Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 26: Despertar del Aura

Me aferro a la posición de loto, aunque mi cuerpo se rebela. El hormigueo que Dorian me enseñó a buscar se ha transformado en un aguijonazo constante, una corriente eléctrica que me recorre. El dolor es un viejo conocido, pero este se expande la bola y duele bastante.

La mano de Dorian en mi espalda. Siento la presión, luego una oleada de energía. Como un choque. Mis ojos se abren de golpe, la visión borrosa. Jadeo.

“Siente la energía moverse, pero no te dejes abrumar. Necesito que la sientas, que la enfrentes. ¡Bien! Hazlo más fuerte.”

Su voz es un látigo. Cada palabra, un golpe. Me obligo a cerrar los ojos. La esfera de energía, que antes era un cosquilleo amigable, ahora se hincha con una fuerza violenta. Me golpea desde dentro. Mi abdomen se contrae. Un grito mudo intenta salir de mi garganta. Estoy encadenado a ese dolor.

Estoy atrapado. El tiempo se disuelve. No sé cuánto llevamos, nose cuanto falta. Minutos u horas. Solo sé que mi cuerpo es un contenedor a punto de reventar. La esfera se expande, y con ella, el dolor. Es como si el aire dentro de mí estuviera a punto de estallar. Escucho un crujido. ¿Es mi espalda, mis costillas? La postura de loto se vuelve una tortura.

Me tambaleo. Mis músculos tiemblan, agotados, pero no puedo ceder. No puedo caer. La respiración se me engancha. Siento el sudor frío pegarse a mi piel, un contraste violento con el calor interno que me consume. Mi sangre hierve, mi garganta esta seca, el dolor de la esfera.

El dolor es una marea que sube y baja. Cuando la esfera se contrae, encuentro un breve respiro, un segundo para tragar saliva y prepararme. Pero Dorian no me lo permite. Su mano empuja de nuevo, y la energía arremete.

La "X" en mi pecho irradia. No es solo un dibujo; es un nexo, un portal de conexión. Me arde, una brasa encendida. Una presión en mi esternón me corta la respiración.

Solo tengo que resistir.

Mi cuerpo se convulsiona, un temblor incontrolable. Siento un tirón, como si mis entrañas se retorcieran. La náusea. Mis dientes rechinan, mi mandíbula aprieta. Un gemido se escapa. Es un animal herido.

“¡Concéntrate!” La voz de Dorian me atraviesa.

La esfera vuelve a expandirse, más violenta que antes. Mis ojos, cerrados con fuerza, ven destellos de luz. Mi cabeza martillea. No puedo pensar. Solo siento. Siento cada fibra de mi ser gritando, estirándose al límite. Empujo contra el dolor, contra la presión insoportable. No me rendiré. No puedo.

El aire en el pequeño espacio se vuelve pesado, denso, cargado con la electricidad de mi esfuerzo. Mis ojos de nuevo se cierran. Solo quiero concentrarme y sentir.

La energía me atraviesa, una corriente que me moldea y me duele. Siento la X en mi pecho arder. Con cada embate de la fuerza de Dorian, la esfera en mi interior se expande, crece. De alguna forma, el dolor se transforma. Ya no es el látigo que me flagela, sino la mano que me empuja.

Hay un momento de silencio, una burbuja en el tiempo donde el mundo exterior se desvanece. La esfera en mi pecho ya no es un puño, sino un torrente. Una oleada cálida y poderosa que se extiende. Siento mis venas vibrar, mis músculos tensarse. Se mueve por mi brazo, por mi pierna. La percibo, clara, definida. Respiro hondo. El aire entra con una facilidad que no conocía.

"¡Bien hecho!" La voz de Dorian. Llega distorsionada, como desde el fondo de un pozo. Se tambalea. El sudor le resbala por la frente, gotas que caen al suelo. "Ahora, intenta lograrlo sin enfocarte en la energía. Hazlo por instinto."

Instinto. La palabra resuena. Quieres que no piense. Que solo exista.

El calor de mi pecho enciende en mi interior. Me anclo a esa sensación. La X en mi pecho palpita, un corazón extra que late al ritmo del suyo. Es el calor de su presencia, la que me empuja. Es una corriente constante, suave pero firme, que me llena a cada instante.

Mis manos están empapadas, el frío del sudor contrasta con el fuego interno. Aprieto los puños. Mis ojos permanecen cerrados. Visualizo el camino. El dojo. Mis amigos. Riven. Liz. Mis promesas. Todo converge en esa energía que ahora baila en mi interior.

Dejo que mi mente se calme. Ya no lucho con la oleada, me convierto en ella. Me pierdo en el ir y venir, en el flujo constante. Hay una liberación en ese abandono. Una claridad de propósito.

La energía fluye, cálida, constante. Es mía. Siempre estuvo ahí. Solo necesitaba aprender a escucharla. A sentirla, sin pensar, la dejo fluir.

Siento el suave roce de su mano en mi espalda. Un recordatorio silencioso. La presencia de Dorian. Su guía. Respiro. La respiración se ancla a ese caudal de energía que se expande. No me rindo. No me rendiré.

El roce de su mano se aleja de mi espalda. Abro los ojos, la luz tenue de su morada me ciega. Mi cuerpo duele. Cada fibra muscular parece haber sido estirada, retorcida y luego remendada con hilos de fuego. La cabeza me da vueltas, el estómago se revuelve. Un sabor metálico inunda mi boca. Escupo. Sangre con un regusto a bilis.

Dorian me mira, impasible. Su ojo gris penetra en mí, evalúa cada temblor, cada contracción. Me levanto, las piernas como gelatina, ahora agradezco estar en posición de loto. El cuerpo me traiciona, pero la voluntad, esa no se cansa. Él tiene razón.

"Otra vez, muchacho." Su voz es un rasgar de seda.

Cierro los ojos, La palma de Dorian vuelve a mi espalda. Busco esa sensación. El cosquilleo, la corriente. Es más difícil ahora. Mi mente divaga. Pienso en Keila, en su X pulsando en mi pecho, en el dolor que compartimos. Pienso en Liz, en mi promesa, en Riven. La culpa me muerde. Necesito esto. Necesito ser fuerte.

Un estallido en mi cabeza. Un dolor agudo que me arranca un gemido. Mis rodillas ceden, la sangre brota de mi nariz. Cae por mi labio superior, tibia y pegajosa. El cosquilleo se convierte en quemazón. Siento que cada vena late a punto de explotar.

"¡Noo!" La bofetada de la voz de Dorian me despierta. "No te rindas."




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