Su sonrisa es un enigma. El calor en mi pecho se calma, un alivio sutil, pero la presencia de Keila de alguna forma la siento, hasta me siento como un loco pensando tanto que esta cerca alguien ausente. Luego, casi como un acto reflejo, mi mano encuentra la suya bajo la mesa.... Es suave, fresca. El contacto es fugaz, apenas un roce. Me sobresalto y retiro la mano de inmediato, sintiendo el calor subir por mis mejillas.
—Perdona —murmuro, apenas audible—. No hay espacio bajo esta mesa.
Ella me lanza una mirada rápida, un gesto breve de asentimiento, y retira su mano también, sin decir nada. El 23 sigue solo en el centro.
—¡Vale, vale, Brandom, impresionado! —Leo rompe el silencio...". Se ríe, pero hay un dejo de seriedad en su voz. “¿Veintitrés? ¿Y yo que creía que eras de biblioteca y de poca bronca?" Los ojos de Camila brillan. El desafío ha calado en ella.
"¿Podemos continuar?" Valentina dice. Su voz es suave, pero decidida. La mano todavía la recuerdo, pensé que era raro no tiene callos ni nada, diferente a mi circulo social habitual.
"¡Repitan números!" Leo grita. "¡La próxima carta va a ser...!"
Un golpe sordo, violento, sacude la madera de la puerta. Las palabras de Leo se ahogan en su garganta. El juego se detiene. Las cartas parecen congelarse en el aire.
Una voz grave, autoritaria, atraviesa la puerta cerrada: —¡Silencio! ¡Estas no son horas de ruido!
La manija comienza a girar. El tiempo parece estirarse.
—¡Rápido, al baño! —Camila susurra, con el pánico brillando en sus ojos.
Valentina, a mi lado, se encoge. Su mano busca la mía y se aprieta por un segundo, una señal involuntaria de miedo, antes de soltarse y salir disparada. Camila y Valentina se escabullen hacia el baño, al lado de mi cama. Un movimiento rápido, un destello de ropa que desaparece tras la puerta.
Leo y yo nos lanzamos a recoger las cartas, a empujar la caja de la pizza bajo la cama justo cuando el pestillo cede. El hedor a pepperoni flota en el aire, pero no hay tiempo para ventilar. La puerta se abre de golpe, revelando la silueta imponente de Duncan Miller. Su ceño fruncido es un pronóstico de tormenta y su vista barre la habitación, deteniéndose en el ligero desorden que no alcanzamos a ocultar.
Un muro de músculo y mala vibra, inunda el lugar. Sus ojos grises, afilados como cuchillas, barren nuestra habitación. Leo y yo estamos petrificados a medio agachar, cartas en mano, esperando la sentencia. El aire se carga, pesado, denso, como antes de una tormenta.
—Holt. Rivera —Su voz es un gruñido bajo, ronco, que resuena en las paredes—. ¿A estas horas? Mañana no hay clases pero la gente aun así debe descansar. Menos ruido. Mucho menos.
Asiento, mi garganta seca. Intento proyectar una imagen de somnolencia, de culpa. Mis párpados pesan, forzados. Pero la mirada de Miller se clava en mí. No es la reprimenda habitual. Hay algo distinto, más intenso. Mi cicatriz en X, bajo la camiseta, comienza a palpitar con la conexión de Keila. Un calor sutil irradia de mi pecho. No es fuego, no es la brasa, es algo nuevo, una capa invisible de energía que se extiende sobre mi piel.
El ceño de Miller se frunce aún más. No hay solo ira en su cara; veo sorpresa, una pizca de confirmación. Sus ojos se entrecierran, casi imperceptiblemente, como si su visión estuviera revelándole algo que va más allá del simple escándalo nocturno. Siento su escrutinio, un peso físico sobre mí. Es como si sus ojos pudieran atravesar mi ropa, mi piel, y ver la energía recién despertada que ahora me envuelve. La percibe. Lo sabe. Estoy seguro.
El aire a mi alrededor se vuelve denso, cargado. La tensión es casi visible, una ola que emana de mí, de mi aura inestable, mi aura recién nacida. Miller lo nota, estoy seguro. Me mira. No dice nada más sobre el ruido, ni sobre las cartas a medio guardar, ni siquiera sobre el rastro de pizza a las tres de la mañana. Solo me mira. Una mirada gélida, una promesa silenciosa y severa.
Se gira. La puerta se cierra con un golpe seco, sin violencia, pero el golpe congela la poca sangre que me queda en las venas. El sonido se ahoga en el silencio que deja atrás.
La puerta se cierra y el click del pestillo resuena en un eco antinatural. El aliento me vuelve de golpe. Me pesan las rodillas aún flojas. La mano me tiembla mientras me froto el cuello. Escucho un suspiro de alivio desde el baño.
La puerta del baño se abre. Camila asoma la cabeza con cautela, sus ojos avellana, grandes y brillantes, revisan el cuarto. Exhala ruidosamente.
—¿Se fue? ¿Qué dijo? ¡Uff, mi corazón!
Valentina la sigue, su rostro aún pálido, pero sus ojos ya no se clavan en el suelo. Su mirada es curiosa, llena de preguntas.
—Su cara… ¿por qué te miraba así, Brandom? —pregunta.
Me encogí de hombros, intentando disimular la rigidez de mis músculos, la tensión en mi mandíbula. Mi instinto me grita que Miller ha visto algo. Mi aura, mi despertar. Pero no puedo admitirlo, no todavía. Es un presentimiento, una corazonada.
Leo, por fin, se levanta de la cama, enderezándose. Suelta un bufido, aún intentando procesar la interrupción.
—¡Ese fue el Maestro Duncan! Nunca lo había visto fuera de El Crisol. Pero… era como si te fulminara con la mirada, ¿no?
—No es nada —contesto, la voz más firme de lo que esperaba—. Solo el calor de la habitación.
Camila me mira, escéptica. Sus ojos buscan una explicación más allá de mis palabras. Valentina, por su parte, observa la escena en silencio, como si intentara descifrar un enigma.
—¿El calor? —Camila se acerca, frunciendo el ceño—. Pero si hace un frío que pela.
Me alejo, buscando refugio en el ventanal, el cristal frío contra mi frente. Mi pecho aún arde, la herencia de Keila, y la sutil, casi imperceptible. Es una punzada familiar, el dolor de Keila, pero mezclado con algo nuevo, una capa protectora.
—Es… la tensión del momento —digo, evadiendo sus miradas—. Duncan es… intimidante.