Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 8: El Precio del Silencio

El aliento de Keila se detiene. Mis propias costillas sienten el apretón. El latido en mi pecho, ese que no es mío y a la vez lo es, se vuelve irrefrenable. Es el miedo de ella, transformado en un nudo de hielo y fuego en mi propia sangre. Keila se aferra al plato, sus nudillos blancos son la única parte de ella que no tiembla.

El silencio de los primos que aún esperan en la mesa se hace más profundo. Están allí, pero no nos miran. El plato de Keila sigue intacto, los trozos de carne asada, las verduras brillantes, como una obra de arte perturbada.

Noto los músculos de su mandíbula tensarse. El labio inferior le tiembla. De pronto, un sollozo se le escapa, un sonido ahogado que oculta en la mano que se pega a la boca. Rompe a llorar, sin ruido, las lágrimas rodando por sus mejillas. Mi camisa se pega a la espalda, el calor en la habitación arde.

—Keila —susurro. Mi voz es un ronroneo bajo, para ella, para calmar el pánico.

Ella niega con la cabeza, una lágrima cae sobre su mano.

—Esto es mi culpa.

La necesidad de tocarla es abrumadora. Mi mano se extiende antes de que mi mente lo piense. Un impulso. Rozo su brazo con mis dedos. Un escalofrío atraviesa mi espina dorsal. No es frío, no es calor. Es una corriente eléctrica que me conecta a ella.

Su cuerpo se sacude bajo mi toque. Los sollozos se intensifican, aunque Keila sigue sin hacer ruido.

—No. No es culpa tuya.

El latido que viene de ella se acelera. Su respiración se quiebra de nuevo. Los primos siguen allí, en el fondo, escuchando. No dicen nada. Sus presencias son como estatuas.

—Debí dejarte morir.

La frase me golpea. La pronuncia con una convicción que me helaría la sangre si no estuviera ya ardiendo por su calor. Sus ojos ámbar, velados en lágrimas, me miran con una desesperación profunda.

—No digas eso.

Keila se libera de mi mano. Se levanta de golpe, su silla arrastrándose contra el suelo de piedra. El sonido resuena en el comedor vacío, rompiendo la quietud. Su movimiento atrae las miradas de los demás.

—De todos. —Su voz es apenas un suspiro, como si las palabras le costaran salir—. De nosotros.

Sale corriendo del comedor, sus pasos resuenan por el vestíbulo. El ruido se pierde en la distancia. Me quedo solo, de pie en un silencio que se vuelve aún más pesado. Mi mano todavía siente el rastro de su piel.

Los primos nos tienen la mirada pegada. No dicen nada. Sus ojos ámbar, idénticos a los de Keila, me evalúan. Un escalofrío me recorre la espalda, aunque el calor no disminuye. Mi propia conexión con Keila es ahora un eco de ausencia. El terror se mantiene, pero distante, como una nota de música que sigue vibrando en el aire mucho después de que la cuerda dejó de sonar.

Me siento de nuevo, mi silla emite un crujido. Vuelvo a mi plato. La carne asada parece ahora plastilina. Mi apetito se ha ido por completo. La historia de la abuela. Suelta en el aire. Un hilo suelto.

—¿Qué fue esa historia? —pregunto en voz baja a nadie en particular.

Uno de los primos, un chico delgado con el mismo cabello naranja suave que Keila, me mira directamente.

—Esa, mi amigo, es una historia muy vieja. Y no es tu historia.

Los pasos de Keila se detienen a mitad del pasillo.

El eco rebota contra las paredes de piedra una vez, dos veces, hasta desvanecerse. Escucho su respiración entrecortada desde aquí. El latido descompasado que viene de ella me perfora las costillas. Está a punto de colapsar.

Se gira. Sus tacones rechinan contra el suelo. Los pasos vuelven, más rápidos ahora, decididos. Los primos levantan la vista de sus platos cuando la silueta de Keila aparece de nuevo en el marco de la puerta. No viene caminando. Viene casi corriendo.

Se planta frente a mí con un movimiento brusco que hace temblar mi silla. Sus ojos ámbar, antes feroces y protectores, están ahora inyectados en sangre y anegados en lágrimas que se niegan a caer. Tiene las pupilas dilatadas por el trauma, el temblor en los labios, la respiración rota. Pero no huye. Se queda.

Me agarra de la camisa.

Sus manos pequeñas pero ardientes se enredan en la tela, arrugándola, apretándola contra mi pecho. El contacto activa algo de golpe; mi propio corazón imita el ritmo frenético del suyo, un golpe violento en mis costillas que me deja sin aire. Su calor volcánico me atraviesa la ropa, me llega a la piel. No duele. Debería quemarme, pero mi sangre ya procesa su temperatura.

—Gracias... —su voz se quiebra por completo, perdiendo toda la firmeza que le había conocido—. Gracias por haber llorado por mi hermano... por haber sido su amigo de verdad.

Me quedo helado.

La frase me golpea como un martillo en el estómago. No es lo que esperaba. No es lo que merezco después de haber provocado que la abuela nos arrinconara hace cinco minutos. Sus lágrimas finalmente caen, calientes, manchando mi camisa.

Pienso en las miradas evaluadoras de los adultos Drakos que acaban de salir de la sala. En cómo hablaron de Riven como una "inversión perdida" o un "guerrero valiente", pero nunca como su hijo muerto. Como si el dolor fuera una debilidad humana que no les tocaba. Como si la muerte de mi mejor amigo fuera solo una transacción fallida en el linaje.

Keila me mira a los ojos. Percibo algo que me destroza: se sentía completamente sola en su duelo. Rodeada de un clan que solo valora la fuerza, los rangos y los resultados. Hasta que me vio desmoronarme a mí, un simple Rango E, por la pérdida de Riven.

Sus manos aprietan más fuerte la tela de mi camisa, buscando un punto de apoyo para no caerse al suelo.

—Nadie más... —dice entre sollozos contenidos, aguantando el peso de su propia herencia—. Nadie más en esta casa ha llorado por él como tú.

La culpa me aplasta. Quiero decirle que no merezco su gratitud. Que acabo de delatarla ante la abuela. Que he puesto en peligro nuestras vidas. Pero el pulso de su luto, transmitido directamente a mi pecho, me calla.




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