Un nudo se forma en mi garganta. La pregunta de Valentina se clava, precisa, en mi memoria. Miro a la pizza fría en un intento de hallar una respuesta de la que no dispongo. ¿Qué clase de precio? Es el precio de la sangre de mis amigos, la culpa de mi supervivencia, la soledad. Es el dolor que se ancla en mi pecho y me recuerda a diario lo que soy, lo que debo cuidar. Pero decirlo no es una opción, no ahora. No a ellos.
Me seco el sudor frío de la frente, la tensión me quema. El hormigueo de mi cicatriz se aviva, un fuego invisible bajo mi piel que me conecta con la angustia de Keila. Ella está cansada, yo estoy cansado. Un dolor punzante en la sien acentúa el latido de su corazón, un ritmo desacompasado que no me abandona. Su miedo se superpone al mío, casi físico.
—El precio… —Mi voz se quiebra, la arrastro como si cada sílaba pesara una tonelada. ¿Cómo lo explico? ¿Cómo les hago entender lo que siento? No puedo transmitirles la carga, la promesa, la vida que me fue impuesta al salvarme—. El precio es… no poder ser como los demas.
Leo y Camila intercambian una mirada. Una mirada que no comprendo, una mirada distante. Niego con la cabeza, mis ojos huyen de los suyos y se clavan en ningún lugar de la pared. No sabrían entenderlo. Nadie entiende la invasión. Nadie entiende la soledad del despertar. Nadie sabe lo que es sentir la vida de otra persona latir en tu propio pecho.
—Necesitaba mantener mi beca —digo, buscando una excusa junto con algo de verdad—, y un trabajo normal no me bastaba. Las misiones… eran una vía rápida.
Camila me mira, sus ojos avellana fijos en los míos. Su expresión es una mezcla indescifrable de compasión y confusión. Valentina aprieta los labios, la inocencia en su rostro ahora más opacada, como si las luces del mundo la estuvieran alcanzando demasiado rápido. Leo, por su parte, se levanta, sus movimientos pausados. Recoge la caja de pizza y los restos de las cartas del suelo y empieza a ordenar. Un silencio incómodo se instala entre nosotros, denso y cargado. Es el silencio que precede a la aceptación, o la resignación.
—Bueno —dice Leo, rompiendo el hielo—, supongo que la situación está clara. La única cama es la tuya, Brandom, y gracias.
Me mira, y por un momento, me siento visto. No por Miller, sino por Leo. Una comprensión tácita cruza su mirada. O tal vez, es solo fatiga. Me encojo de hombros, mis párpados pesan.
—No creo que haga falta —contesto, sintiendo cómo el cansancio se adueña de cada fibra de mi ser—. Estoy acostumbrado a dormir… donde sea. Y a estas alturas… dudo que Miller vuelva.
Camila, aún junto a la puerta, suelta una risita nerviosa.
—No sé qué es peor, Brandom —dice, su voz teñida de una angustia real— se que no podamos salir, o tener que dormir aquí sabiendo que el Maestro Miller podría aparecer en cualquier momento.
Valentina se acurruca en la cama, ya con la mirada perdida en el techo. Siento su incomodidad, su miedo juvenil a lo desconocido. Cierro los ojos, el ardor de mi cicatriz se suaviza, el latido de Keila se estabiliza. Por un momento, solo quiero un poco del silencio que no podemos conseguir.
—No es su habitación —dice Leo, su voz baja y uniforme mientras cierra la puerta—, pero al menos puedes dormir tranquila.
Su voz no me llega. En mi mente, solo escucho el eco del latido de Keila, y el de mi propia soledad. El "precio" de estar vivo.
El silencio de Leo se instala, pesado. El olor acre de la pizza rancia impregna la habitación. Valentina me observa, su mirada antes inocente, ahora más seria, como si intentara descifrar un enigma. Camila se desliza junto a ella en la cama, mirándome. Ambas parecen listas para atacarme de nuevo a preguntas.
—¿Qué clase de precio, Brandom? —pregunta Valentina directamente, su voz un susurro que me taladra.
El precio... El precio es el recuerdo de Liz, su rostro sereno en el ataúd, las promesas rotas. El precio es Riven, la imagen de él destrozado por el Lizardman, su grito protector aún en mis oídos. El precio es la culpa, el cansancio que me perfora los huesos, la sensación constante de estar roto, de no ser suficiente. Siento el dolor de Keila, a través del vínculo que me une a ella, un eco de su propia soledad e incertidumbre.
Pienso en la pistolera que vi casi morir por falta de munición, su desesperación mientras los goblins la rodeaban. Ella, con su arma de fuego, era la representación perfecta de la soledad y la precariedad de la vida de aventurero.
—El precio es la soledad —respondo, mi voz, un hilo—. La mala comida, la precariedad de una vida que siempre pende de un hilo. No está prohibido, no. Y la paga es buena. Pero el precio… es alto. Demasiado alto a veces— Las palabras me quemaban la garganta. Evito mencionar las armas de fuego, el verdadero vacío que siento.
—Pero si ganas bien —dice Leo, interrumpiéndome, su mirada se ilumina—, ¿por qué no inviertes en una buena arma de fuego? Es más práctico que una espada. Dicen que son una solución para cualquier apuro, ¿no?
Un arma de fuego. Recuerdo la inutilidad de esas armas contra los goblins más grandes, su limitado poder de parada. El coste de las balas, la logística de llevarlas, la facilidad con la que un "imán de peligro" como yo podría quedarse sin ellas. La única solución es la magia, se repite mi mente. La fuerza bruta el ingenio.
—Las armas de fuego… no son para todo —digo, un temblor sutil recorre mi cuerpo al recordar la urgencia de mi primera misión. Un latido acelerado, no mío, sino una resonancia de la ansiedad de Keila que percibo. Siento un sudor frío, mi camiseta se humedece. Mi rostro se ruboriza—. Son un imán de peligro. Contra goblins pequeños valen, sí. ¿Pero contra uno grande, o un nido? Terminas sin balas, y el enemigo sigue en pie. ¿Y si te ves de noche en una emboscada? En esos casos… solo queda tener a alguien que sepa manejar la magia, los magos.
Mis ojos se clavan en la nada. La imagen de Keila, envuelta en fuego, brillando con el poder del dragón, aparece en mi mente. El fuego que nos salvó a ambos. Mi voz se baja hasta el susurro. Ya no estoy hablando para ellos.