El silencio duró tres segundos. Los conté. Uno: el padre de Keila respiró por la nariz. Dos: la madre abrió los ojos. Tres: la abuela sonrió. Y esa sonrisa fue lo peor de todo.
Una sonrisa que no llegaba a los labios, se quedaba en los ojos ámbar, brillando con una satisfacción fría, depredadora. Una sonrisa que me decía que acababa de caer en una trampa de la que no había escapatoria. Que Keila había cometido un error, pero el precio lo pagaría yo.
Siento el miedo de Keila latir en mi propia sangre. Me quema las venas. La conexión se tensa, se vuelve una cuerda vibrante que nos une. Su desesperación me araña por dentro, me arrastra a su pozo de pánico.
El calor en la sala aumenta aún más, y esta vez, percibo el esfuerzo que le supone a Keila contenerlo. Pequeños temblores recorren su cuerpo, apenas visibles bajo la mesa, pero yo los siento como si fueran míos.
El padre de Keila rompe el silencio. Su voz es un susurro apenas audible, pero resuena en la habitación como un trueno.
—Así que... nos has mentido, Brandom Holt.
Su mirada se clava en mí, tan intensa que me siento desnudo. No es una pregunta. Es una afirmación. Y no hay negación posible.
Mi garganta se cierra. Intento tragar, pero no hay saliva. Busco las palabras, un refugio, una excusa. Nada. Mi mente está en blanco, vacía de cualquier estrategia, solo invadida por el terror de Keila.
La abuela interviene, su voz ronronea con una dulzura engañosa.
—No, Vaelen. El muchacho no mintió. Omitió. Que no es lo mismo. Una omisión puede ser... proteccionista. Inocente, incluso. Depende de las motivaciones.
Ella vuelve a sonreír, esta vez directamente a mí. Una invitación a confesar, a exponer mi alma. Una trampa.
Vaelen, sin embargo, no sonríe. Su mirada no se aparta de la mía.
—Las omisiones en esta familia son traiciones, abuela. Sobre todo cuando en medio está el despertar de una de las nuestras. Y más aún cuando en medio de la omisión está la muerte de mi hijo.
La temperatura baja de golpe. No por el control de Keila, sino por la furia contenida de Vaelen. Un frío gélido me recorre el cuerpo. El aire se vuelve pesado, denso. Es una amenaza silenciosa, palpable.
—Explícate, muchacho. Ahora. —dice Vaelen, y la última palabra es un siseo contenido.
Siento el nudo en el estómago. La conexión con Keila me exige protegerla, pero la presión de Vaelen me asfixia. No puedo mentir. No puedo traicionar.
Inspiro. El aire es denso.
—No sabía qué informar —digo, mi voz apenas un murmullo ronco—. Riven me dijo que protegiera a Keila.
Vaelen levanta una ceja, imperceptiblemente. Pero el gesto es tan calculador como un golpe.
Un segundo. Solo un segundo de silencio punzante antes de que una mano impactara en la mesa, un golpe seco que me hace sobresaltar. La madre de Keila levantó el puño y el sonido retumbó en la estancia. Un carraspeo ahogado, una risa contenida, flotó en el aire, proveniente de algún lugar al otro lado de la mesa que no alcanzo a ver.
La madre de Keila me mira, sus ojos ámbar un poco más suaves que los del padre.
—Perdona a mi marido, por favor —su voz, a diferencia de la del padre, es pausada, casi melodiosa—. Está... afligido. No somos gente de malos modales, Brandom. Yo soy Margareth. Él, Vaelen. Mis suegros, Darya y Theron, ya en su momento conocerás al resto.
Apunta a cada uno con un leve movimiento de cabeza. Rostros serios, algunos con los mismos ojos ámbar intensos de Keila y Riven. Siento la presión de sus miradas como un peso físico. Keila, a mi lado, aprieta los labios, sus ojos fijos en la mesa. La cuerda que nos une se tensa hasta casi romperse. Su pánico escala.
—Ahora, por favor, Brandom —Margareth insiste, su voz adquiere un tono más firme, aunque sin perder la calma—. Te rogamos, como padres de Keila y de Riven... dinos la verdad. Toda la verdad.
Miro a Keila. Sus ojos se clavan en los míos, suplicantes. Una negación silenciosa y desesperada. La conozco hace apenas unos días, pero de alguna forma la entiendo. En este instante, nunca la había visto tan obstinada. Su miedo me envuelve, me asfixia. No quiere que hable. Pero ¿cómo no hacerlo?
Cierro los ojos un instante. Las imágenes vuelven claras para mí. El tren. Los goblins. Riven, su bastón convertido en una llamarada furiosa. El Lizardman. La sangre. El brazo arrancado.
Abro los ojos.
Mi boca sigue moviéndose mientras recuerdo.
—Fuimos emboscados... —empiezo, y mi voz recupera algo de fuerza—. Primero fueron goblins. Muchos. Demasiados para una emboscada normal, como dijo Javi.
Hago una pausa. Ya no veo esta mesa. Veo el tren. Veo a Javi empujando con todo el cuerpo. Veo a Sara cubriéndonos el flanco. Veo a Riven en pie, increíble, encendiendo su bastón.
—Riven se encargó de ellos. Él... él era increíble.
La frase se me quiebra un poco al salir. Trago saliva y sigo, porque si me detengo voy a romperme del todo.
—Luego apareció algo más grande. Un Lizardman, degradado, como le dije al líder. Era enorme. Riven intentó mantenerlo a raya para que pudiéramos escapar. Nos gritó que subiéramos al tren, que dejáramos la barricada, pero llegamos tarde.
Mi pecho se cierra. Las imágenes se vuelven más nítidas, más crueles.
—Cuando pude subir a Sara al tren, Riven se quedó atrás. Me ordenó que protegiera a Keila. Justo antes de que el Lizardman lo golpeara.
Parpadeo rápido. Ya no estoy segura de si veo la mesa o el vagón.
—Le arrancó el brazo... —la voz se me quiebra—. Pero aun así no dejó que el monstruo pasara. Lo estaba sujetando. Incluso con un brazo menos. Javi intentó ayudarlo, pero el Lizardman lo lanzó por la ventana. Sara estaba herida, no podía moverse. Y Riven... Riven me gritó que me fuera. Que me llevara a Keila. Que la protegiera.
Las palabras ya salen raspadas. La garganta me arde.
Cierro los ojos de nuevo. El momento en que subí a Keila al tren. El último atisbo de Riven atacando con una furia desesperada. La sensación de que todo estaba a punto de desaparecer.