El aire en el pasillo estrecho de los dormitorios es frío, pero mi piel arde, mi garganta esta seca y siento que mi sangre quema. La mezcla de terror y euforia me persigue. Entro en la habitación, notando la tenue luz que se filtra bajo la puerta del baño. Leonardo está casi siempre estudiando hasta tarde, su ética a veces desesperante. Cierro sin hacer ruido, cada músculo de mi cuerpo tenso, alerta. Me quito los zapatos con cuidado, dejando que caigan al suelo sin el menor sonido, siento de alguna forma que lo que hago no es correcto.
La habitación comparte su silencio con el murmullo lejano de la vida del campus. Me muevo en la oscuridad se acerca lentamente indicando el fin del día. El sonido del agua en el baño cesa, y un momento después, la puerta se abre. Leonardo emerge, sus ojos enrojecidos por la lectura.
“Hey, Bran,” susurra, “¿todo bien?”
Asiento en la penumbra. No puedo hablar. No es que no quiera, es que las palabras se me atascan en la garganta. La mentira se siente pesada, el secreto aún más. ¿Cómo le explico que voy a una sesión de tortura autoimpuesta para intentar obtener poder para proteger? No, no puedo. No debo.
Se acuesta en su cama, un suspiro de cansancio escapa de sus labios. La luz de su pantalla de estudio aún ilumina débilmente el techo, pero se va atenuando hasta desaparecer. El silencio me envuelve de nuevo. La cama cruje bajo mi peso mientras me recuesto, boca arriba. Mis ojos miran al techo, buscando formas en la oscuridad. Los latidos de mi corazón buscando calmarme, a través de la X en mi pecho, son un tam-tam frenético, un eco de mi propia ansiedad.
Miedo. Puro e inalterado. El dojo estará vacío, frío, solitario. Dorian, con su cicatriz, me espera. ¿Qué me hará? ¿Qué significa ese "fuego que te consumirá"? Los recuerdos de la canica, la herida de mi pecho cerrándose, la sensación de no morir cuando debí... Todo se mezcla en una marea de incertidumbre.
Extiendo la mano lentamente hacia la mesilla de noche, buscando mi móvil. Lo cojo, la pantalla se ilumina un instante y me ciega. La bajo al mínimo. La hora: 1:07 AM. Aún tengo tiempo. Demasiado tiempo. Bajo las mantas, escudriño la pantalla minúscula, revisando los mensajes. Ninguno. Bien. Respiro hondo.
El tiempo parece arrastrarse. Cada minuto es una eternidad. Mi promesa a Riven, a Liz. No puedo fallar. No puedo dejar que el miedo me frene. Debo hacer esto. No importa lo que pase.
A las 1:45 AM, la alarma vibratoria de mi móvil es casi imperceptible la apago apenas se ilumina la pantalla. Salgo de la cama. El frío del suelo de la habitación choca con el ardor de mi pecho. Visto ropa oscura, un polerón con capucha. Me cubre la cara, me ayuda a pasar desapercibido.
Salgo de la habitación, el corredor oscuro me traga. Cada paso resuena en mi cabeza. El frío aumenta a medida que me acerco a la salida de las Residencias. La noche se extiende, vasta e indiferente.
El aire helado de la madrugada azota mi rostro al salir de los dormitorios. Camino por el campus vacío. Las farolas delinean el camino como luciérnagas moribundas. El dojo se alza, oscuro, imponente. Sus puertas correderas, antes barrera protectora. Ahora representan un umbral hacia lo desconocido.
Empujo la madera. El silencio dentro es casi ensordecedor. Dorian me espera, sentado en posición de loto, inmóvil como una estatua. Su cicatriz brilla tenue bajo la poca luz.
“Entra,” su voz es un susurro áspero que me pone los pelos de punta.
Nos movemos por el pasillo. La zona de entrenamiento queda atrás. Me guía a un espacio más pequeño. Alfombras rústicas cubren el suelo. Cojines viejos invitan al descanso. Un pequeño brasero emite un calor suave, un aroma a hierbas quemadas, a paz. Es su morada, su refugio.
“¿Vives aquí?” Las palabras escapan antes de poder detenerlas.
Él asiente. Me ofrece una nuez seca. Algo sencillo. Un gesto inesperado, humanizando el ritual.
“Siéntate,” me indica. "Posición de loto. Relaja. Mente en blanco. Concéntrate en la energía, en tu cuerpo.”
Cierro los ojos. Intento despejar mi mente. Los pensamientos se agolpan. Las promesas. Liz, Riven. La incertidumbre del aula de medicina, la antigua necesidad de dinero. Es imposible.
“No siento nada.”
“Sé paciente,” su voz es un murmullo.
Siento el peso de su palma, fría al principio, en mi espalda. Un punto de presión. Ninguna energía. Solo el calor que poco a poco emana mi pecho y mi sangre. Pasa el tiempo. Minutos que se estiran como horas. Puedo escuchar su respiración constante. Luego, un siseo, un quejido casi imperceptible. ¿Está sudando?.
Pasa casi una hora. Mi mente divaga. Me resigno a no sentir nada. De repente, una punzada. Una ligera picazón, como un cosquilleo interno.
“La picazón,” digo, mi voz un hilo. “Siento una picazón.”
“Localiza la sensación. Estamos empezando lo difícil.”
Se mueve. El cosquilleo. De repente está en mi pulgar, luego asciende mi antebrazo. Se detiene en mi hombro. Luego se va. Vuelve.
“No estoy seguro... siento algo que… se mueve, pero no es muy claro...”
La sensación regresa. Esta vez lo sigo. Con los ojos cerrados, lo veo. Una pequeña esfera, diminuto, apenas perceptible.
“Se mueve lentamente desde mi pulgar, avanza por mi antebrazo, acaba de pasar por mi hombro, se mueve lentamente, va en dirección a mi estomago.”
La pequeña esfera avanza. Me concentro. Está en mi pecho. Siento que mi sangre quema, que la esfera bailara se mueve. El cosquilleo se intensifica. No es del todo desagradable, pero hay una tensión subyacente. Una presión que crece.
“Brandom, ¿qué sientes?” La voz de Dorian me arranca de mis sensaciones internas.
“Está en mi pecho. En mi corazón… o en el espacio alrededor.”
De repente, un dolor agudo. Como si un cuchillo helado perforara mi pecho. Es instantáneo, violento. Un espasmo me recorre, la respiración se me corta. Abro los ojos, el aire silba entre mis dientes. Mi mano se aferra al pecho, justo donde la cicatriz palpita. La “X” arde. Siento un hilo frío deslizarse por mi labio superior. Toco con la yema del dedo. Rojo intenso. Sangre. Me sangra la nariz.