La luz grisácea del amanecer se filtra por las cortinas, pintando las motas de polvo en el aire. El techo, de un blanco pálido, parece una losa sobre mí. Mis ojos tardan en enfocar, la realidad se impone como un mazazo. Las imágenes de la noche anterior, escenas inconexas, se arremolinan en mi mente: la piedra tibia en mi mano, Elara y su mirada enigmática, la voz de Mirel, la urgencia de su llamada. Y, sobre todo, Keila.
Mi pecho late con un ritmo extraño, ajeno y propio a la vez. Es ella. Su angustia aún me habita, una sombra pegajosa que se instala en el rincón más vulnerable de mi cuerpo. No es solo un sentimiento abstracto; es una presión física, una especie de latido fantasma que me recuerda su existencia, su miedo, su vínculo. Me levanto con un quejido, cada fibra de mi cuerpo protesta por el movimiento. El catre cruje bajo mi peso, un sonido seco en el silencio de la habitación.
El suelo frío de madera me despierta más que un café. Tengo que resolverlo. La universidad. La beca. El alquiler. Toda mi vida en la ciudad pende de un hilo tan fino como la telaraña más frágil. No hay tiempo para el luto, no hay espacio para la desesperación. Solo la cruda necesidad.
Me muevo con una agilidad inusual para mi estado. La ducha fría, un golpe de realidad. Me visto con la misma ropa de ayer, está limpia pero arrugada. Cada movimiento es deliberado, cada acción tiene un propósito. No puedo permitirme dudar.
Mi mente es un torbellino de opciones, un plan de batalla en ciernes. ¿Misiones de alto riesgo? ¿Horas extras en algún trabajo sucio que nadie quiere? ¿Hacer el informe? Necesito un golpe de suerte, o una estrategia infalible. Mis dedos tamborilean sobre la mesa, un ritmo frenético que acompaña el galope de mi corazón.
La Conexión. Es una carga, sí, pero también una especie de ancla. Me obliga a seguir, a no rendirme. Si yo caigo, ella también. La idea es un aguijón constante. No tengo el lujo de flaquear. No tengo el lujo de ser un humano normal.
Abro la puerta de la habitación. El pasillo está vacío, pero siento miradas fantasmas que me acechan. Los cuchicheos, los murmullos, el video viral en las redes. El "héroe" que volvió del tren de la muerte. No hay héroe. Solo un chico desesperado por el dinero me digo a mi mismo.
Bajo las escaleras a zancadas, la mochila apretada contra mi espalda. Cada paso es un acto de desafío. Al gremio. Allí, entre los tablones de anuncios y el bullicio de los aventureros, está mi única esperanza. Tendré que enfrentarme a Mirel, a su cautela, a su extraña solicitud, a su dolor. Tendré que ignorar la constante presencia de Keila en mi pecho. Pero la incertidumbre me carcome. ¿Qué pasa si no hay misiones? ¿Qué pasa si no soy suficiente? ¿Si no alzando a dar un informe que satisfaga al Maestro del Gremio? La respuesta me golpea como un puñetazo: debo serlo.
El futuro de mi carrera, la frágil vida que aún conservo, y esa punzada de vida ajena que ahora comparto, dependen de ello. No importa cuán arduo sea, no importa cuánto me cueste. Tengo que conseguirlo.
El bullicio del Gremio me golpea apenas empujo la pesada puerta de madera. Huele a sudor, a pergamino viejo y a café barato. Aventureros de toda clase se agolpan en el mostrador de misiones, sus voces se mezclan en un zumbido constante. Un sujeto con barba trenzada discute el pago de una cacería con una maga de mirada fría. Un grupo de jóvenes, probablemente de la universidad como yo, revisa un tablón de ofertas con avidez. Me siento un poco fuera de lugar, distinto a todos, con el latido de Keila resonando en mi propio pecho.
Mis ojos barren la estancia, buscando una cara familiar, alguien a quien entregar el informe que, espero, satisfaga las dudas del Maestro Brigs y alivie la tensión de Mirel. Supongo que su pequeña oficina en el fondo es el lugar adecuado.
Estoy a punto de iniciar mi camino entre la multitud cuando una mano suave se posa en mi hombro. El tacto me sobresalta, mi piel se eriza. Me giro, el corazón dando un vuelco, listo para cualquier cosa.
Una sonrisa cálida ilumina el rostro de Elara. Sus ojos ámbar, parecidos a los de Keila, me miran con una intensidad que va más allá de la simple amabilidad. Lleva una camisa de lino y unos pantalones de viaje, cómoda, pero con ese aire de quien sabe moverse.
"Brandom, me alegra verte", su voz es un susurro arrullador que apenas se eleva sobre el ruido del Gremio. "Pensé que habrías pasado una noche difícil después de todos los eventos."
Mi cuerpo se relaja, pero la tensión interna no desaparece. El vínculo con Keila se retuerce, una punzada de ansiedad, como si ella hubiera sentido la cercanía de su tía. Elara me observa, sus ojos analíticos, como si pudiera leer cada uno de mis pensamientos. Hay una sabiduría antigua en su mirada, una comprensión tácita de mi desorden interior.
"Estoy bien, gracias", miento a medias, la voz ronca. "Solo... tratando de resolver algunas cosas." La miro a los ojos, consciente de que ella sabe mucho más de lo que dice, al igual que yo. Sus palabras no son una simple preocupación; son un mensaje, un recordatorio de que no estoy solo en esto. Ella me escudriña, una evaluación silenciosa. Sus dedos se aprietan un poco más en mi hombro, un gesto que intenta ser reconfortante, pero que se siente más como una advertencia. Una corriente de electricidad pasa entre nosotros, un eco de la magia de su familia. Me alejo sutilmente, el escalofrío recorre mi brazo.
La gente se mueve a nuestro alrededor, ajena a la burbuja que se forma entre Elara y yo. Pero alguien no está ajena. A unos metros de distancia, en el mostrador principal, la cabeza de Mirel se gira. Su expresión, normalmente profesional, se distorsiona ligeramente. Me observa con una mezcla de curiosidad y algo más, algo que no logro descifrar del todo. Sus ojos se clavan en la mano de Elara sobre mi hombro. Un tic nervioso aparece en su pómulo. Deja de atender al aventurero que tiene delante. La preocupación en su cara es palpable. Comienza a moverse, despacio, hacia nosotros.