Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 19: El Dolor de la Perseverancia

El aire nocturno me azota el rostro mientras mis pies me arrastran de vuelta a las residencias. Cada músculo protesta, cada paso es un esfuerzo. La charla de Dorian, su negativa a enseñarme más, resuena en mi cabeza. No estoy listo. La frase punza. Keila. Su pulso, un tambor lento y pesado, empata con el mío. Siento su agotamiento. El mío es físico puro.

Llego a la habitación. El ronquido suave de Leonardo me saluda. La cama mi cuerpo necesita el descanso. Me desplomo sobre ella, demasiado cansado para quitarme la ropa. EL cansansio le gana a la razón. El cerebro, sobrecargado, empieza a ceder. La oscuridad me envuelve antes de que pueda procesar la.....

El sueño me atrapa sin concesiones. Ni un instante de resistencia. Me aleja de los Lizardmen, de los ojos de Dorian, de la incertidumbre de Keila. Un escape total. Un vacío bendito.

La luz gris del amanecer se filtra por la ventana. Un dolor punzante en todo el cuerpo me devuelve a la realidad. Como agujas calientes que me recorren desde el cuello hasta los talones. Cada articulación, un grito silencioso. Intento moverme, pero la cama parece haberme absorbido. Un gemido escapa de mis labios.

El olor a desinfectante persiste en el ambiente. El lado de Riven sigue ordenado, impoluto.

Me incorporo, un crujido resuena en mi espalda. La cabeza me da vueltas. Agarro el borde de la cama. El dolor es un ladrido persistente. Me miro las manos: ampollas en las palmas, los nudillos enrojecidos. Recuerdo los golpes, cada bloqueo, cada embestida en el dojo.

El espejo me devuelve una imagen ajena. Ojos hundidos, ojeras marcadas. Pero hay algo... El reflejo de Keila ¿Que hará tan temprano que siento algo que no es mío?. Una leve pulsación rojiza, intermitente, justo donde la cicatriz en forma de X palpita bajo mi piel. Una fuerza silenciosa.

"El dolor es solo una señal", susurro, la voz ronca. "Un recordatorio de que estoy vivo y que estoy mejorando. ¡No te rindas!"

Aprieto los puños. Un temblor me recorre. Dorian cree que no estoy listo. Sabe que hay otro camino que no quiere mostrarme. Pero si el dolor es una guía, si esta conexión es una brújula... algo está cambiando. Algo se está forjando en este cuerpo.

Me arrastro fuera de la cama. Cada paso, una prueba de voluntad. El dojo me espera, y Dorian también. Quizás ese "otro camino" se construye con cada gota de sudor, con cada músculo desgarrado. Quizás solo tengo que seguir picando piedra hasta que el maestro vea por sí mismo que, aunque la puerta esté cerrada, mi voluntad no caerá me volveré fuerte para proteger y un medico para salvar a como de lugar.

El dojo me recibe con el silencio helado del amanecer. Las puertas correderas, ya abiertas, invitan al tenue gris del exterior. Me acerco, mis pasos resuenan en el tatami inmaculado. Miro el reloj de pared: las 7:20. LLEGO temprano. Demasiado. El aire huele a madera pulida y el eco de esfuerzos pasados.

Las ampollas en mis manos arden, cada movimiento despierta un ejército de punzadas. Podría haber traído la espada de madera. Mi escudo. Pero prefiero no cargar con el peso, economizar cada gramo de energía. La necesidad de proteger a Keila, de cumplir mi promesa a Liz, me quema. Es un fuego lento, constante.

Me paro en el centro del dojo. El espacio me traga. Cierro los ojos. Trato de recordar la forma. La primera postura básica. Mis músculos chillan. Intento alzar los brazos, simular el agarre de una espada. Mis codos flaquean. Un temblor me recorre. El dolor no es una señal de progreso; es un muro.

Varios estudiantes empiezan a llegar, sus risas y conversaciones casuales rompen la quietud. Me ignoro ese sonido familiar. Intento de nuevo. Más alto. Más firme. Coloco las manos como si sostuviera el mango de mi arma. Las puntas de los dedos hormiguean. Imagino el peso, el equilibrio.

Un resoplido.

Abro los ojos. Un par de Centinelas me observan, uno lleva un bokken de madera. Se ríe, disimulando mal. Sus ojos bailan. Los ignoro. Respiro hondo. La conexión con Keila, un eco distante que me calma. El dojo se llena. Más estudiantes. Más risas ahogadas, miradas furtivas.

El intento, se vuelve más tosco. Mis brazos siguen sin responder. Como si el cerebro y el cuerpo hubieran olvidado cómo coordinarse. Siento la misma frustración. El fracaso me atenaza. Me cuesta reconocer. Estoy cansado, roto.

—Esto no puede ser... ¡solo un poco más! —grito, mi voz resuena en el espacio vacío—. ¡Levántate!

Mis manos simulan la espada, la levanto con un esfuerzo sobrehumano. El aire se siente denso. Pesa. Mis muñecas crujen. Los músculos del hombro se contraen en un espasmo. La "espada" invisible se tambalea. Se tuerce en mis manos. La dejo caer. El chasquido de mis palmas vacías contra el tatami es vergonzoso.

Otro se ríe. Ahora son varios. Susurran. Señalan. "El chico del tren". La historia se repite.

Me dejo caer de rodillas. El sabor amargo de la humillación llena mi boca. El dolor físico ya no importa. Es el cansancio, la debilidad. Mi voluntad.

Pero bajo la superficie, algo arde. Un rescoldo. Esta humillación. Estas risas. Será el combustible. Me trago el orgullo. Muerdo el interior de mi mejilla. Me levanto. Mis ojos buscan el reflejo en la madera pulida. Una sombra cansada. Sí. Pero no derrotada. No todavía. El latido de Keila es ahora un tambor de guerra, lejano, pero constante. Me empuja. No puedo fallarle. No puedo fallarles.

Este es solo el principio. Y duele. Rayos si duele.

El reflejo devuelve la imagen de un cansado. Ojos hundidos. Un fantasma. Pero no vencido. Me limpio el sudor que no existe, al menos en mi piel. Es humedad del alma, de la rabia contenida. Los otros estudiantes me miran, algunos con burla, otros con algo que solo puedo interpretar como lástima. Me importa una mierda.

Dorian aparece, su figura imponente se recorta contra la luz de la entrada. Su mirada se posa en mí, luego en los que se ríen. Un escalofrío recorre la sala. Los chismorreos mueren. El ambiente se tensa. Me espera. Siempre me espera. Pero ahora, no. El dolor es demasiado nítido.




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