandom. Pero este es un lugar seguro. Necesitamos saber la verdad para evitar que vuelva a pasar."
Cuando habla, el corazón de Keila se vuelve loco. El terror de ella me golpea como una pared de fuego. Siento su miedo en mis propias costillas, el sudor frío bajándome por la nuca. Ella tiembla, casi imperceptiblemente, pero yo lo siento todo.
No puedo contarles lo que vi realmente.
La imagen me viene sin pedirla: Keila en el vagón, sus ojos convertidos en dos soles ardientes, el aire volviéndose irrespirable por el calor que desprendía su cuerpo. El calor no era normal. Era volcánico, primitivo, como si algo ancestral hubiera despertado en ella.
No puedo mencionar la mano de Riven.
Otra imagen: la piel de Riven transformándose, escamas granates auténticas brotando bajo la luz del calor, su brazo volviéndose algo que no era humano antes de arrancarle el brazo al Lizardman.
No puedo hablar del fuego sin bastón.
La última imagen: Riven canalizando ese poder brutal de fuego directamente con sus manos desnudas, rompiendo la regla absoluta de que los magos humanos necesitan bastones para canalizar.
Brigs abre la puerta de su despacho y nos hace señas para entrar. Respiro hondo, forzando mi voz a sonar estable.
"Había más que goblins", digo, manteniendo un tono lo mas controlado que logro, "La criatura... el Lizardman degradado nos emboscó después de que limpiamos la barricada. Era demasiado fuerte. Su piel resistía la magia elemental de Riven. Se movía rápido para su tamaño."
Keila me mira con alivio discreto. Sus padres intercambian una mirada que no sé interpretar.
"Atacó a Riven primero", continúo, evitando mencionar las escamas, el calor imposible, la transformación. "Lo hirió gravemente. Después fue por Sara y Javi. Cuando llegó al tren, ya era demasiado tarde para salvarlos."
Mi voz no tiembla. Es extraño lo fácil que resulta mentir cuando sabes exactamente qué verdad estás protegiendo.
Brigs asiente lentamente, pero sus ojos siguen clavados en mí como si pudiera ver a través de las palabras.
Su mirada me cala hasta los huesos. No puedo sostenerla. Desvío los ojos hacia la mesa pulcra, buscando un punto de apoyo. El silencio se estira hasta volverse incómodo.
El padre de Keila, toma la palabra antes de que Brigs pueda presionarme más.
"Agradecemos su sinceridad, Brandom", dice, su voz resonando con una autoridad que no había percibido antes. "Entiendo que es difícil. Mis condolencias por la pérdida de sus compañeros y, por supuesto, por Riven. Nos dejó un hijo magnífico, un guerrero valiente."
Asiento, mudo. Cualquier intento de respuesta se me atasca en la garganta.
Brigs exhala por la nariz, seco.
"Esta información será útil para el próximo reporte. Lo revisaré con Mirel." Sus ojos me vuelven a taladrar, más duros ahora. "Puedes retirarte. Tu pago, como sobreviviente, se procesará en unas horas. Y, Brandom... no te engañes. Sé cuándo me mienten."
El frío me recorre la espalda. No lo miro. Me levanto sintiendo el cansancio de golpe, como un peso físico. Keila se pone de pie conmigo. Su cuerpo está tenso, pero hay algo más en ella, una urgencia extraña. Abre la boca apenas, como si fuera a decirme algo al oído.
Siento su impulso antes de entenderlo. Quiere hablar. Quiere acercarse. Pero no llega a hacerlo.
"Brandom." La voz de la madre de Keila, me detiene en la puerta. Su tono ya no es suave, sino cortante. "Keila y yo iremos a casa. Vaelen irá por los trámites. Necesitamos que nos des tu número. Te estaremos contactando."
La máscara de amabilidad ha caído por completo. La sonrisa cansada ha sido reemplazada por una frialdad calculada, sus ojos, antes rojizos por el llanto, ahora brillan con una dureza que no le había visto. Me extiende un móvil. Con manos temblorosas, marco mi número.
"Gracias", me dice, la voz sin emoción.
"Lo que yo haya dicho es lo que sucedió", replico, mi voz apenas un gruñido. El cansancio no me deja pensar con claridad. "No hay mentiras."
Vaelen me mira con sus ojos ámbar oscuros, una presión física real. Siento cómo la temperatura de la habitación sube un par de grados.
"Todos tenemos formas de protegernos, muchacho. Incluso si eso significa creer solo lo que podemos manejar."
"Brigs", interviene Mirel antes de que el aire vuelva a tensarse. Su voz es firme, pero tranquila. "Déjalo por hoy."
El líder del gremio aprieta la mandíbula. Su enojo no desaparece, pero sí se contiene, como si la intervención le hubiera puesto un freno visible.
"Bien", dice al fin, sin apartar los ojos de mí. "Lo seguiremos mañana."
La puerta se cierra detrás de mí. Mirel me espera en el pasillo, su rostro serio.
"Vete a casa, Brandom. Descansa."
Llego a mi dormitorio sumido en un letargo. Siento el peso de las últimas horas: la pérdida de Riven, Javi, Sara. La imagen de Riven aferrado al muñón del Lizardman me persigue. Me arrojo sobre la cama, con la ropa sucia y el cuerpo dolorido. Cierro los ojos, buscando una paz que el sueño me niega.
Pero el calor sigue ahí. El latido. No es mío del todo.
Siento la tristeza de Keila, una melancolía profunda que me envuelve como una manta fría. Luego, el miedo. Un pánico sordo, constante. ¿A qué le teme? ¿Acaso es mi culpa?
Me revuelvo en la cama. El sudor frío me empapa. Hay algo más, algo que no termina de encajar en mi cabeza. La medicina. El calor extraño.
El pulso empieza a bajar. Keila se calma. Y justo en ese momento, mi móvil vibra.
Un número desconocido.
Desbloqueo la pantalla. Una sola frase:
"Cenaremos contigo mañana. Debemos hablar. En persona."
Me hundo entre las mantas intentando encontrar algo parecido a la tranquilidad. Esta vez funciona. El agotamiento me vence.
Suena el despertador. Demasiado pronto.
Me arrastro hacia las clases, pero todo se siente diferente. Los pasillos de la Universidad me parecen más largos. Las conversaciones más ruidosas. Y sobre todo, las miradas. Demasiadas miradas. Demasiado interés.
Un grupo de estudiantes de segundo año se queda callado cuando paso. Sus ojos me siguen hasta que doblo la esquina. En la clase de biología, la chica que se sienta detrás de mí susurra algo a su compañera. Las dos me miran y apartan la vista cuando me giro.
Me concentro en mis apuntes. Es inútil. La silla vacía de Riven me taladra.
El móvil vibra. Notificaciones del grupo de chat donde pedí ayuda antes de... antes de que todo se fuera al carajo. Abro los mensajes.
"Joder, Bran, ¿viste el video?"
"En las noticias salió tu nombre."
"¿Es cierto lo del Lizardman?"
¿Video? ¿Qué video?
Sigo leyendo. Los mensajes se multiplican.
"Mi hermana dice que había fotos del tren destrozado."
"Salió en todos lados. La criatura, el vagón roto, todo."
"¿Cómo sobreviviste?"
El estómago se me retuerce. Abro el navegador del móvil y busco mi nombre. Las primeras entradas me golpean como puñetazos.
"Supervivientes del ataque confirman existencia de Lizardman degradado."
"Estudiantes de la Universidad de Veyr sobreviven a emboscada mortal."
Hay fotos. Del tren. Del vagón destrozado. Una imagen borrosa de algo grande y reptiliano saltando entre los árboles.
Cierro el móvil. Las manos me tiemblan.
Ahora entiendo las miradas. Todo el mundo se ha enterado. La prensa no apareció por casualidad en la estación; ya sabían lo que había pasado.
La clase termina y salgo disparado hacia la salida. Necesito aire. Necesito pensar. Necesito...
Necesito cobrar mi pago. Con todo lo que ha pasado, se me había olvidado completamente. El dinero de la misión. Mi mensualidad pendiente. El límite es hoy.
Y la cena. La cena que ni sé dónde será.
Bajo las escaleras principales de la Universidad, pero al llegar a la entrada me detengo de golpe.
Keila.
Está parada junto a las columnas de piedra, pero no se parece a la chica que conocí hace apenas unos días. Parece más pequeña, encogida sobre sí misma. Sus ojos barren la zona constantemente, nerviosa. Cuando me ve, se acerca casi corriendo.
"Brandom..."
Me toma del brazo sin decir más. Su toque es firme, pero tiembla. Es raro verla así. Cuando la conocí era distante y fría, segura de sí misma. Ahora parece a punto de romperse.
"¿Estás bien?", pregunto.
Ella abre la boca, como si fuera a decirme algo en voz baja. Sus labios apenas se separan. Pero antes de que pueda hablar, una bocina corta el aire.
Miro hacia el sonido. Un auto negro, elegante, está aparcado junto al bordillo. Reconozco las siluetas en los asientos delanteros. Sus padres.
Keila me aprieta el brazo más fuerte. Siento su pánico de alguna forma, una oleada fría que me baja por el pecho.
"Pensé que la cena sería más tarde", murmuró.
Keila traga saliva. Su mirada no encuentra la mía.
"Ha habido un cambio de planes."
La puerta trasera del auto se abre desde dentro.




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