Me subo se que no tengo opción, me hundo en el asiento de atrás, el olor a cuero caro y a ceniza seca me reseca la garganta. Keila se sienta pegada a la ventanilla opuesta, los hombros rígidos, su mirada fija en el paisaje urbano que se desvanece. No es la misma chica que me gritó en el vagón. Ahora, su pulso desbocado resuena en mi pecho, una corriente helada recorriéndome las costillas. Está aterrada.
Por el espejo retrovisor, los ojos ámbar del padre de Keila se clavan en los míos.
—¿No le has hecho nada a mi pequeña, verdad, Brandom? —Su voz es tranquila, excesivamente tranquila. El aire en el auto se vuelve pesado, una presión física real en mi pecho que me obliga a soltar una tos seca—. Ella no suele pegarse a un recién conocido. Solo quiero aclarar que fui un aventurero Rango A hace muuuuchos años, y…
Un carraspeo cortante interrumpe desde el asiento del copiloto. Margareth, la madre de Keila, apoya una mano enguantada en el brazo de su esposo, deteniéndolo en seco. Le susurra algo al oído en un tono que no capto, pero el padre de Keila aprieta su mandíbula y devuelve la vista a la carretera. La presión en el aire disminuye, dejándome respirar de nuevo.
El viaje se estira. Tres horas. Tres horas de silencio denso, solo roto por el suave zumbido del motor. El paisaje de Veyr da paso a colinas cubiertas de bosques, luego a caminos de tierra y, finalmente, a una edificación enorme de piedra antigua y techos altos. Una fortaleza familiar, no una mansión ostentosa. Aislada.
El auto se detiene frente a un portón de hierro forjado que se abre en silencio. Nuestro vehículo se desliza por un camino flanqueado por altos setos. La madera del volante cruje en las manos del padre de Keila. El chirrido metálico del portón al cerrarse resuena en el silencio. Suena a celda.
Keila se aferra al asiento. El miedo en ella es casi un sabor en mi boca. Me revuelve el estómago.
El auto se detiene frente a la entrada principal. Es una puerta de madera maciza, adornada con grabados de dragones entrelazados. Suena a fortaleza. Los padres de Keila bajan primero. Su madre se gira hacia nosotros con una media sonrisa tensa.
—Bienvenidos a casa, Brandom.
Keila no se mueve. Me mira. Sus ojos, ámbar oscuro, suplican algo. No sé qué.
—Sabes que no puedes hablar de esto, ¿verdad? —susurra, apenas audible.
Niego con la cabeza. Su miedo, ahora, es mi miedo. Una conexión fría, tangible, me une a ella.
El padre de Keila abre mi puerta. El aire exterior es fresco, pero algo más pesado. Me escanea.
—Espero que tengas buenas respuestas, muchacho. Entra ya. No me gusta esperar.
Bajo del auto. El peso de la realidad me golpea en el estómago. La inmensidad del lugar presiona. Detalles refinados en la entrada: piedra tallada, gárgolas que me observan. Siento la garganta reseca. La boca se amarga. Pienso en Riven.
—Joder, Riven… —murmuro. El viento se lleva mis palabras—. Podrías haberme prestado algo de dinero.
El pensamiento es un reproche, un grito mudo. Me invade una melancolía profunda. ¿Por qué diablos trabajabas arriesgándote en misiones de mierda conmigo si tu familia no necesitaba esos créditos? La frustración por mis deudas pendientes se mezcla con un dolor sordo. Cada paso es un clavo en el ataúd de mi amigo.
Keila se detiene a un par de pasos. Mi pecho se oprime, un eco de su propia tristeza. Gira la cabeza, me mira de reojo. Sus ojos ámbar se fijan en los míos. Una sonrisa diminuta se dibuja en sus labios, extrañamente humana. El horror del tren se disuelve un segundo, reemplazado por... ¿comprensión?
El momento se rompe. Su padre se gira. Saca su móvil. Keila reacciona.
Su rostro se tensa. Una máscara de desprecio fingido aparece. Me lanza una mirada helada, buscando restablecer su indiferencia. Mis costillas vibran. Aprieto los puños.
—Llamaré a los abuelos —anuncia el padre de Keila. Marca en la pantalla con un dedo grueso—. Les diré que almorzaremos con el amigo de Riven. Necesitamos ver si mi hermano puede ayudarnos con los trámites del funeral.
El aire se vuelve ceniza. Me trago un nudo de saliva.
El sonido de la puerta al abrirse es como el eco de una campana. Pesado. Final.
—Adelante —dice el padre de Keila.
Entramos en un vestíbulo con techo abovedado. Tapices antiguos cuelgan de las paredes, pero no los veo bien. Mi atención se clava en algo más inmediato: el calor. No es el calor normal de una casa. Es algo más denso, como si el aire mismo estuviera vivo.
—Mi hermano llegará en una hora —continúa el padre, cerrando la puerta tras nosotros—. Los abuelos ya están esperando.
Seguimos por un pasillo largo. Nuestros pasos resuenan contra el suelo de piedra pulida. Keila camina delante de mí, pero su postura es rígida. Cada pocos metros, me mira por encima del hombro. Sus ojos buscan los míos con una urgencia que no sé interpretar.
Llegamos a una puerta doble de madera oscura. La madre de Keila la empuja. Se abre revelando un comedor que me deja sin aliento.
Una mesa de madera maciza domina el centro. Es larga, lo suficiente para veinte personas fácilmente. Los candelabros de hierro forjado cuelgan del techo, ya encendidos. La luz dorada baila sobre los platos de porcelana blanca dispuestos con precisión militar.
Pero lo que me hiela es lo que veo alrededor de la mesa.
Solo adultos.
Hombres y mujeres de mediana edad, todos con rasgos similares. Los mismos ojos ámbar. El mismo cabello rojizo en diferentes tonos. Los mismo hombros anchos, la misma presencia densa que hace que el aire tiemble ligeramente.
No hay niños. No hay adolescentes. No hay nadie que parezca tener menos de treinta años.
Excepto Keila.
Mi estómago se retuerce. Es como si hubiera entrado en una reunión de consejo de guerra y fuera el único que no entiende las reglas del juego.
—Familia —anuncia el padre de Keila—. Este es Brandom Holt. El compañero de Riven.