Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 15: Bajo la Superficie

El pasillo hacia El Crisol es un túnel de cemento rugoso, sin ventanas. El aire se vuelve denso a cada paso, cargado con el olor a óxido y ozono. Un contraste brutal con la atmósfera casi serena del Dojo de la Senda Única. Aquí no hay papel shoji, ni madera ni paz zen. Solo la promesa de la fuerza bruta y el control absoluto.

Cruzo el umbral, la luz pálida de los fluorescentes golpea la vista. El Crisol es una boca cavernosa y gris. Pilares de piedra, marcados por incontables impactos, se elevan hacia un techo imposiblemente alto. El suelo está agrietado, como venas rotas en la tierra. El rugido del entrenamiento me envuelve. No es el siseo medido de las espadas de madera, sino un eco salvaje de gruñidos, el estruendo de puños contra roca y el gemido de pesas que caen al suelo. La adrenalina flota en el aire, densa como el polvo.

Veo cuerpos en movimiento. Centinelas, la mayoría, golpeando, levantando, empujando. Conozco a algunos de vista, otros son completos desconocidos. Sus auras, aunque no puedo verlas en un sentido real, imagino que brillan con una intensidad feroz, descontrolada. Es el "Método de Límite y Refinamiento"; el agotamiento llevando al cuerpo al extremo para forzar una expansión.

Busco un rincón, un espacio donde pueda empezar mis propias pruebas, lejos de las miradas curiosas. Un hombro, ancho como una puerta, choca contra el mío. Leonardo Rivera. Sus ojos, antes amigables, ahora son dos puntos de concentración pura. Me sonríe, pero es una sonrisa tirante, de esfuerzo. No hay tiempo para palabras, regresa a su pilar, golpeándolo con una serie de puñetazos amortiguados por su aura creo. Su respiración es débil. Él también está persiguiendo algo aquí.

Estoy a punto de seguir mi camino cuando una voz, profunda y rasposa, retumba por la sala, silenciando el caos.

—¡Atención, ineptos!

Duncan Miller. Su figura se recorta contra uno de los pilares más grandes. Es impresionante, sí, pero no en el sentido de un guerrero musculoso de exhibición. Es la densidad de un bloque de granito, la resistencia forjada en mil batallas. Rango A.

—Aquí, cada golpe cuenta. Y lo que están entrenando no es solo fuerza física; es un control absoluto sobre su aura —la suya, puedo sentirla ahora. Como una montaña de acero, inamovible—. El camino hacia el rango A no es fácil, y no se alcanza en un chasquido de dedos. No hay atajos para el poder.

Su mirada se detiene en mí por un instante, un examen silencioso que me desnuda. Luego, se mueve, abarcando a todos. El mensaje es claro: aquí solo sobreviven los que están hechos de la misma fibra que él. Los débiles se rompen. Y yo, pienso, no tengo otra opción que ser fuerte.

El eco de la voz de Miller se desvanece, disolviéndose en el murmullo de los Centinelas que retoman sus ejercicios. Sigo observando sus movimientos, buscando una pista, una forma de entender cómo este caos se transforma en control. Yo, con mi aura apenas E, un parpadeo, una chispa, no un fuego, ¿qué hago aquí? Lizbeth, Riven, Mirel. El latido de Keila, a la vez un aliento y un ancla, me empuja. La promesa a Dorian retumba en mi cabeza: no hay atajos.

Encuentro un espacio libre, una zona con pilares más pequeños, menos marcados. Me estiro, imitando los movimientos básicos que recuerdo de las clases de Preparación Física. Flexiones lentas, sentadillas profundas. Cada músculo protesta, un recordatorio agudo de la paliza que me dio Camila esta mañana en el dojo. El dolor es un compañero familiar. Me anclo a él, lo uso para centrarme.

Intento, como Dorian en el dojo, visualizar el aura, pero no la mía, sino la de los Centinelas. Un brillo sutil, un halo alrededor de sus cuerpos. Me concentro, obligando a algo que no sé qué es, a fluir. Siento un hormigueo, un calor fugaz en mis palmas, apenas una milisegundo. Desaparece. Frustración.

En ese momento, mis ojos recorren la sala. Y ahí está. Camila.

Sentada en el suelo, con la espalda apoyada en un pilar más alejado, sus ojos cerrados. Su cabello castaño oscuro, ahora suelto, se pega a la frente con sudor. La respiración es errática, jadeante. Coge aire a bocanadas. Parece agotada, más que en el dojo. ¿Ella también está aquí? La sorpresa me golpea. Pensaba que los guerreros apenas entrenaban aquí. Este es el santuario de los Centinelas.

Se da cuenta de mi presencia. Abre los ojos, un destello de avellana, cansados, y me mira con una mezcla de sorpresa y algo parecido a la incredulidad. Al principio, duda. Su rostro, antes una máscara de agotamiento, se suaviza. Una pequeña sonrisa tira de sus labios.

"No puedo creer que hayas venido," su voz, un susurro ronco, se esfuerza por atravesar el ruido ambiente, "Pensé que el dojo te habría agotado por hoy".

Me acerco, mi propio cuerpo aún adolorido. "Tu también?", pregunto, mi voz un poco más áspera de lo que esperaba. Me apoyo en un pilar cercano, sin quitarle los ojos de encima.

Ella asiente, un movimiento leve que parece costarle. "Sí. Quería hacer algo más. No es suficiente solo calentar. Me siento frustrada, como si no avanzara en nada. Aún no tengo control de mis habilidades. ¿Y tú?".

Su frustración resuena con la mía. Al escucharla, el vínculo con Keila se retuerce, un eco sordo de ansiedad. Es la misma sensación de impotencia, de no poder controlar algo que debería ser parte de mí. Lo de ella es el aura, lo mío es esa pizca que debe salir. La ira de Keila se siente como una ola de calor que me sofoca un instante, un recordatorio de nuestra conexión incómoda.

"Necesito... necesito más", confieso, mirando mis manos. Manos de estudiante, ahora más curtidas, pero aún torpes para esto. "Mirel tiene razón. Lo del tren fue una mierda. No puedo... no puedo quedarme sin hacer nada. Necesito saber cómo usar mi aura. Cómo despertarla de verdad."

Respirando hondo, me centro en el dolor muscular. Cada latido de mi corazón resuena, amplificado por la omnipresente angustia de Keila. La siento como un nudo en el estómago, una presión constante en mi pecho. Me aprieto el puente de la nariz, intentando alejarlo.




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