El aire se estanca. Me falta el aliento. Mi corazón retumba, un tambor desbocado en el pecho. ¿Dragones? Una parte de mi mente, la analítica, la que busca la lógica, grita que es imposible. La otra, la que siente el calor, el vínculo, el eco de un latido ajeno, sabe que no es una broma.
La abuela de Keila lleva dos dedos a la cicatriz en mi pecho. El contacto es helado. El metal vibra bajo su roce.
—El último... hace generaciones —dice, con una voz grave que resuena en la sala—. Cuando los vélum corrieron libres, antes de ocultarse.
Sus ojos, ámbar líquido, se fijan en los míos. No hay piedad. Solo una verdad ancestral.
—Nuestra sangre es fuego antiguo, muchacho. Escamas, aliento, la fuerza de los cimientos de este mundo. Los hombres pueden llamarnos magia, pero somos naturaleza.
Mis oídos zumban. El corazón de Keila late al unísono con el mío, un ritmo frenético que ahoga cualquier otro sonido. Siento su miedo, su vergüenza, su culpa. Y la mía propia.
—Keila es un despertar. Demasiado pronto, demasiado... inesperado.
La abuela me suelta. Su mirada se endurece.
—Pero no es la única ahora.
Vaelen se levanta de un salto. La silla cae con un estruendo. El aire a su alrededor se calienta, un aura de furia contenida.
—¡Abuela! —gruñe, con los puños apretados—. ¿Qué estás haciendo? ¡No es el momento!
La abuela se gira lentamente. Una ceja levantada. Vaelen achica los ojos, pero no retrocede.
—Este humano... —continúa, clavando en mí una mirada de odio helado—. No puede saber. Es la ruina de todos nosotros.
—Silencio, Vaelen —la abuela es una roca—. Ya lo sabe.
La presión en mi estómago se hace insoportable. Más allá de la culpa por Riven, más allá del dolor por Sara y Javi, un miedo nuevo se enrosca en mi alma. ¿Atado? ¿Yo, con la vida de Keila sobre los hombros?
Vaelen niega con la cabeza, una risa amarga escapando de sus labios.
—Él no es un protector. Es un estudiante. No tiene la fuerza. No tiene la sangre.
—Tiene su vida en la palma de su mano —responde la abuela sin ceder—. Si ella cae, él pagará el precio del Pacto. ¿No es suficiente incentivo para protegerla?
La garganta se me cierra. La abuela tiene razón. Siento el corazón de Keila, su miedo, su temblor. Es mío también. No puedo dejarla. No puedo dejarme caer.
—Un eslabón débil —escupe Vaelen, mirándome como si fuera la peor de las plagas—. Una carga.
La abuela me mira, ignorándolo por completo.
—Ahora eres su escudo, Brandom Holt. Si Keila muere, tú mueres. Asegúrate de que no haya ni una sola herida en ella. Ni un solo rasguño.
—¿Y por qué un dragón es aventurero? —El impulso me traiciona; las palabras salen secas, sin pensar.
La abuela me fulmina con la mirada. Es un vendaval helado que me atraviesa y apaga el calor interno. Keila aprieta los labios; sus ojos, antes cargados de miedo, ahora reflejan vergüenza. Vaelen sonríe.
—No esperarás que te contemos todos nuestros secretos solo porque te he dicho que somos dragones, ¿o sí, niño? —Su voz, acerada, raspa el aire—. No seas iluso. Mi única prioridad es proteger a mi nieta. Y ahora... sus corazones están unidos. La “medicina” que Keila te dio era una parte de su propio ser. Una entrega parcial de su alma biológica. Seguramente ibas a morir.
Un escalofrío me recorre. El latido de Keila se dispara, y el eco en mí se vuelve un redoble agónico. Sus pupilas se dilatan; la mirada queda fija en mí, pero vacía, como si no me viera. Se lleva las manos al pecho y el aire escapa de sus pulmones en un silbido ahogado. Es miedo. El de ella, convertido en pánico.
—Keila —Margareth se mueve hacia ella.
Pero Keila retrocede, sacude la cabeza y da un traspié. Su pie descalzo golpea el suelo con un golpe sordo. Respira con dificultad, como si se ahogara. Me empuja suavemente. Se aleja de mí, con los ojos ámbar desorbitados, atrapada por su propio miedo, que ahora también es mío. Las lágrimas apenas contenidas brillan en sus pestañas. Tropieza con Theron, se aparta con rapidez y casi corre hacia el pasillo. Su figura esbelta se tambalea. En el umbral del salón se detiene, con la cabeza gacha y los hombros tensos. Un sollozo queda suspendido en el aire antes de que desaparezca.
La miro irse. Un vacío me cae encima.
Vaelen explota.
—¡Abuela! ¡Mira lo que has hecho! ¡Asustaste a la niña! ¡Lo asustaste a él!
La abuela entrecierra los ojos. Ignora a Vaelen y me mira a mí. La cicatriz en mi pecho pica, palpita con cada latido que me queda.
—Ella se asusta por nada —dice, con una voz fría—. Su miedo no es mi problema.
El latido que Keila me transmite es un caos. Angustia. Repulsión. Miedo.
—Es un niño —dice Vaelen, ahora con una voz más suave, dirigida a su madre—. Nunca ha tenido un vínculo así. No sabe lo que se siente, nadie acá lo sabe.
La abuela no responde. Se gira hacia Vaelen, y sus ojos ámbar brillan con una furia contenida.
—Si no puedes controlarte, Vaelen, sal de aquí. No necesitamos tus lamentos ahora.
Vaelen aprieta los puños, pero obedece. Se da media vuelta y su figura maciza desaparece por el pasillo. Los demás familiares nos observan, inmóviles. No dicen nada. Solo miran.
—¿Siguen pensando que soy el tonto de tu hija? —pregunta Margareth, con la voz ahogada.
La abuela la ignora también. Yo doy un paso hacia la puerta para salir, para buscar a Keila. No puedo dejarla así.
—Niño —El tono de la abuela no acepta réplica—. No irás a ningún lado.
Me detengo. El suelo cruje bajo mis pies. El corazón me retumba con la fuerza de un martillo, pero no es mi corazón. Es el de Keila. Un dolor punzante me atraviesa el pecho. Un eco. El suyo. Mi latido se desboca, como un caballo salvaje. El ardor en mi cicatriz es insoportable. Jadeo. Todo da vueltas. Caigo de rodillas. El mundo se vuelve oscuro.
El suelo frío me despierta. Un pinchazo agudo en el pecho me recuerda dónde estoy, qué soy ahora. Mi cabeza late con un dolor sordo, pero el pánico de Keila ya no es una marea que me ahoga. Hay algo más. Una especie de calor tenue. Reconfortante.