Pacto Corazón de Dragón

Capítulo 28: Juegos y Revelaciones

El aire se congela entre nosotros. El médico tose, incómodo. Mirel, recupera la compostura. Sus ojos, antes llenos de preocupación y algo más, se vuelven acerados, prácticos.
"Da igual," espeta, cortando la conversación. "Luego hablaremos de eso. Lo importante ahora es que esté bien."
Me mira con una determinación que me dice que la conversación no será una simple charla, sino un interrogatorio en toda regla. Un escalofrío me recorre la espalda, pero no es de miedo sino de cansancio. Intento sentarme un poco más recto, mostrarme fuerte, como si el dolor y la debilidad no estuvieran carcomiendo cada fibra de mi cuerpo. La "X" en mi pecho late, un eco sordo de mi conexión con Keila, que ahora se siente distante, como si la distancia física también atenuara la intensidad de su angustia.
El médico asiente. "Por lo que vemos, está perfectamente para irse a casa, Brandom. Sólo un poco de reposo."
Mirel ya tiene mis cosas empacadas, un bolso que ni recordaba que tenía. Me entrega una muda de ropa limpia, recién sacada de ¿dónde? ¿Mi habitación? El leve aroma a detergente me recuerda la normalidad. La normalidad que se ha vuelto un lujo inalcanzable. Me visto con torpeza, cada movimiento una punzada. La camiseta se adhiere a mi piel, y siento la cicatriz como un relieve quemante bajo la tela. Es ajena, y mía a la vez.
"Vamos," Mirel me espera en la puerta, con las llaves de su coche en la mano. "Te llevo a casa. Necesitas descansar."
Asiento, mi garganta seca. Camino por el pasillo del hospital, la luz blanca y aséptica contrasta con el mundo ruidoso y sangrante de las últimas noches. Cada paso es un esfuerzo. Mi mente ya está en mis obligaciones, en el ritmo de mi nueva vida.
"Debo ir a clases," murmuro, más para mí que para ella. Necesito aferrarme a algo, a la rutina, a la idea de que puedo retomar el control. No puedo perder mi beca, no puedo fallar.
Mirel me mira por encima del hombro. Una risa suave, casi inaudible, escapa de sus labios. Es una risa agotada, resignada, con un toque de incredulidad.
"¿Clases? ¡Es sábado! Vamos, preséntate a tus clases y a tus compañeros. Desde que estás aquí, solo te he visto en pijama." Su voz, aunque teñida de burla, tiene un matiz de alivio. "Y eso que apenas ayer, o anteayer, fuiste a parar sabes tú dónde. Apareciste el jueves por la noche, sin que nadie sepa cómo ni por qué. ¿Sabes lo preocupada que he estado?"

Mi estómago se revuelve. La culpa me muerde, más fuerte que el dolor físico. Miro sus ojos, los mismos que Lizbeth, los mismos que perdí... Ella estuvo aquí, esperándome. Ha vuelto a revivir la agonía, por mi culpa. Keila lo siente, este torbellino emociones me ahoga. La “X” en mi pecho palpita, un eco distorsionado del pánico que me reconcome. Me aferro a la pared, el frío del mármol. No quiero mostrar mi debilidad, no ahora.
"Lo siento," mi voz es un murmullo ronco. Bajo la mirada, incapaz de sostener la suya. "Yo... no pensaba..."
Mirel suspira, un sonido que resuena en el pasillo. Se acerca, su mano roza mi brazo. Siento el calor a través de la tela. Keila... ¿siente esto? La cercanía de Mirel, la punzada de afecto y de culpa que se me desborda.
"No pienses, Bran. Solo descansa." Su voz es más suave ahora. "Estás agotado. Y yo... yo me deje llevar. Nadie me dijo nada…. Me entere por las redes sociales de nuevo fuiste noticia"
Se adelanta, abriéndome la puerta del hospital. La luz del sol es una bofetada. Su auto nos espera. No recuerdo haberlo visto antes. Entra y se sienta. Me deslizo en el asiento trasero, el cuerpo protesta con cada ajuste. Cierro los ojos un instante, intentando calmar mi pecho.
"La verdad es que... estoy bien, Mirel. Gracias por todo." Intento sonar convincente, pero mi voz rasposa me delata. Me odio por mi debilidad. Odio que me vea así.
Ella solo niega con la cabeza, una pequeña sonrisa triste en sus labios. "No tienes que ser fuerte conmigo, Bran."
El auto arranca. El paisaje urbano desfila indiferente. La conversación muere. Agradezco el silencio, me permite ordenar mis pensamientos, o al menos intentarlo. La mirada de Mirel se clava en el espejo retrovisor. Me siento expuesto.
"Bran," empieza, su voz apenas audible por el ruido del tráfico. "Desde cuándo... desde cuándo tienes esa cicatriz en el pecho?"
Mi aliento se atasca. La pregunta cae como una losa. No puedo decirle. No debo.
"No puedo decirte..." Las palabras raspan mi garganta. Aprieto la mandíbula. Mi mirada se desvía, buscando un punto fijo en el exterior, cualquier cosa que me evite suplicar con los ojos.
Un silencio pesado. La tensión se corta con un cuchillo. Noto cómo su expresión se endurece en el retrovisor, antes de que su mirada se desvíe. Un atisbo de decepción.
"Bien," respira, la palabra cargada de resignación. "No me lo digas. Pero no esperes que siempre lo entienda o lo respete, Bran." Su voz baja, casi un susurro. "No después de todo lo que hemos pasado."
El latido de la "X" se vuelve una punzada aguda. Mirel tiene razón, lo sé.

El portazo de la entrada a la residencia me sacude. Mis costillas arden. Mirel ya tiene su auto en marcha, se va sin mirar atrás. Sé que está dolida. Estoy demasiado agotado para pensar en ello ahora mismo. Arrastro los pies por el pasillo. Cada paso. Un eco del dolor. Llego a mi puerta. La abro.
El dormitorio está extrañamente silencioso. Vacío. Leo no está. Una oleada de alivio me recorre. No tengo que fingir. No tengo que contener mis promesas. Saco el móvil. El cargador está enredado. Lo conecto. La pantalla se enciende.
Un aluvión de notificaciones. Mensajes, llamadas perdidas. El pánico empieza a ascender por mi garganta. Han pasado casi tres días. Tres días de entrenamiento, dolor y revelaciones. Tres días en los que he desaparecido.
Deslizo el dedo por la pantalla. Camila. Leo. Decenas de ellos. Me desplomo en la cama, el móvil vibrando en mi mano.
¿Estás bien? ¿Dónde te has metido? Brandom, contesta. Los mensajes de Camila son una mezcla de preocupación y regaños. Los de Leo, más directos. ¿Problemas otra vez? ¿Te metiste en líos?
La culpa me come. Me siento un idiota. Debería haber avisado. Pero, ¿qué iba a decirles? ¿Qué un maestro accedió a mi locura y me estaba torturando para despertar mi aura?
Escribo. Las palabras son lentas, pesadas, como mi cuerpo.
—Tuve un problema personal, pero ya estoy bien. Estoy en el dormitorio que comparto con Leonardo. Dormiré... quizás hablemos más tarde.
Mando el mensaje a Camila y Leo a la vez. Bloqueo el móvil. Las notificaciones cesan. El silencio. Otra vez. Un alivio momentáneo, mezclado con la ansiedad de su inevitable llegada. El cansancio me vence. Me hundo en el colchón. La "X" palpita. No me deja olvidar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.