Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 24: Cruzando la Línea

“No.”

Mi voz, más firme de lo que esperaba, corta el aire. El chico de los cuchillos arrojadizos me mira, sus ojos ensanchados. Dorian, inmóvil, lo despide. Con un gesto, le ordena salir, el chico asiente y se desliza fuera, dejando el dojo en un silencio cómplice. Ahora solo estamos Dorian y yo.

El instructor me observa, su único ojo gris acerado penetra, una mirada que evalúa, que desafía. Me aferro al cuchillo, mis nudillos blanquean. Devolverle la mirada es un acto de audacia, casi de insensatez. El suelo tatami bajo mis pies ya no es frío, hierve. El latido de Keila es un tambor de guerra en mi pecho, resonando con cada fibra de mi ser, una mezcla de inquietud y resolución.

Dorian da un paso, luego otro, acercándose. Su paso es casi insonoro, siento una presión invisible, ¿será el aura?. No lleva armas, pero su presencia es una amenaza tangible. Mi pulso se acelera.

“Creí que habías entendido,” dice Dorian, su voz es baja, un susurro que exige ser escuchado. “El camino del aura no es para ti o no este año al menos, Brandom. Hay otros caminos.”

“No me redirija,” replico, cada palabra un fuego que me consume. La frustración explota. “¡Voy a convencerlo de que me ayude a despertar mi aura! Usted dijo que era posible, ¿por qué ahora se niega?”

Dorian se detiene justo delante de mí. Su aliento cálido roza mi frente. Su ojo, esa cicatriz que lo cierra, parece latir. La atmósfera se condensa, pesada.

“Porque puedes morir, niño.”

La brusquedad de sus palabras me golpea, pero no me hace retroceder. Miro el cuchillo en mi mano, un metal inútil sin control. Pienso en Riven, en Sara, en Javi. Pienso en el Lizardman. La impotencia.

“Y la gente ya muere en las aventuras,” el calor en mi pecho es casi insoportable, la rabia de Keila o la mía burbujea en mis venas. Una sensación de asfixia. “Si soy más fuerte, la posibilidad de morir baja. ¡Hoy Camila me superó sin problemas solo por el aura! Hace dos días estábamos igualados.”

Mis manos tiemblan, el cuchillo se balancea ligeramente. La imagen de Camila, de su katana, girando a mi alrededor, sus golpes fuertes. La diferencia es enorme. La X en mi pecho arde, un recordatorio doloroso de mi debilidad, de mi promesa.

Dorian no responde enseguida. Su mirada se desvía, recorre mis manos, las ampollas. Luego, se fija en un punto más allá de mi hombro izquierdo. El silencio es un juez severo. El aire se vuelve denso, cada partícula cargada de tensión.

“El aura no es un atajo, Brandom.” Su voz, cuando finalmente llega, es un filo. “Es un arma. Y como toda arma, si no la controlas, te mata.”

Es posible que me mate, ¿y qué? Ya he estado muerto... o casi. Siento el latido de Keila en mi pecho, fuerte, un eco de mi propia frustración. La X roja palpita, más intensa que nunca. Es un recordatorio constante de lo que perdí, de Riven, Javi, Sara. Y de Liz. La debilidad ya me ha costado demasiado.

“Me mata la impotencia, maestro,” mi voz se quiebra. Mis manos aprietan el cuchillo de entrenamiento con tanta fuerza que mis músculos protestan. “Me mata ver cómo otros avanzan, o cómo el peligro crece, y yo sigo aquí, atascado. Usted… usted fue quien habló del aura que la podria despertar, de la voluntad. De los caminos.”

Doy un paso hacia él, la distancia inicial desaparece. El olor a tatami y sudor me envuelve, una mezcla extraña de disciplina y desesperación. Busco sus ojos. Su ojo bueno me devuelve una mirada indescifrable, una mezcla de sorpresa y algo más, quizás comprensión.

“No debería haber mencionado esa posibilidad si no iba a hacerlo,” le digo, sin bajar la voz, cada palabra cargada de la rabia contenida de días, la frustración por cada entrenamiento donde el aura de otros me supera. “¿Para qué arrojar comida a alguien para luego arrebatársela?”

Mi argumento es un golpe bajo, lo sé. Es la metáfora de un niño al que le prometen un dulce y luego se lo quitan. Pero así me siento. Mi pecho se encoge, una punzada de ansiedad, el miedo de Keila se filtra, amplificando mi propio desespero. Mis pupilas se dilatan, la imagen de las llamas consumiendo a Keila en mi sueño se proyecta en mi mente. Necesito esto. La necesidad me quema.

Dorian guarda silencio, su expresión no cede. Me mira, no con desprecio, sino con la fijeza de un escultor evaluando una piedra bruta. Un leve temblor recorre su mandíbula. ¿Lo he movido? ¿O es solo mi imaginación, una esperanza vana?

El silencio se alarga, tenso. El aire del dojo, antes lleno de la promesa de combate, de esfuerzo, ahora solo contiene mi aliento entrecortado y la quietud del maestro. Finalmente, se mueve.

“¿Por qué, Brandom? ¿Por qué tanta prisa?” Su voz retorna, ahora teñida de una gravedad inquebrantable, desprovista de juicio, pero llena de una preocupación genuina. “Ese camino lleva al abismo a muchos, es mejor despertarla naturalmente.”

El dojo contiene la respiración, el suelo de madera ya no cruje bajo mis pies. Solo persiste el silencio denso, cargado de expectativas rotas y ahora, quizás, una nueva promesa. Los ojos grises de Dorian me taladran, buscan algo en mí que ni yo mismo comprendo del todo. La X en mi pecho arde, un eco salvaje de la temperatura de Keila, de su frustración, de su miedo. Miedo que se funde con el mío.

“Prisa,” mi voz es un murmullo. “No es prisa por avanzar, maestro. Es correr contra el tiempo, es luchar para no seguir siendo el eslabón débil. Riven… Riven está muerto porque no fui suficiente. Javi, Sara… y Ella… ella está en peligro y prometí protegerla. La X… la siento. Su dolor… su miedo… es mío. Necesito ser fuerte, maestro. No por mí. Por ellos, por mis amigos actuales y futuros amigos.”

Las palabras fluyen con la honestidad brutal de quien ya no tiene nada que perder. Mi mirada no se desvía, ni por un segundo. Veo la cicatriz que le cruza el ojo izquierdo, el testimonio silencioso de su propio abismo. Quizás él entiende. Quizás.

Un suspiro áspero escapa de los labios de Dorian. El sonido se siente enorme en el silencio del dojo. Sus músculos se tensan, una minúscula contracción que solo percibo porque mis sentidos están hiperactivos, buscando cualquier señal. Luego, se mueve. Un paso lento, calculado. Se detiene a un palmo de mí. El aire entre nosotros chispea con una energía invisible.




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