Me siento en el suelo, delante de la caja humeante. Hay algo extrañamente curativo en el crujido de la masa y el crepitar del queso. Comemos en silencio por un momento, solo el sonido de masticar y el roce de los cartones de pizza. El cansancio me pesa, pero la compañía diluye el dolor.
Leo termina su tercera porción, se limpia los dedos en una servilleta y, con un brillo pícaro en los ojos, saca una caja pequeña de su mochila. Es oscura, elegante. "The Mind," el título brilla en letras plateadas. El aire se carga de expectación.
"¡Este es EL juego!", exclama, su voz vibrando con entusiasmo. Levanta la caja como un tesoro. "Se llama The Mind. Es sobre intuición y sincronía total." Me mira, luego a Camila, con una intensidad inusual para él. "El objetivo es colocar las cartas numeradas del 1 al 100 en orden ascendente, pero sin hablar, sin gestos, solo sintiendo la vibra de los demás." Su mano gesticula, como si moldeara el aire. "Conforme subamos de nivel, la dificultad aumenta." Reparte las cartas.
Camila las toma, las examina, una ceja alzada de forma escéptica. "Espera, Leo." Sus ojos me captan, luego vuelven a él. "The Mind es un juego para dos a cuatro jugadores, ¿verdad? Y somos solo tres." Su voz es suave, irónica.
Leo se rasca la nuca, su entusiasmo se desinfla un poco. El brillo en sus ojos se atenúa, no lo mira a ella. Mira sus propias cartas. "Uhm... sí. Para cuatro es la experiencia óptima." Su voz es un murmullo ahora, casi inaudible. "Se necesita esa tensión extra para que funcione de verdad."
Una pequeña sonrisa se dibuja en los labios de Camila. Ver la decepción de Leo es agridulce, pero también alivia la presión del momento. Sé lo que se siente querer algo con todas tus fuerzas y que te falte una pieza. "Parece que nos falta un jugador estrella.". Dice Camila su voz tenia un aire se felicidad.
"Bueno, eso tiene una solución fácil," Camila dice. Su mirada se ilumina, una chispa traviesa en sus ojos avellana. Saca el móvil del bolsillo con la agilidad de quien desenfunda un arma. Teclea con rapidez, una sonrisa cómplice se dibuja en sus labios. Leo y yo la observamos fijamente, intrigados. El aroma a pizza se mezcla con la expectativa.
"¿Qué haces, Cami? ¿A quién le quieres pedir prestado un jugador?" Leo rompe el silencio, su voz teñida de curiosidad. Se inclina hacia adelante, con los ojos pegados a la pantalla de Camila.
"¿No tienes miedo de estropear el ambiente?" pregunto, cruzándome de brazos. Una sonrisa divertida asoma en mi rostro, aunque por dentro me revuelve el estómago la idea de un extraño. Los recuerdos de Riven, Javi y Sara pesan. "The Mind suena a algo que solo funciona bien con gente que ya conectaba, ¿sabes? Hay gente que es un poco... especial para los juegos de mesa." La cicatriz en mi pecho palpita, un eco de la angustia de Keila, una advertencia.
Camila me ignora, su pulgar baila sobre la pantalla. La comisura de sus labios se estira, casi una mueca de victoria. "Le estoy llamando a mi compañera de cuarto. Ya era hora de que la conozcan." Suelta la bomba. No nos mira a ninguno, su atención sigue en el móvil.
Leo parpadea, luego su boca se abre ligeramente. "¿Tu compañera de cuarto? ¿La misteriosa compañera de Camila?" Me mira, sus ojos anchos, una mezcla de curiosidad genuina y un nerviosismo casi cómico. Siempre ha hablado de ella con ese tono de secretismo.
La cicatriz en mi pecho se aviva con un pinchazo. La angustia de Keila me atraviesa, una punzada fría, casi una queja de desaprobación. Mantengo la expresión, pero mi corazón late un ritmo irregular. La conozco, ya la conozco. Esta conexión es un tormento. Intento calmar mi mente. Quizás mi imaginación me juega una mala pasada. Quizás solo sea el agotamiento.
"Ya veremos si sabe de sincronía silenciosa," digo, mi voz más monocorde de lo que pretendo. El sarcasmo es un chaleco protector. Mis ojos se desvían de Leo, buscando nada en particular. Siento la presión del vínculo, la incomodidad palpable que Keila irradia. Es como si el aire alrededor se densificara, sofocando la ligereza de la camaradería. La pizza, de repente, sabe a ceniza. Es absurdo, esto es mi dormitorio. Estoy a salvo. Pero el malestar de Keila es físico, una sensación de ahogo que me atenaza.
Camila se levanta del suelo, dejando la caja de pizza abierta. Una sonrisa de triunfo se dibuja en su rostro. "No se tardará," dice, su voz resonando con una confianza que no comparto. Se dirige a la puerta, su figura esbelta se recorta contra el marco. Con un gesto rápido, se desliza fuera de la habitación y escucho sus pasos alejarse por el pasillo. La puerta se cierra detrás de ella, dejando un silencio repentino, solo roto por el zumbido de la nevera.
Leo y yo nos quedamos, las cartas de The Mind esparcidas entre nosotros. El olor a pizza fría impregna el ambiente. Nos miramos, y en los ojos de Leo veo una mezcla de curiosidad y un atisbo de preocupación. La angustia de Keila en mi pecho no disminuye, sino que se mantiene, como un nudo apretado.
"¿Crees que sea alguien súper seria? ¿Una de esas cerebritos que solo habla de cosas filosóficas o política?" Leo rompe el silencio, su voz baja. Juega con una carta en sus manos, volteándola una y otra vez.
Me encojo de hombros, la tensión en mis cervicales es un reflejo del latido desbocado que siento. "Ni idea, Leo. Camila casi nunca habla de ella. Podría ser cualquiera. ¿Y si es alguien súper tímida? O, peor, ¿súper aburrida?" La idea de una persona aburrida se siente como una amenaza, una ruptura en el frágil equilibrio que apenas hemos encontrado esta ultima semana. Un escalofrío me recorre la espalda, un eco del nerviosismo de Keila o tal vez el mío.
"No creo que Camila traiga a alguien aburrido," Leo dice, suelta una risa nerviosa. "Pero... ¿y si es una de esas chicas que piensan que entrenar es una barbaridad?" Se inclina hacia mí, su voz se reduce a un susurro, como si las paredes tuvieran oídos, conspirando contra nosotros.