Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 23: Desafiando Límites

Los pasillos de los dormitorios, aún a oscuras, se extienden ante mí. El aroma a café rancio y la humedad del aire me golpean, recordándome dónde estoy. Mis pies descalzos tocan el frío suelo de baldosas, cada paso es una pequeña descarga eléctrica que me mantiene alerta. La cicatriz en mi pecho irradia un calor suave. Keila. Su latido es tranquilo, un ritmo que me infunde paz. Pienso en el dojo, en Dorian, en todo lo que debo aprender. Cada paso es un compromiso, una promesa sellada con la sangre de mis amigos.

Saco mi móvil del bolsillo. El frío del metal contra mi mano no me distrae. Mis dedos se mueven con rapidez inusual. Abro el chat de grupo que tenemos los tres. Escribo, la pantalla ilumina mi rostro en la oscuridad.

Yo: Hey, Camila, ¿quieres entrenar en el dojo hoy?

La respuesta tarda apenas un instante. Brilla en la pantalla, una ráfaga de energía que me contagia.

Camila: ¡Claro! Estoy lista para hacer todo lo que pueda para mejorar.

Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios. Es raro, me doy cuenta. Sonreír se ha vuelto un lujo. Pero Camila y Leonardo, con su entusiasmo, lo hacen posible. Su energía es un contrapunto a mi propia oscuridad en especial Leonardo.

Un nuevo mensaje aparece, de Leonardo. Me olvido de mi sonrisa.

Leonardo: Yo no puedo, estoy en el Crisol. Duncan me está ayudando con algo. ¡Suerte, los dos!

Mis cejas se fruncen. ¿Leonardo en el Crisol, con Duncan? Me sorprende. Leonardo es de segundo año, como yo. Duncan solo supervisa los entrenamientos más avanzados, la "fase de agotamiento" del Método. Parece que Leonardo ha ganado la atención del maestro. Hay un rastro de envidia en mi pecho. Pero la reemplazo con determinación. Bien por él. Yo tengo mi propio camino. Camino al dojo.

La imagen de Keila, ese sueño recurrente, invade mi mente. La siento. Está ahí. La angustia de hace unas horas ha disminuido, pero en sus latidos percibo una ligera inquietud, una sombra que aún no la abandona del todo. Mi promesa a Riven, a Liz, a ella misma, resuena más fuerte. La urgencia me quema por dentro. Entreno por mí, sí. Pero sobre todo, entreno por los que ya no están y por la que aún vive.

Empujo la puerta principal. El aire fresco me golpea la cara. El sol comienza a asomar, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados. Es un nuevo día, y yo estoy listo para enfrentarlo. Mi camino me espera.

El dojo me recibe con el silencio monacal de la mañana. Entro, sintiendo el suelo de tatami bajo mis pies descalzos. Recorro el perímetro, mi mirada se detiene en los racks de armas. Elijo mi espada de madera y el escudo, el peso familiar en mis manos. Keila, su latido distante, es un eco constante. Caliento, estirando cada músculo, hoy de nuevo siento mi sangre mas caliente como que picara, el dolor de ayer se convierte en la fuerza de hoy. El sudoren mi frente al iniciar unos movimientos de practica, se mezcla con el aire a madera y esfuerzo.

Camila entra, su coleta alta ondea alrededor de su cabeza como una bandera. Su energía llena el espacio.

“¡Brandom!” Se acerca, sus ojos avellana brillan con la misma intensidad que recuerdo. “Te adelantaste.”

“Quería aprovechar el tiempo,” respondo, mi voz ronca, el cansancio aún pegado a mis cuerdas vocales.

Ella toma su katana de madera, la empuña con una gracia natural que me impresiona. “Siempre tan dedicado. ¡Me gusta!”

Nos colocamos en posición. El aire vibra con expectativa, buscando la distribución táctica que Dorian me ha enseñado. “¿Lista?”

“Lista.” Una sonrisa diferente a la habitual con mas confianza.

El combate comienza. Es la misma danza de la última vez, pero algo es diferente. Sus movimientos son más rápidos, mas fuertes, más impredecibles. Esquivo un tajo vertical, el clack de la madera resuena en la sala. Bloqueo un golpe lateral, el impacto vibra en mi brazo. Ella no retrocede.

Distingo un brillo más intenso en sus piernas, en su centro. No es solo fuerza, es estabilidad. Cada ataque suyo es un desafío. ¿Estará usando aura?, ¿tanto cambia el aura de usarla a no usarla?. Empiezo a sentirme superado. Cada intercambio, la madera choca, pero ella no cede terreno. Mis brazos pesan. El escudo, anclado a mi antebrazo, parece hecho de plomo con sus golpes tan pesados.

Un movimiento rápido, un giro de muñeca que no preví. La katana de Camila golpea el costado de mi espada, desviándola. Un instante de apertura. Su siguiente ataque es un relámpago, directo a mi abdomen. No puedo bloquearlo. El golpe me saca el aire. Caigo de rodillas.

Ella sonríe, jadeando. Su cabello se pega a su frente, pero sus ojos brillan con triunfo.

Me levanto, sacudo la cabeza, todavía aturdido. “Vaya, no puedo creerlo, ¡me has ganado!”

Camila se ríe, una risa clara y felicidad. “Gracias a los consejos del maestro Duncan. Ahora entiendo que mi aura estaba trabada porque tenía una mentalidad de no retroceder por temas personales. Si me concentro, puedo al menos hacer que deje de anclarme a no retroceder, y esta vez fui más fuerte.”

Mi frustración burbujea. Ella creció. Yo no. El latido de Keila se acelera en mi pecho, una nota de impaciencia. Ella también lo siente, esa necesidad de superar los límites, de no quedarse atrás. Miro a Camila. Su fuerza nueva me desafía, me obliga a buscar más en mí. Mis ojos se posan en una lanza de una mano más pesada. Mis manos se mueven sin pensarlo, buscando un arma que me otorgue la ventaja.

Mis manos sujetan la lanza, mis nudillos blanquean. El peso es ideal, equilibra mi cuerpo. El escudo se siente como una extensión. Camila me observa, su sonrisa se expande a medida que me reincorporo.

“¿Una lanza, Brandom? ¿Quieres hacerlo difícil?” La burla es ligera, pero su mirada desafiante me dice que está lista para lo que sea.

“No me subestimes,” espeto, el tono más afilado de lo que pretendo. El calor en mi pecho se intensifica, la “X” palpita con la impaciencia de Keila. Ella quiere que gane o yo quiero ganar. Quiere que me haga fuerte.




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