Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 22: Promesas de un Guerrero

Me arrastro hasta el ataúd de Riven por fin se puede soy el ultimo en acercarme. Cada paso es un peso muerto sobre mis hombros. El aire aquí no solo está helado, pesa. Me ahoga. Por un segundo miro a mi alrededor, los rostros desconocidos, el silencio sepulcral, y siento el impulso de salir corriendo, de buscar la bocanada de aire que me falta. Pero la X en mi pecho no me lo permite. Arde, me obliga a quedarme, a enfrentar esta agonía.

Siento el terror de Keila a través de la conexión, un eco distante pero punzante. Su miedo me ancla aún más, me recuerda por qué estoy aquí. No es por mí, no solo por Riven. Es por ella.

Finalmente llego al lado del ataúd. Bajo la mirada. Riven, mi amigo. Su rostro está pálido, cerúleo, sin vida. Parece dormido, un sueño profundo e ininterrumpido. No hay rastro de la sonrisa fácil, ni de la mirada protectora. Solo quietud. Demasiada quietud. Mis ojos se empañan, pero me niego a ceder. No aquí. No ahora.

Siento el pulso de Keila en mi cicatriz, errático, acelerado. Ella también está aquí, de alguna forma, sintiendo esto conmigo. Su miedo se entrelaza con mi promesa, una red invisible que nos une en este infierno gélido.

Apoyo mi mano en la fría madera del ataúd, un gesto inútil. Mis nudillos blanquean. Cierro los ojos, y las palabras que le prometí a Liz en mi pensamiento, las repito ahora en silencio, solo para mí, solo para Riven.

“Prometo que mantendré a Keila a salvo. No permitiré que sufra como yo lo he hecho o que sufra un destino cercano al tuyo amigo mío.

El compromiso, la fidelidad que había jurado a Liz, ahora se extiende a Keila. Es mi penitencia, mi carga. Y mi propósito. Siento el eco de mis propias palabras, “Prometo que el dolor se detiene hoy”, resonando en mi cabeza. Una especie de promesa de guerra. Mis mejillas están húmedas, no de lágrimas, sino del sudor frío que la X en mi pecho me provoca.

La voz de Vaelen me sobresalta.

“Parece que has recordado tu lugar, Brandom”. Su tono es un látigo, un recordatorio cruel de mi condición. No es una pregunta, es una afirmación cargada de desprecio. Me giro despacio, mi mandíbula tensa. Su rostro es una máscara de odio, sus ojos fijos en mí, la misma fría determinación que vi en Elara. La diferencia es que en sus ojos solo encuentro ira asesina.

El dolor de Keila se vuelve un grito mudo en mi cabeza. Un latido fuerte en mi pecho. Es una advertencia. Vaelen no está solo.

El frío de la noche me golpea la cara. Cada bocanada es un cuchillo en mis pulmones. Elara me guía fuera de la fortaleza, el brazo enyesado sigue siendo un recordatorio constante de su propia vulnerabilidad, aunque ella insista en ocultarla. No me mira. Nadie lo hace. Soy un fantasma que camina entre ellos. Subimos al coche, el silencio se adhiere a la tapicería, un sudario pesado. El motor arranca, el rugido me taladra los oídos y el traqueteo de la carretera me adormece. Mi mente está en blanco, vacía, solo queda el eco del latido de Keila, una melodía rota.

Elara por fin rompe el silencio.

—No sé qué decirte, Brandom.

Su voz es suave, casi un susurro, rasga el silencio pesado del coche. Mi mirada se clava en la ventanilla, el paisaje nocturno se difumina en una mancha oscura. No tengo nada que decir. No hay palabras para el vacío que siento.

—No tienes que decir nada –respondo, mi voz ronca.

Mis manos se aprietan en mis rodillas. La X en mi pecho no deja de palpitar. Me quema.

—Keila ha cambiado mucho desde el incidente del tren –continúa Elara, su voz ahora más firme, pero aún teñida de una melancolía que no le conocía.

Por el rabillo del ojo, veo su reflejo en la ventanilla. Sus ojos ámbar, normalmente calculadores, ahora brillan con una tristeza que me atraviesa.

—El vínculo… –Elara hace una pausa, buscando las palabras exactas–. La ha afectado, ¿verdad? Nunca se habría atrevido a desafiar a sus padres. Ni a Vaelen. Mucho menos a la abuela.

Asiento lentamente. El cambio en Keila no es solo emocional, es físico y lo siento. Lo sé. Ella ya no puede esconderse.

—Se ha vuelto más… valiente. Pero también más solitaria.

“¿Más solitaria?” El eco de mis propios pensamientos resuena en mi cabeza. Más sola, ¿cuando la he obligado a tenerme a mí? ¡Soy la carga! Mi corazón se encoge con una punzada de culpa. La soledad de Keila es mi propia soledad.

Elara gira el volante con un suave movimiento, el coche entra en una curva. Me mira de reojo, sus ojos se clavan en los míos. Su mirada me penetra, una mezcla de dolor, entendimiento y algo más, algo que no puedo descifrar.

—Por alguna razón, Brandom, parece que confía en ti.

Las palabras de Elara flotan en el aire, ligeras como plumas, pero me golpean con la fuerza de un martillo. ¿Confía en mí? Soy el único que la ha arrastrado a este infierno. ¿Cómo puede confiar en mí, soy débil…? El corazón de Keila late un poco más rápido ahora, un eco de mi propia confusión.

—Es por Riven –me atrevo a decir, mi voz apenas un susurro. Es la única explicación lógica.

Elara sonríe amargamente.

—No, Brandom. Es por ti. Keila nunca fue una muchacha que se dejara llevar por esas cosas. Vaelen la crio para ser fría, calculadora. Una líder. Pero contigo…

El "pero contigo" se queda en el aire, flotando como una sentencia. Me recuesto en el asiento, intentando asimilar sus palabras. La presión en la X aumenta, un eco de la turbulencia en mi pecho.

El coche se detiene en un semáforo rojo. Elara vuelve su mirada hacia mí, sus ojos ámbar brillan débilmente en la penumbra.

—Sé que es una carga, Brandom. Una enorme. Pero solo espero que puedas cuidar de ella. Riven confió en ti. Yo confío en ti.

El peso de sus palabras se asienta sobre mí. La noche, el coche, el silencio… todo parece converger en este momento, en esta promesa implícita que me está pidiendo. Siento el latido de Keila, y en esa conexión, percibo algo que va más allá del dolor o el miedo. Hay una fuerza inquebrantable, una determinación que me impulsa.




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