Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 12: Promesas en el Silencio

El paso por los pasillos del gremio se hace eterno. Cada risa, cada saludo entre aventureros, cada cartel de misión exitosa, todo es un eco hueco ante el nudo en el pecho. Por primera vez en mucho tiempo, no tengo la urgencia de salir a buscar una misión. El peso del dinero en mi cuenta, el pago sucio, trae un alivio ambiguo. Es suficiente. Al menos por un tiempo. Pero la melancolía se aferra, densa y fría.

Salgo del gremio, el sol de media mañana me golpea, brillante, indiferente al caos en mi cabeza. El campus universitario hierve de vida. Es sábado y la atmósfera desprende una ligereza que me irrita. Veo parejas compartiendo cafés, grupos de amigos riendo en el césped, los libros olvidados a un lado. Chicos y chicas que no han visto la muerte de cerca, que no llevan la memoria de un amigo con el brazo arrancado, ni la culpa de una chica pequeña llorando en un rincón. Sus sonrisas, ajenas. Mi soledad se acentúa.

Me dirijo hacia los dormitorios. La beca está a salvo, al menos por ahora. El alojamiento también. Pero el pensamiento de Liz se instala, inevitable, con cada paso. La forma en que su cabello castaño claro se iluminaba bajo el sol, el brillo de sus ojos avellana cuando reía. Hace dieciocho meses que se fue. Dieciocho meses desde que mi promesa de ser médico, de salvar vidas, se estrelló contra la impotencia. La leucemia, un enemigo silencioso, se la llevó, sin que yo pudiera hacer nada.

¿Qué me diría ahora, Liz? ¿Sonreiría con esa sonrisa dulce que lo calienta todo? ¿O vería el cansancio en mis ojos, la sombra de la muerte que me persigue? Me imagino su mano en la mía, una caricia leve, tranquilizadora. Me pregunto si entendería esta maraña de culpa, este vínculo forzado, la soledad que me abraza aun rodeado de gente.

Su imagen me empuja. No quiero perder a nadie más. Riven, Javi, Sara. Y Liz. Se han ido. Y Keila... Siento su angustia, un eco distante en mi corazón. Me prometo, una vez más, que no seré un espectador inútil. Me haré fuerte. Lo suficiente para proteger a quienes le importan, a quienes me importan. Nunca fue mi deseo. Ahora es una necesidad ardiente.

El dormitorio está a la vista. Necesito un respiro, un momento de silencio, lejos de la cacofonía del campus. Pero hay algo más que necesito hacer. Una pequeña obligación, un ritual. Algo que me ancla a lo que era, a lo que no quiero olvidar. Algo que me recuerda el porqué de esta tortura de entrenamiento, de esta soledad autoimpuesta.

Mis pies cambian de dirección, alejándose de los dormitorios, me dirijo a las afueras del campus para tomar un taxi, hago señas para que se detenga uno que va pasando casi justo cuando salgo del campus.

Un taxi se detiene, chirriando ligeramente. Abro la puerta trasera y me deslizo al asiento. La ciudad se desliza a través del cristal. Edificios que se alzan, gente que camina, bocinas que suenan. Todo en movimiento constante, ajeno a mi quietud interior.

"¿Adónde lo llevo, jefe?" la voz del taxista, ronca.

"Necesito una floristería... que no esté muy lejos del cementerio", respondo, mi voz sale más áspera de lo esperado.

El taxista me mira por el retrovisor. Sus ojos se clavan en los míos un instante. "¿Amigo o familia?"

Dudo. "¿Importa?"

"Para saber qué aconsejar", dice, volviendo la vista a la calle. "Hay sitios para todo. Algunas flores duran más el viaje que otras, si va a ser un trayecto largo."

"Un amigo. Una amiga", corrijo, la palabra resbala con facilidad, "se fue hace tiempo. Siempre decía que la vida era efímera. Que cada día cuenta."

El taxista asiente, un movimiento lento. "Sabias palabras. Los amigos, esos son los que se quedan incluso cuando se van." Arranca. El motor ronronea.

La ciudad se desdibuja en la ventana. Edificios, luces. La vida pasa a una velocidad vertiginosa, como una película acelerada. Me pregunto cuántos de esos rostros me verán mañana, o la semana que viene. Cuántos desaparecerán sin dejar rastro, como Liz. Su risa, su voz, el brillo en sus ojos cuando hablaba de sus sueños. Se fue tan rápido.

"Llegamos", interrumpe el taxista. Es una floristería pequeña, con un toldo gastado y macetas floreadas fuera. Los colores explotan, un contraste brutal con mi estado de ánimo.

Bajo. El olor a tierra húmeda y pétalos me envuelve. Elijo un ramo de girasoles. Liz los amaba. Decía que eran flores alegres, que siempre miraban al sol, no importaba la oscuridad. Los girasoles, tan vivaces, tan llenos de vida. Como ella, a pesar de todo.

Vuelvo al taxi, el ramo apretado entre mis manos. "Cementerio", pido, la palabra apenas un susurro.

El taxista no pregunta esta vez. Solo conduce. La ciudad sigue su pulso, indiferente. Las calles parecen más llenas, los coches más ruidosos. La vida, a mi alrededor, una explosión de energía que me agota. Pienso en Keila, en su miedo, en el constante eco de su corazón en el mío. En el vinculo, en la promesa de ser fuerte. En este dinero que arde en mi cuenta. Cuesta el precio de tres muertes.

El cementerio aparece a la vista. Un oasis de silencio y piedra. Un remanso de paz forzada. El taxi se detiene. El aire aquí es diferente, más denso, cargado de memorias. Una tristeza familiar me envuelve, pero también una extraña sensación de pertenencia. Este lugar, aunque marcado por el duelo, es donde me siento más cerca de ella.

El aire frío del cementerio me golpea, pero apenas lo siento. Las lápidas se extienden en hileras infinitas, cada una un recuerdo, cada una un adiós. Mis pies avanzan por el sendero de grava, crujido monótono que resuena en el silencio. El ramo de girasoles es un peso familiar en mis manos, una explosión de color en este mar de gris. Cada paso es una punzada, un eco del tiempo perdido, de las risas y los sueños que ya no están.

Finalmente, la veo. La lápida de Lizbeth Voss. Simple, de mármol pulido, con la frase grabada: "Siempre en nuestros corazones, donde la esperanza florece en cada nuevo amanecer." Me arrodillo, el frío de la tierra cala en mis rodillas, pero mi mirada está fija en su nombre. Dejo los girasoles con cuidado, sus pétalos dorados brillan bajo la luz mortecina del día.




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