El silencio de Duncan rompe la expectación. Camila carga. Sus piernas, un torbellino difuso de madera, la impulsan con una velocidad sorprendente. Mi escudo sube, un reflejo automático. Ella busca el flanco, su katana de madera un rayo oscuro. La veo moverse, siento la presión del aire que desplaza. Es puro instinto, electricidad salvaje.
Nuestros ojos se cruzan. Los suyos, avellana y feroces, se clavan en los míos. Mi corazón bombea. No es mi miedo, es el de Keila, una punzada fría, casi una advertencia. Pero también percibo su determinación, su rastro de rabia en mi pecho. Duncan me observa. Su mirada pesada, evalúa cada gesto, cada microsegundo. Sé que no mira la superficie. Busca el aura, siente la distribución, el flujo.
Camila intenta un tajo vertical. Mi escudo lo bloquea, el impacto seco resuena en mis huesos ya entumecidos. La espada de madera en mi mano derecha, pesada como el plomo, tiembla. No de su impacto, sino por el esfuerzo. Mis músculos gritan una queja silenciosa. El arma rebota en mi hueso del antebrazo del escudo, dejando la misma sensación que días atrás, no podía sostener un bolígrafo debido a los calambres y espasmos. Sus manos, sin embargo, tiemblan. Retrocede un paso. Sus ojos se abren, frustración latente. Intenta otro movimiento. Sus pies se clavan. Parece querer avanzar, pero algo la frena.
Ataca de nuevo. Un golpe lateral, una finta con el pie. Me muevo a la izquierda, el metal se encuentra con la madera, un raspón sordo. La veo estancarse, su cuerpo rígido.
Duncan se acerca lentamente. Su risa suelta, un sonido áspero.
"Tu miedo a retroceder está estancándote, Camila", la voz grave de Duncan corta el aire. Baja su mano, una señal. Ella se detiene, la katana suspendida. Su respiración agitada llena el espacio. "Cuando atacas, te desvías. Eso te está frenando. ¿Es ese el tipo de pensamiento correcto?"
Camila mira al suelo del Crisol, agrietado por miles de impactos. Sus cejas se fruncen, su boca se abre y cierra. Quiere responder, pero las palabras no salen. Puedo sentir su mente girando, conectando el concepto, la rigidez, que le remarca Duncan. Mis hombros están hundidos, el cansancio pesa plomo. Keila irradia irritación, una punzada en el pecho que me estabiliza, me mantiene de pie.
Duncan me mira un segundo, y luego sus ojos se dirigen a otros estudiantes.
Ella suspira, baja lentamente su katana, el movimiento revela el agotamiento en cada fibra. Se lleva una mano a su cabello color castaño. Me mira, una sonrisa fugaz, teñida de agotamiento. "Gracias", susurra apenas. "Por la observación. Ya lo sentía, pero no sabía cómo... esto ayuda."
El eco de la voz de Duncan se apaga entre los pilares de piedra. Camila se endereza. Un suspiro de alivio, casi palpable. Mi mirada se clava en mis manos. El temblor, ya la rutina del día. Mis hombros, hundidos.
Ella me sonríe de nuevo, esta vez de verdad.
"Creí que tu ibaa a ser más, ya sabes... 'estudioso'", Camila bromea, su aliento sigue pesado. Se acerca, inclinando la cabeza.
Me encojo de hombros, ajustando el agarre en mi espada de madera y mi escudo. La madera, ahora, un peso familiar. "Las circunstancias cambian". El recuerdo del tren, de Riven, me golpea, un puñetazo en la boca del estómago. La culpa se enrosca, un nudo frío. Keila. Su angustia punza en mi pecho, un eco constante.
Leonardo se acerca, su figura robusta se recorta contra el fondo cavernoso. "¡Brandom, Chica guapa! ¡Qué paliza se han dado!" Su sonrisa ilumina su rostro, un contraste con el sudor y el ozono del aire. "Nunca te había visto tan... entregado, Bran. De verdad, te veo mucho mejor."
El comentario me sorprende. Miro mis manos. Parece que he progresado en mas de un sentido. La mención de Riven en mi mente, del "antes", me hace revivirlo. Me esfuerzo por sonreír.
"Lamento haberte insistido antes", dice Leonardo, su voz más suave, casi arrepentida. "Es que... Riven siempre decía que tenías potencial. Nunca pensé que tanto." Se rasca la nuca, torpe. "Ustedes ya se conocían, ¿verdad? ¿De alguna clase, o algo?"
Niego con la cabeza. Camila también. "No, en realidad no", ella responde, su mirada se posa en mí. Hay algo en sus ojos, una chispa, una nueva capa de respeto. "Pero me agrada. Se esfuerza de verdad. Eso me gusta." Apunta mi pecho con su barbilla, señalando mi respiración forzada.
Leonardo se ríe a carcajadas, una palmada en mi hombro que me desequilibra un poco. No tiene mucha fuerza, pero el impacto se resiente en mis músculos magullados. "¡Pues parece que se conocen de toda la vida! ¡La química es perfecta! ¿Quién diría que un Centinela como tú, Bran, sería tan... 'ardiente' en el combate?"
El calor me sube al rostro. No por el cumplido, sino por la implicación. Camila se ríe, su cansancio se mezcla con el aire de camaradería. Una sensación extraña de ligereza me envuelve. Por un momento, el peso de Keila, de Liz, del Crisol, se aligera. Solo somos tres compañeros, compartiendo el final de un entrenamiento extenuante. Hablamos del agotamiento, de los músculos que gritan. Nos unimos en la fatiga. Es un respiro, un pequeño oasis de normalidad, otro duelo inconcluso con Camila.
El vaho de nuestra respiración se eleva en el aire frío del exterior. El sol ya cae, pintando el cielo de naranja y púrpura sobre los edificios de la universidad. Caminamos los tres juntos, los músculos doloridos, pero un extraño optimismo nos envuelve. Los ruidos de la ciudad regresan.
"Nunca me había sentido tan hecho polvo", refunfuña Leonardo, estirando la espalda. "Pero también, nunca me había sentido tan... vivo después de un entrenamiento."
Camila sonríe, el pelo pegado a la frente por el sudor. "Es la magia de Duncan. Siempre saca lo mejor de uno, aunque duela hasta el alma."
El cansancio. El dolor. Me obligo a mí mismo a seguir el ritmo. Pienso en Keila, en su angustia, que ha sido un murmullo lejano, como si la distancia aliviase la tensión o mis propias distracciones la acallasen. ¿Una señal de que estoy haciendo lo correcto, centrándome en hacerme más fuerte? No lo sé. Solo sé que el dinero del gremio me quema en el bolsillo, un recordatorio constante. Necesito ser mejor. Por ella. Por Riven. Por mí.