El aire frío me golpea al salir del cementerio. El cielo se encapota, nubes grises anuncian lluvia. Los girasoles, un salpicón amarillo en la tierra oscura, parecen desafiar el día lúgubre. Siento una punzada, un eco vacío en mi pecho. La conexión con Keila, antes una cuerda tensa, ahora un vago recuerdo. Me ha soltado.
Subo al taxi. El mismo chófer, su rostro serio, me mira por el retrovisor. No dice nada. Un entendimiento tácito pasa entre nosotros. Me deslizo en el asiento trasero. El silencio es un bálsamo.
El coche arranca, dejando atrás las lápidas y el pasado. En mi mente, las palabras a Liz resuenan: me haré fuerte, los protegeré. Una promesa. Un juramento. El peso de ese compromiso me oprime, pero también me impulsa.
Al llegar al campus, la vida bulle. La ligereza del sábado por la tarde contrasta de forma brutal con mi oscuridad. Chicos y chicas ríen, caminan en grupos, libros en mano, sin una preocupación. Pido al taxista que se detenga a unos metros de la entrada principal.
"Gracias por esperar", le digo, mi voz ronca. Él no responde, solo asiente con la cabeza y el movimiento es pausado. Me entrega el recibo, cobrando lo justo, ni un céntimo más. Un gesto de respeto, una dignidad en el duelo.
Me bajo, la puerta se cierra con un clac resonante. El campus me parece hostil. Los árboles, las aceras, antes familiares, ahora me parecen extraños, ajenos a mi dolor. Las risas se sienten como burlas. Siento las miradas. El cuchicheo.
"...de la misión del tren. Imagínate".
Me tenso. Aprieto los puños. Finjo ignorarlos.
"¿Es él? Mira, el que sobrevivió..."
La palabra "sobrevivió" me golpea como un puñetazo. No suena a alivio, sino a reproche, a acusación. ¿Por qué yo? ¿Por qué no Riven, Javi, Sara? El nudo en la garganta se aprieta. La culpa, una vez más, me inunda.
Sigo caminando, la cabeza alta, aunque mi mundo se desmorona por dentro. En el camino a las residencias, saco mi móvil. Lo desbloqueo con el pulgar. Accedo a la cuenta bancaria. La cifra, irreal, manchada de sangre. El pago sucio. Setenta mil créditos aun separando la parte de Keila.... Demasiado.
Siete mil para la matrícula. Siete mil para ese futuro que prometí a Liz, para estudiar, para ser médico. Toco la pantalla, la transacción se completa. Un ding confirma. El primer acto para retomar el control. Para usar este dinero, este horror convertido en oportunidad.
El edificio de las residencias se alza frente a mí, de ladrillo y hormigón. Un refugio. O eso creía. Me pregunto si el silencio de mi habitación será suficiente para acallar los ecos de la culpa, los susurros de los demás. La duda me asalta. ¿Puede este lugar ser un refugio si yo ya no soy el mismo?
La puerta de madera, pesada y vieja, me espera. ¿Qué encontrará dentro?
Abro la puerta. El olor a cerrado me golpea, mezclado con algo más limpio, a desinfectante barato y sudor. Espero el vacío, el silencio sepulcral que ha sido la mitad de Riven desde que se fue. Espero encontrar mis recuerdos intactos, flotando en el aire inmóvil. Pero el espacio respira.
Mis ojos se clavan en la otra mitad de la habitación. No está vacía. Un bolso de gimnasio, grande y raído, descansa en el suelo, abriéndose por la cremallera para revelar una toalla arrugada. En la mesa de estudio, una pila de libros, "Fortaleza Corporal: Manual para Centinelas" se lee en la tapa del de arriba. La cama está hecha, las sábanas de un azul eléctrico, tensas y sin una arruga. Es un orden invasivo. No es el caos vivido de Riven.
Una figura se levanta del escritorio, interrumpiendo mis pensamientos. Es un chico corpulento, de hombros anchos y cabello castaño desordenado. Una sonrisa abierta, casi demasiado grande, ilumina su rostro. Sus ojos, amigables, me escanean.
"¡Eh! Tú debes ser Brandom," su voz resuena, llena de energía, casi como un ladrido amigable. Me sobresalto, mi cuerpo reacciona antes de que mi mente procese. "Soy Leonardo Rivera, tu nuevo compañero. ¡Un placer!"
No le devuelvo la sonrisa. Aprieto los labios en una línea fina. Mi mochila, pesada con el peso de mis promesas y mis batallas, se desliza de mi hombro y cae al suelo con un golpe sordo.
Leonardo, ajeno a mi rigidez, continúa. "Oye, siento mucho lo de tu amigo... y lo del tren. Menuda locura." Su tono es de genuina empatía, pero la mención del tren, de Riven, es un aguijón. "Me alegro de que estés de una pieza, tío."
No puedo responderle. La boca se me seca. Miro el suelo, la mancha indefinida en la moqueta raída.
"Gracias," murmuro, apenas un suspiro.
Me muevo hacia mi lado de la habitación, el territorio familiar. Mi cama, deshecha. Mi escritorio, cubierto de apuntes viejos y polvo. Un contraste brutal con el orden militar de su espacio. El silencio de Riven se ha ido. Ahora, un ruido amistoso pero invasivo llena su lugar. La habitación parece aún más grande, y yo, más pequeño. Más solo.
Leonardo carraspea, quizás notando mi falta de entusiasmo. "Soy de segundo, especialidad Centinela. Si necesitas algo, ya sabes." Hace una pausa. "He oído que eres bueno con la espada."
No lo miro. Deslizo mi mano por la tela de mi mochila. El cuero curtido se siente frío bajo mis dedos. Las palabras se agolpan en mi garganta, pero ninguna encuentra salida.
El fin de semana se difumina en una neblina de horas vacías. Evito la habitación, el parloteo constante de Leonardo, sus intentos bien intencionados de romper el hielo con anécdotas de Centinelas y estrategias de combate. Sus palabras, diseñadas para animar, solo rozan una cicatriz que supura. Cada "¡qué pasada!" o "¡tío, deberías ver esto!" es un recordatorio de Riven, proyectado en una silueta más voluminosa, demasiado viva. Paso las horas en la biblioteca, los ojos fijos en libros que no leo, o vagando por el campus, un fantasma entre los vivos.
El lunes llega con el gris pálido del amanecer filtrándose por la ventana. Leonardo ronca, su cuerpo un bulto en la cama pulcramente hecha. Me muevo en silencio, cada músculo protesta, pero no cede. Me visto con la ropa de entrenamiento, el tejido oscuro se siente como una segunda piel, una armadura. Mi espada de madera, el escudo de metal ligero, los cojo del armario. Pesan en mis manos, pero son un peso familiar. Ya no son solo herramientas; son mi promesa.