El dolor de mis músculos es un arrullo comparado con la invasión del calor. Un calor que no es mío, que sube por mi garganta, me ahoga. La X en mi pecho palpita, un tambor desbocado. Me tumbo en la cama, busco el sueño, un respiro. Pero el alivio no llega.
Me encuentro en un vacío. Negro. Profundo. Sin límites. La oscuridad me oprime, me envuelve, me roba el aire. Intento moverme, pero mis extremidades son pesadas, inútiles. Floto, a la deriva, en esta nada. El pánico se enreda en mis costillas, las aprieta. No hay luz. No hay sonido. Solo la oscuridad y yo.
Entonces, la veo. A lo lejos, una figura rojiza, danzante. Keila. Envuelto en un halo de llamas. Llamas que lamen su cuerpo, pero no la consumen. Sus ojos, antes ámbar, ahora son brasas incandescentes. El pelo, un torbellino de fuego anaranjado, proyecta sombras grotescas a su alrededor. No grita. Su boca se abre, pero ningún sonido escapa.
Me acerco, o al menos creo hacerlo. La oscuridad cede un poco, dejando espacio a la visión. El fuego que la rodea es brillante, demasiado. Siento el calor en mi piel, un calor abrasador que me consume, me asfixia. Mi cicatriz arde.
Keila levanta una mano. Sus dedos, largos y delgados, me señalan. Su expresión es de angustia pura, desesperación tallada en cada rasgo de su rostro infantil. Sus ojos, los mismos ojos que vi en el tren, cuando se enfrentó al monstruo.
—¡Ayúdame, Brandom! —su voz es un eco, un susurro que apenas rompe el silencio del vacío, se cuela en mi cabeza, retumba en mis huesos— ¡No dejes que me queme!
Las llamas crecen. Más altas. Más brillantes. El calor se vuelve insoportable. Me quema la piel, el pelo, los párpados. Un dolor agudo me atraviesa. Es real. Tan real como el filo de la espada. Intento estirar la mano, alcanzarla, apagar el fuego que la rodea, la consume. Pero ella se aleja, las llamas la absorben, la funden con la oscuridad. Su grito, silencioso, retumba en mi carne. La X en mi pecho es ahora un infierno en miniatura. Palpita, late, quema.
Abro los ojos de golpe.
La habitación está en penumbra, teñida de azul por la luz del amanecer. Mi cuerpo, empapado en sudor frío. Un temblor me sacude de pies a cabeza. El corazón me golpea las costillas con furia. La cicatriz en mi pecho irradia un calor intenso. El fuego de las llamas, aún lo siento. El grito de Keila, todavía resuena en mi cabeza. Es una advertencia. Una sentencia. Una orden. No era un sueño. Era una invasión.
Me levanto de la cama, el sudor empapa las sábanas. La cicatriz aún palpita, y el grito de Keila, ese que resonó en mi cabeza, ahora se mezcla con el eco de mi propio pulso desbocado. Necesito agua. Necesito apagar este fuego interno.
Salgo de la habitación, mis pasos cautelosos en la oscuridad del pasillo. El aire está frío aquí, pero no me calma. La cocina comunitaria, al final del pasillo, se dibuja como un refugio. Entro. El silencio es denso, solo roto por el zumbido constante de la nevera. Abro el grifo. El agua corre, fría, cristalina. Lleno un vaso, lo bebo de un trago. No es suficiente. Lleno otro. La frescura líquida recorre mi garganta, pero el calor, el fuego que Keila sentía, persiste en mi pecho.
"Es solo un sueño", me digo, la voz en mi cabeza suena extraña, ajena. "No puedes dejar que esto te afecte." Pero la sed es insaciable, visceral. Bebo un tercer vaso, un cuarto. El agua mitiga el ardor, pero no lo anula. El corazón sigue martillando, un tambor tribal en mi pecho. Los nudillos de mis manos se blanquean al apretar el borde del fregadero de acero inoxidable. Estoy sediento, no solo de agua, sino de respuestas.
"Pero... ¿por qué se siente tan real? ¿Keila... Estas bien?"
Sus ojos, esas brasas en la oscuridad, se graban a fuego en mi mente. La desesperación en su voz, el fuego que la consumía. No puedo ignorarlo. No puedo fingir que fue solo una pesadilla de mi inconsciente. No cuando mi cuerpo reacciona así, ni cuando la X en mi pecho arde como una brasa viva. Este vínculo es una tortura, una conexión que me arrastra a sus infiernos personales.
Miro la oscuridad a través de la ventana de la cocina. El cielo es un manto negro, sin estrellas. Necesito volver a la cama. Necesito dormir. Pero el pensamiento de Keila, envuelta en llamas, no me abandona. Su miedo es mi miedo. Su dolor, mi dolor. La sed, el calor, todo es un eco de ella.
Un último vaso de agua. El frío se asienta por fin en mi estómago, aunque la cicatriz sigue punzando. La cama me llama, una promesa de olvido temporal. Regreso a la habitación, el aire fresco de la noche colándose por el pasillo. Me arrastro bajo las sábanas, los ojos fijos en el techo oscuro, intentando silenciar el ruido en mi cabeza. El sueño de Keila, el ardor, el grito... se repite una y otra vez.
Cierro los ojos con fuerza, buscando un refugio vacío, una nada que me separe de su angustia. Casi lo consigo, la tensión empieza a aflojar en mis hombros, los latidos recuperan un ritmo normal.
Entonces, la puerta se abre.
No hay golpe, ni el crujido familiar de la madera vieja. Solo el leve roce del quicio contra el marco, un susurro en la quietud. La luz tenue del pasillo dibuja una silueta. No necesito ver más para saber quién es. El vínculo con Keila, ese maldito cordón umbilical, me lo grita. No es su angustia la que me despierta, es otra cosa, una punzada fría, diferente.
Elara avanza, su figura esbelta se recorta contra la oscuridad. Su brazo izquierdo, sin embargo, es una masa. Un yeso blanco, grueso y voluminoso, lo inmoviliza desde la muñeca hasta el hombro. Su rostro, antes sereno, ahora porta un rastro de ceniza, sus ojos ámbar opacos, carentes del brillo habitual. Camina con una prisa contenida, sin hacer ruido, como si quisiera que el suelo la tragara.
Se detiene junto a mi cama. No pregunta si estoy despierto. Me mira directamente, y su mirada es un golpe helado.
"Brandom, lamento interrumpir, pero debemos ir. Esta noche será el funeral de Riven; recuperamos su cuerpo en la misión."