Caminamos por la acera helada, las luces de la universidad se tiñen de dorado conforme nos alejamos. Camila va delante, su gorro balanceándose ligeramente con cada paso. Hay un dinamismo en ella que me atrae, una energía que choca con mi cansancio. De repente, disminuye el paso.
"¿Será el 'Bull Fighter' ese?", dice, volteando la cara en nuestra dirección. "Tienen unas hamburguesas enormes, llenas de carne. He oído que es famoso por aquí."
Leo asiente, entusiasmado. "¡Exacto! ¿Lo conoces?"
"Solo de oídas", se encoge de hombros, "pero con lo que entrenamos hoy, ¡necesito carbohidratos y proteínas!" La sonrisa le ilumina el rostro, y por un instante, el cansancio desaparece.
Leo me codea, bajando la voz. "¿Ves, Brandom? Una chica así de guap... ¿y no se te ocurrió hablarle antes? ¿Cómo lo has hecho?"
Trago saliva. El calor de Keila en mi pecho aumenta, una advertencia, un eco. Su curiosidad. Es casi físico. Ella no entiende el contexto, solo percibe mi turbación.
"Pasó. Entrenamos." Mi voz suena ronca, incluso para mí. En verdad, no sé qué decir. No busqué a Camila. Simplemente... estaba allí. En el dojo esta mañana. En El Crisol. Luchando con esa misma frustración que me carcome.
Leo suelta una risita, una explosión de aire caliente. "Tú eres todo un misterio, ¿eh, Brandom? De repente, el chico de los libros se codea con la belleza del dojo. Riven estaría orgulloso."
La mención de Riven me golpea. Un pinchazo frío en el estómago. La culpa. Siempre la culpa. Agacho la cabeza, evitando la mirada de Leo.
Llegamos al 'Bull Fighter'. El local es ruidoso, lleno de estudiantes y el aroma de carne asada y patatas fritas. Encontramos una mesa en una esquina, un poco apartada del bullicio. El camarero llega de inmediato. Pedimos las hamburguesas más grandes, con doble ración de todo.
"Creí que ibas a ir al gimnasio después", le digo a Leo, tratando de cambiar el tema y normalizar la situación.
Él se ríe. "¡Después de lo de hoy, ni loco! Mi cuerpo solo pide una cosa: ¡comida! Y ustedes, ¿todo el día en el dojo o qué?"
Camila niega, su expresión se vuelve más seria. "Yo tengo clase de mi carrera en la tarde. Pero hoy ha valido la pena. Brandom, tu resistencia es sorprendente no contrasta con tu contextura. No me dejabas ver ni una abertura."
Un atisbo de orgullo, fugaz, se cuela en mi pecho. "Tú eres rápida. Tu katana... tiene una velocidad increíble."
"Me falta técnica con el aura", Camila suspira, el vaso de agua en sus manos. "Es frustrante. Sé que tengo el potencial, pero no logro concentrarla como debería. Miller me lo dice siempre, pero creo que hoy me dio una pista."
"Es cuestión de tiempo", le aseguro. "Y de repetición. Supongo." Lo digo con la autoridad que todavía no poseo.
Antes de darnos cuenta llegan nuestros pedidos.
Leonardo nos mira, alternando la vista entre nosotros, su sonrisa se ensancha. "Pues yo creo que hacéis una buena pareja. En el combate, claro. ¡Qué dedicación! Riven siempre decía que lo que a uno le faltaba, el otro lo tenía."
Mi corazón da un vuelco. Keila. La incomodidad se instala en el aire. La charla se apaga un poco.
De repente, Leo se inclina hacia delante, sus ojos clavados en Camila.
"Por cierto, ¿tienes novio, Camila? No he visto a nadie rondarte últimamente."
La pregunta cae como una piedra. El calor de Keila se dispara o es el ¿Mio?, un fogonazo de ansiedad. Mi estómago se revuelve. La conexión se agita, como si un sismo sacudiera nuestros latidos compartidos.
Camila parpadea. Un sonrojo sube por su cuello. Sonríe, una sonrisa que no llega a sus ojos. "No, no tengo novio." Se vuelve hacia mí, susurrando, casi inaudible. "Tu amigo es bastante directo."
Asiento, mi garganta apretada. "Sí. Ya he sufrido por eso. Nos estamos conociendo." Miro a Leo, luego de nuevo a Camila. "Pero en cierto modo... no me molesta. Lo veo hasta positivo. Es... sincero."
Leo escucha, su mandíbula casi desencajada por la carne que mastica. Una sonrisa se extiende por su rostro. "¡Eso es verdad!" dice, con la boca llena. "¡Soy un tipo sincero!" Levanta su vaso hacia mí, con los ojos brillantes. "¡Y tú también eres un tipo de los míos, Brandom!"
Camila ríe, un sonido cristalino que aligera el ambiente. "Bueno, pues sincero o no, no, no tengo novio." Su mirada se detiene en mí por un instante, y me pregunto qué ve. Qué piensa. ¿Cómo es posible que una chica como ella, con esa vitalidad, con esa belleza natural, esté sola? Es raro. O quizás, como yo, pasa sus días entre las aulas y el entrenamiento, sin tiempo para nada más.
"¡Qué noche! Es genial comer con otros y tener una buena conversación. Deberíamos hacer esto más a menudo", comenta Camila, su voz aliviada, mientras caminamos de regreso a los dormitorios. El aire nocturno es fresco, un contraste bienvenido después del calor pegajoso del "Bull Fighter" y la conversación cargada.
Leo asiente con entusiasmo, sus manos metidas en los bolsillos. "¡Claro que sí! Brandom, ¿qué dices? Tenemos que hacer más planes, esto de la universidad no puede ser solo estudiar y entrenar."
Me encojo de hombros, una sonrisa leve escapa de mis labios. El peso de Keila en mi pecho ha disminuido un poco, sus emociones ahora más distantes, como el eco de un tambor lejano. El alivio empieza a ganarle al torbellino emocional que cargaba antes.
"Suena bien", digo. "Aunque no prometo tener siempre hambre para una hamburguesa tan grande."
Camila se ríe. "Te acostumbrarás. O te harás más fuerte." Su mirada se cruza con la mía, y por un instante, el cansancio del entrenamiento parece desaparecer, reemplazado por una chispa.
La calle está casi desierta, solo el zumbido lejano del tráfico interrumpe el silencio. Las farolas proyectan largas sombras que bailan a nuestro alrededor. Nos envuelve una burbuja de camaradería.
Leo empieza a contar una anécdota sobre un entrenamiento fallido, donde un compañero intentó una técnica nueva y terminó con la cabeza pegada al suelo. Camila y yo reímos, el sonido cálido en la noche fría. La tensión entre Leo y Camila, esa incomodidad que afloró en el restaurante, se disipa con cada risa. O al menos, eso parece.