Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 10: Ecos del Pasado

Intento caminar con las piernas temblorosas. El mareo no ha pasado del todo, pero la mirada de la abuela no admite debilidad. Sus ojos ámbar me atraviesan como si midieran cada fibra de mi resistencia.
—Vuelves de inmediato a la ciudad —dice con voz cortante—. No puedes quedarte aquí. Ella se encargará de llevarte. Tenemos asuntos internos que resolver.
Vaelen me observa con desprecio apenas disimulado. Sus brazos cruzados y la tensión en su mandíbula dejan claro lo que piensa de mí. Margareth evita mi mirada por completo, como si mi presencia fuera una mancha en su hogar. Theron permanece inmóvil, pero su silencio pesa más que cualquier palabra.
El latido de Keila sigue resonando en mi pecho. Angustia tal vez, mezclada con algo que no logro identificar. Repulsión, tal vez. O miedo. Cada pulsación me clava una aguja de culpa entre las costillas.
Una figura se acerca desde el pasillo lateral. Una mujer elegante, de movimientos fluidos, pero con algo más accesible en su postura que el resto del clan. Su cabello me llama la atención de inmediato: castaño oscuro, casi negro, completamente distinto de los tonos rojizos y cobrizos que dominan a los Drakos. ¿Por qué es diferente? ¿Es realmente parte de la familia?
Me dirige una sonrisa pequeña, conciliadora. Es el primer gesto amable que veo desde que llegué aquí.
—Vamos, Brandom —dice con voz calmada pero firme—. Te llevaré a casa. Es un viaje largo y tú necesitas descansar. Keila también necesita su espacio para procesar esto. Además, debe entrenar antes de volver al mundo humano.
Intento protestar, aunque las palabras salen débiles.
—Pero... el latido... siento su angustia.
—Lo sé, muchacho. Están conectados —responde, y hay comprensión genuina en sus ojos—. Pero ella necesita aprender a manejar esto sola. Y tú necesitas aprender a no dejarte consumir por sus tormentos. Lo que han forjado no es un juego. No puedes correr tras cada emoción suya.
Sus palabras me golpean con la fuerza de la verdad. El vínculo con Keila es real, innegable, pero también es una prisión si no aprendo a controlarlo. El pánico en mi pecho se intensifica por un momento antes de estabilizarse en un latido más pausado.
La mujer extiende una mano hacia la puerta.
—Soy Elara, por cierto. La hermana de Vaelen.
¿Hermana? Su cabello sigue intrigándome, pero no es momento para preguntas. Asiento y la sigo, sintiendo las miradas del clan clavándose en mi espalda como dagas silenciosas.
Caminamos hacia la salida. Cada paso me aleja de Keila, y el vínculo se estira como una cuerda tensa. Su angustia no desaparece, pero se vuelve más tolerable, como un dolor de cabeza que se desvanece gradualmente.
La puerta principal se cierra detrás de nosotros con un eco definitivo. El sonido retumba en mi pecho, mezclándose con el latido errático de Keila. Estoy solo con una extraña, conectado a una chica que me odia tal vez, cargando con un secreto que podría destruirnos a ambos.
El viento frío me golpea la cara mientras sigo a Elara hacia un vehículo. La angustia de Keila sigue reverberando en mi interior, recordándome que mi vida ya no es mía.
Al cerrar la puerta y acomodarme detrás del asiento del copiloto, el coche de Elara es cómodo, mucho más que cualquier vehículo en el que haya viajado. Asientos de cuero suave, suspensión que absorbe cada bache. El motor ronronea tan bajo que casi no se oye. Solo queda el eco constante del corazón de Keila latiendo en mi pecho, irregular y doliente.
Llevo varios minutos mirando su cabello por el retrovisor. No puedo evitarlo.
—Señora Drakos... disculpe mi impertinencia, pero... su pelo no es rojo. El de todos los demás sí.
Elara sonríe, y por primera vez veo un brillo de nostalgia en sus ojos.
—Ah, ¿eso? Mi madre, la abuela Darya, era muy estricta con que todos 'mostráramos nuestro verdadero color'. En mi época de aventurera cuando empezaba, en mi fase más rebelde... me lo teñí. Y bueno, me gustó. Es un buen camuflaje, ¿no crees? Pocos se lo esperarían de un Drakos.
Asiento, sintiendo una conexión inesperada con ella. Alguien que también se rebeló contra las expectativas familiares.
—Supongo que sí.
El latido de Keila se acelera por un momento, luego se calma. Como si hubiera tenido un pensamiento doloroso y luego lo hubiera apartado. La punzada en mi pecho me hace cerrar los ojos.
—¿Cómo... cómo se supone que deba lidiar con esto? ¿Con su miedo?
Elara me observa por el retrovisor, sus ojos cálidos pero serios.
—Con paciencia, Brandom. Es una adolescente. Y con fuerza. No tienes que ser adivino para saber que está sufriendo. Pero no tienes que ser su sufrimiento. Te ha dado una pequeña parte de su núcleo, no su alma entera al desnudo.
Mi teléfono vibra contra mi pierna. Miro la pantalla: Mirel. Dudo un momento, luego contesto.
—¿Brandom? ¿Dónde estás? El maestro del gremio ha estado preguntando por ti, y no respondes. ¿Terminaste el informe del último encargo?
Su voz suena preocupada, con ese tono profesional que usa cuando hay problemas.
—Estoy de camino a casa, Mirel. Un viaje largo. Sí, el informe... lo haré en cuanto llegue. ¿Por qué el interés repentino del maestro?
Una pausa. Su tono cambia ligeramente, se vuelve más personal.
—Bran... escucha. Hablando del gremio... Sé que necesitas las monedas, pero... Con todo esto que está pasando... deberías dejar de buscar problemas, ¿sabes? Para ser doctor. Ella no querría esto para ti. No después de lo que pasó con... ya sabes.
El golpe es directo. La mención de "ella" me clava los dientes en la garganta. Ella. La hermana menor de Mirel. La chica que murió en una camilla mientras yo buscaba desesperadamente una manera de salvarla. Cuando el dinero fue mas importante que nunca.
Noto que Elara me observa por el retrovisor. Su expresión se ha vuelto más atenta, aunque no entiende el contexto. Los dragones de su rango deben ser sensibles a los cambios emocionales.
—En fin —continúa Mirel, retomando el profesionalismo pero con un matiz personal—. El maestro preguntaba por algún punto cardinal para una misión de grado A. Para un grupo, claro. No te agobies ahora. Solo... toma un respiro, ¿vale? Si necesitas algo... sabes dónde encontrarme.
La llamada termina. Me quedo mirando el teléfono, sintiendo el peso de la ironía aplastándome. Arriesgo mi vida como aventurero para ganar dinero que me permita estudiar medicina y salvar vidas. Algo que ella querría que hiciera. Pero el camino que tomo la traicionaría.
Elara rompe el silencio con voz suave.
—Las razones por las que luchamos a veces están más ocultas que nuestro verdadero rostro, ¿verdad?
El motor de Elara ronronea mientras el coche frena suavemente. Levanto la vista: la residencia estudiantil se alza, imponente y fría bajo la luz de las farolas. Un edificio de piedra gris que en este momento me parece tan ajeno como una fortaleza en otro mundo. Elara desengancha su cinturón, y yo hago lo mismo.
—Hemos llegado, Brandom.
Su voz es suave, ahora que he bajado del auto la tengo de frente. Hay un brillo de conocimiento en sus ojos color ámbar mientras me mira. No es lástima, tampoco burla. Es algo más viejo, más profundo.
—Cuídate, Brandom. Y no intentes luchar contra el vínculo. Observa, respira... y aprende.
Extiende una mano. En su palma, una piedra de río, pulida y tibia. Emite un calor sutil que casi me quema al contacto o eso creí. La tomo, la sorpresa esta caliente si, pero no siento que me queme.
—Para los nervios.
Asiento, mi garganta se siente seca. Elara me dedica una última mirada, una sonrisa fugaz que no llega a sus ojos, y sale del coche. La observo marchar. Su figura se aleja con una elegancia que contrasta con el ambiente callejero. El cabello castaño, casi negro, se fusiona con la oscuridad de la noche, y luego desaparece por completo. El coche se aleja, dejando solo el silencio y el eco de la piedra tibia en mi mano.
El aire frío de la noche me golpea, un recordatorio brusco de que estoy de vuelta. Solo. El silencio de mi habitación me envuelve. Un contraste cruel con el caos de las últimas horas. El calor de la piedra en mi mano es el único consuelo. Tiro las llaves sobre la mesilla. El sonido metálico resuena en la quietud.
Me quito la ropa sucia, el sudor frío pegado a la piel. La ducha es un alivio. El agua caliente arrastra la mugre y la tensión de mi cuerpo, pero no el nudo en mi pecho. Salgo, me seco, y me pongo unos pantalones de chándal y una camiseta vieja. No tengo hambre. Pero sé que debo comer. Encuentro una barrita energética olvidada en el fondo de un cajón y la mastico sin ganas.
La angustia de Keila o tal vez la mía. Persiste. Un eco ya familiar que se mezcla con mis propios pensamientos. Como un sonido de fondo molesto que no puedes apagar. Miro el reloj. Las once y diez de la noche. Mi mirada cae en el calendario de pared. Hoy es viernes.
Un golpe seco en el estómago.
Viernes.
No pagué la universidad hoy.
Una fecha límite. Era hoy. Tres días para encontrar una solución. Sino, estaré en la calle. ¿A dónde iría? ¿Cómo seguiría mis estudios sin un techo, sin recursos? La beca que tanto me costó conseguir, ¿perdida?
Me desplomo en la cama, exhausto. La piedra aún en mi mano. La Angustia de Keila, las palabras de Mirel resonando en mis oídos, el recuerdo de mi culpa, la amenaza del desalojo. Todo se mezcla en un torbellino. Llevo mi mano al pecho, sintiendo el latido errático de Keila, y mi propio latido, ahora acompasado. Una punzada de miedo. No solo por mí. Por Keila. Por todo lo que ahora está atado a mi destino. La necesidad de conseguir dinero para mi carrera de médico, para no tener que luchar y para proteger a Keila, es una urgencia ineludible.
—No hay vuelta atrás —susurro al techo oscuro.




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