Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 21: Cargas Ocultas

Mis ojos se clavan en el yeso de Elara. Un rasguño, dice. No es un rasguño. El pulso de Keila en mi pecho martillea con la misma constancia que la verdad que intenta ocultar. Me duele la cicatriz. Me arde. Mi conexión con Keila, su miedo constante, es la prueba de lo que no dice.

—Cuando hay humanos cerca, no podemos mostrar todo nuestro poder. Debemos centrarnos en mantener nuestras formas humanas. Y los más jóvenes... somos los más débiles en comparación.

Su voz, antes un susurro, ahora raspa. La impotencia, la frustración, tiñen cada palabra. Sus ojos ámbar, normalmente cálidos, ahora brillan con una rabia contenida.

—Mi madre es mucho más fuerte, mi padre tampoco podría usar fuego y mantener su forma humana. —La frase cae como una losa. Las implicaciones me golpean, una tras otra. El control. La vulnerabilidad.

Mi mente vuela al tren, al ataque. La furia de Keila. Las llamas. ¿Cuánto se estaba conteniendo? ¿Cuánto había arriesgado al protegerme? ¿Al curarme? Siento frío, un escalofrío que no tiene que ver con la noche. No es solo que los magos son el objetivo, es que los dragones son el objetivo siendo magos.

—Creo que por eso somos los objetivos. Buscan frenar nuestro crecimiento. —Su voz se apaga en un susurro final, como si la revelación fuera demasiado pesada incluso para ella.

El silencio vuelve, pesado y opresivo. Miro por la ventana. Las luces de la ciudad se difuminan en el fondo, los edificios se vuelven borrones. Su declaración resuena en el aire. Limitar el crecimiento. ¿Qué significa eso?

Siento una punzada de pánico, un miedo irracional y profundo. Si ella es el objetivo, ¿qué soy yo? ¿Un escudo? ¿Un blanco?

El coche se detiene. Hemos llegado. Un cementerio antiguo, rodeado por un muro de piedra oscura. La luna arroja sombras alargadas sobre las lápidas. El aire es denso, cargado con el olor a tierra mojada y flores marchitas. Un par de coches negros ya están aparcados, sus figuras oscuras apenas visibles en la penumbra.

Elara apaga el motor. El silencio dentro del coche es ensordecedor. Me inclino hacia adelante, mis manos apretadas. El yeso de Elara, su relato, la confirmación de que hay algo más grande, algo más oscuro, detrás de todo. Todo se conecta en mi cabeza. El pago excesivo, la vigilancia.

La impotencia me invade. Soy un simple humano, sin aura. ¿Cómo voy a protegerla? ¿Cómo voy a proteger a Keila de un enemigo que ataca a los suyos, que busca limitar su propio crecimiento?

Mis ojos se posan en mi cicatriz palpitante a través de mi ropa. En la X que me une a ella.

Elara suspira.

—Tenemos que irnos. —Su voz suena cansada, pero su mirada es firme.

Abro la puerta del coche. El frío de la noche me envuelve, pero mi pecho arde. El calor de Keila. Su miedo. Su… ¿esperanza?

El misterio, la verdad oculta de los dragones. Sus limitaciones. Sus vulnerabilidades. El rompecabezas empieza a encajar. Y en medio de todo, yo, Brandom Holt, el humano con su corazón conectado a un dragón.

¿Cuántas verdades más esconden? ¿Para protegernos, o para protegerse a sí mismos, de qué?

La puerta del auto se cierra detrás de nosotros, un golpe seco que resuena en el silencio del cementerio. Elara avanza por el sendero iluminado por farolas intermitentes, su brazo enyesado se balancea rígidamente. La sigo, la voz de Keila, su miedo, el mío propio, me envuelven. Mis pasos se sienten pesados.

—Mi madre lo sospechaba... por eso te pidió que hicieras de escudo. —Elara rompe el silencio, su voz apenas un murmullo contra el viento. Camina sin mirarme, sus ojos fijos en la oscuridad del camino.

Elara frena el paso y se gira. Sus ojos, los mismos de Keila, me taladran, pero estos carecen del temor de la chica. Irradian un cansancio que congela el alma.

—Aunque sea una bruja vieja, sigue siendo astuta. —Vuelve a caminar, más lento ahora, su figura se recorta contra la tenue luz de los faroles—. De mi grupo, fui la única herida en la misión.

Cada palabra es un golpe. Escudo. Astuta. La única herida. Un nudo se forma en mi estómago. ¿Me usaron? ¿Me usará su familia? La familiaridad de la traición, de ser una pieza en el juego de otros, me golpea con la fuerza de un puñetazo. Riven. Su promesa.

Estoy furioso. Furioso con la abuela por su manipulación. Furioso con Vaelen por su desprecio. Furioso con Elara por su frialdad. Y conmigo mismo, por mi ingenuidad. Pero debajo de la rabia, crece otra cosa: una semilla de temor. Si alguien con su poder, con su experiencia, resulta herida... ¿qué posibilidades tengo yo?

Su dolor, el dolor que oculta bajo su sarcasmo, me llega a través del vínculo. No el de Keila, el de Keila es mi dolor, este es... diferente. Es una punzada de ansiedad que no me pertenece del todo. Me doy cuenta de que también siento por ella. ¿Es una extensión del vínculo o es mi humanidad?

La imagen de su brazo, el yeso, el peso de su "escudo" por Keila y el de Riven, se graba en mi mente. ¿Estoy viendo mi propio futuro? ¿Un futuro lleno de cicatrices y manipulaciones, donde la astucia de otros decide mi destino?

El aire frío me azota, un recordatorio de que no soy inmune al mundo, a sus consecuencias. Siento la angustia de Keila. Un latido fuerte, una mezcla de miedo y una determinación inquebrantable que no es la mía. Es suya. Y me recuerda mi propia promesa y por quién la hice.

Elara y yo subimos una cuesta suave, el viento gélido silba entre los árboles secos. A lo lejos, una estructura se alza en la oscuridad. No es una mansión, es una fortaleza. Piedra, madera oscura, grabados que insinúan dragones entrelazados. La misma arquitectura sombría que vi cuando vine a la cena. Este lugar no celebra la vida, honra la muerte con una solemnidad opresiva.

Un grupo de personas se agrupa alrededor de un catafalco, sus siluetas negras recortadas contra el tenue resplandor de unas antorchas. Reconozco a Vaelen, su postura rígida, a Margareth, los hombros temblándole. La abuela, imponente incluso en el dolor, preside la escena. Mi pecho se oprime, no solo por el frío. Es la culpa. El aire es denso, cargado de un dolor tan espeso que casi puedo saborearlo.




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